EL ACANTILADO

Se prometió a sí mismo que no seguiría luchando por alguien que no le valoraba, había trazado un plan en el que a la vuelta del trabajo iba a dejar que el coche se deslizara acantilado abajo para acabar con el dolor que suponía no ver al único amor de su vida amándole como él la amaba a ella.

Sin embargo, cuando la maldita sirena anunció el cambio de turno tres compañeros lo obligaron a quedarse a tomar algo.

Intentó zafarse sin lograrlo y fue al bar donde los chicos querían.

Se tomó dos cervezas allí con sus compañeros y por aquel día decidió desistir en su intento de suicidarse, había pensado mil veces en cómo iba a ser aquel día y con dos cervezas no lo iba a hacer.

Al día siguiente cuando suena la sirena volvió a acercarse al mismo bar y la misma camarera le sirvió  otras dos cervezas, y del segundo día pasó a la segunda semana que se convirtió en el segundo mes y eso se hizo en hábito por verla.

Entre servir cañas y poner cafés se iban contando sus confidencias y él le contó aquel plan que iba a llevar a cabo, pero no le dijo porqué no lo llevó a término al final.

Lejos de asustarse ella le confesó que hacía algún tiempo también había tenido aquel mismo sentimiento de necesitar desaparecer.

No eran conversaciones de pregunta – respuesta, eran conversaciones entrecortadas por solicitudes de cafés y vinos cosecheros que pedían hombres que tenían más años que la barra del bar.

Eran conversaciones de bar, en la que ella ejercía de barwoman, a medio camino entre psicóloga y “te aguanto si mi caja crece” pero él tenía a sensación de que era algo más. Y tenía razón.

A ella le gustaba su pelo rojo oscuro, su tez pálida y sus ojos azules oscuros, su languidez, su tristeza nostálgica y cómo hablaba, aunque apenas pudiera escucharle entre cafés y cañas, vinos y refrescos que iba sirviendo, si lo miraba bien hasta le gustaba su extraña forma de vestir.

Una noche él esperó a que ella saliera de trabajar y quiso invitarla a tomar algo en algún otro bar, ella aceptó.

Aquello borró el amor no correspondido por el que iba a despeñar su coche con él dentro en algún lugar.

Unas semanas después en días de libranza de ambos ella propuso ir a ver amanecer después de haber estado bailando toda la noche y él condujo hasta un lugar precioso donde un faro dominaba la vista y apuntaba hacia donde el sol iba a traer la luz en un par de horas.

Él aparcó el coche al pie del acantilado y reclinó el respaldo de su asiento para descansar un rato, ella puso su cabeza sobre su pecho, incomoda por el freno de mano.

Él estaba cansado por trabajar a turnos y salir a bailar, ella tenía muy claro lo que quería hacer.

Cuando oyó su primer ronquido, una respiración fuerte que denotaba que el sueño había hecho presa en él, levantó la cadera para introducir su mano derecha bajo el freno de mano y bajarlo con suavidad.

La gravedad hizo que él se despertara, pero cuando el pánico quiso hacer que se percatara de lo que estaba pasando un golpe reventó el coche contra el acantilado y un segundo lo sumergió en el mar a demasiados metros para ser visto.

SHAWN MENDES – Treat you better

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©VictoriadelaFuente2018

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Fuente de la imagen Pixabay