DESPUES DEL DESENGAÑO

David había tenido un desengaño con su novia de toda la vida que luego pasó a ser su esposa, de la peña de amigos de clase David había sido el último en echarse novia, de hecho, todos se reían de él porque al no tenerla antes dudaban de sus orientaciones sexuales, pero después fue la relación más duradera de todas las que habían empezado a aquella edad.

Duraron algo más de dos décadas en las que se habían descubierto el uno al otro, en las que habían crecido juntos, primero como adolescentes, luego como jóvenes y después como adultos.

Pero la vida los había llevado a crecer por distintos caminos, en algún lugar de su sendero como pareja se habían separado, no tenía ni idea de cómo había pasado, pero así había pasado.

Simplemente había sucedido.

En esos años que le suponían una vida completa, habían hecho absolutamente de todo, habían conocido lo que era jugar a coquetear por los pasillos del instituto, esperarse en el autobús para ir a distintas universidades, presentar el uno al otro en casa de sus respectivos padres, ir a una discoteca y a una manifestación, pasos que paulatinamente daban todos los jóvenes para ir madurando.

Habían pasado largas horas de magreo en el parque, tumbados a un sol que les calentaba por fuera lo que ellos mismos se calentaban dentro, habían ido a la última fila en el cine, la que llamaban la fila de los mancos, para poder meterse mano a gusto y dar rienda suelta a su pasión.

Hasta que la lógica evolución de la relación los llevó al altar, allí donde social, religiosa y familiarmente se esperaba de las personas de bien se habían casado.

Fue una boda con seiscientos invitados, eran familias de la sociedad media alta de la capital de España de los mediados años noventa y sus hijos ya habían salido a varios países a terminar de formarse en sus estudios, había que mostrar sus opulentas capacidades económicas.

Los primeros años de matrimonio todo era novedad, pasión, adaptación.

Novedad por la convivencia y los horarios de trabajo a los que había que amoldarse al compartir casa, novedad porque por fin la pasión encontraba su lugar, podía desbocarse, en cualquier lugar de aquella preciosa casa, a cualquier hora, a media noche si a él le apetecía o a media mañana de un domingo si a ella se le antojaba, todo era novedad.

Poco a poco la novedad fue dando paso a la rutina.

Poco a poco la rutina dio paso al aburrimiento.

Entonces tras cinco años de matrimonio su esposa una mañana de domingo le sorprendió con la noticia de que llegaba su primer hijo.

Aquello detuvo la rutina, pero entraron en una espiral de horarios sin paz y sin tregua en los que no podían dormir, comer o hacer el amor sin ser interrumpidos, aún así el segundo hijo vino en tres años, y en tres más un tercero.

Los hijos sólo cambiaron la rutina en la que ya habían entrado momentáneamente, la rutina de casa, pero no rompió la que se había instaurado entre ellos como pareja, se hablaban con respeto delante de los niños, delante de aquellos miembros de la familia que acudían a los muchos eventos familiares que celebraban a lo largo del año, pero las miradas estaban congeladas, la tensión se masticaba en el ambiente, podía cortarse con cuchillo y tenedor.

Aunque nadie parecía percatarse porque todos eran muy felices de ver que los hijos perfectos eran la pareja perfecta y que habían dado lugar a la familia perfecta y era lo adecuado para todos seguir con aquel teatro antes que sentir, antes que hablar, antes que ser reales, antes que vivir una vida de verdad. Mejor seguir con la amada rutina en una rueda como ratones.

En esa rueda los ratones iban girando y creciendo, trabajando y celebrando cumpleaños y las preceptivas fiestas, todo muy adecuado.

Pero la vida tiene su curiosa forma de hacer que las cosas giren y giren, y no siempre gira para todos a la misma velocidad ni en el mismo sentido.

El autocar de los tres niños tuvo un accidente y cuando el colegio quiso avisar llamando al primer teléfono de contacto, que era el móvil del padre, éste llamó al móvil de su esposa y lo encontró desactivado, entonces llamó al teléfono de la empresa de diseño que ella había montado y su exasperante secretaria le dijo que el día anterior ya había avisado que no iría por motivos personales.

Él por su parte tenía un viaje programado desde hacía meses, dio la vuelta y regresó hacia Madrid.

El chalet que habían comprado le quedaba de paso, mil preguntas corrían por su mente mientras él conducía rozando el límite de velocidad por la autopista que entraba a Madrid, casi había acabado la hora punta en las entradas de acceso principales, y él pensaba “¿cuándo se acaba la hora punta aquí?, si pudiera me largaría con mi familia ahora mismo, empezaríamos de cero en cualquier otro lugar, no necesitamos tantas cosas, tantas mierdas, yo sólo los necesito a ellos para ser feliz porque los amo, por favor que estén bien, por favor que estén bien.”

Repitió su deseo como un mantra durante el trayecto hacia el hospital que la directora del colegio le había indicado que estaban los niños, pero sólo un desvío y diez minutos le llevaría entrar en casa para coger una bolsa para sus niños.

Entró con intención de coger un pijama para cada uno de sus hijos, sus peluches aunque fueran ya mayores o eso decían y algunas cosas más, tenía la cabeza llena de recuerdos de cuando su tocóloga se los había puesto en el regazo a cada uno de los niños, imágenes de sus cumpleaños, de sus primeras veces andando o corriendo, la primera vez que dijeron papá o mamá, tenía los ojos empañados por las lágrimas cuando subiendo las escaleras oyó risas que provenían de su habitación y se encaminó por el pasillo hacia allí.

No eran muchos metros, pero en aquellos pasos le dio tiempo de pensar mientras visualizaba en secuencias toda su vida en común con ella cómo iba a ser aquella conversación y decidió que sería un monólogo.

Abrió la puerta sin estruendo y se quedó observando a su esposa que estaba riendo en brazos de otro hombre como solía hacer antes con él.

–      Han intentado localizarte en tu móvil y en tu oficina porque los niños han tenido un accidente con el autobús escolar, voy a recoger unas cuantas cosas para llevar al Hospital de la Princesa, nos vemos en la entrada para llegar juntos. – Vio cómo su esposa a la que en aquel preciso momento acababa de dejar de amar había pegado un salto como si tuviese un muelle en aquel precioso culo que tanto le gustaba cuidar con clases y cremas. – Cuando Yago cumpla los dieciocho tú y yo nos divorciaremos, esto no volverá a pasar aquí jamás, si necesitas tener una aventura tenla fuera de España con algún idiota que no te conozca y al que le digas un nombre falso, mejor vas tú a su casa que él a tu hotel. – Aquella última frase la dijo levantando el labio y la cabeza, gesto que indicaba cuánto asco le daba lo que estaba viendo y lo que imaginaba que había pasado en aquella cama, en su casa.

En ningún momento se dirigió al tipo que estaba allí presente, ni lo miró, síntoma inequívoco de que nada iba con él, que quien había cometido un error que no iba a perdonar era ella, su esposa que era la que había hecho unos votos, la que había prometido una serie de cosas a las cuales estaba faltando y aquel tipo era el máximo exponente.

Una semana después tres ataúdes, tres ataúdes que no eran del tamaño que tenían que tener, que no tenían los años dentro que deberían de contener en experiencia eran enterrados en un panteón del cementerio de la Almudena en Madrid, por expreso deseo del padre de los niños fueron enterrados en el panteón de su familia, no consintió otra cosa, en eso fue tajante y no le sacaron de esa decisión, su esposa sabía bien el motivo.

Con el divorcio exprés diez semanas después ya eran oficialmente una pareja más que pasó a engrosar las estadísticas de los matrimonios que se habían divorciado en España.

La culpa había hecho que ella renunciara a todo lo que tenían dentro del matrimonio, casas, coches, y él lo había vendido para mudarse a un pequeño apartamento, ahora necesitaba tener menos gastos porque  también tenía menos recursos ya que él solicitó a su médico la baja por depresión, aunque lo estaba deprimido sino enfadado, tramitó todo inteligentemente para agotar los plazos de baja, de paro, todo lo que se podía según los plazos establecidos por la ley y después hizo lo que en aquel momento tras recibir aquella llamada se le había pasado por la mente.

Vendió por internet aquello que sabía que no iba a volver a necesitar más y salió de su Madrid natal para irse a vivir a cualquier lugar que no le recordase a la novia del instituto, a la chica de la universidad, a la novia con la que se casó, a la única mujer con la que se había acostado, a la que creía la mujer de su vida y a la que pilló en su cama de matrimonio follando con un tío mientras reían como solían hacer ellos antes.

Llegó a una ciudad preciosa y alquiló un pequeño apartamento con intención de estar allí seis meses, sería su cuartel general mientras conocía todo aquello, quería montar una empresa con la que vivir, quería poder tener un grupo de amigos con los que salir, ir a algún sitio al que hacer deporte, como antes, como siempre, quería hacer realidad algunos de sus sueños y para los que antes nunca tuvo tiempo o ella había puesto impedimentos, dar clases de baile o de windsurf, parapente, rappel y quizás cuando se le pasase el  enfado volver a enamorarse.

Los seis meses habían pasado y él se había mudado a una casita con tres habitaciones, situada a cinco kilómetros de Gijón, en una de ellas había montado una sala de ordenadores en la que gestionaba su empresa, todo era virtual. En la otra tenía un gimnasio, y su tabla de surf.

Su habitación era alegre, grande, espaciosa, luminosa, y no se parecía en nada a la sobriedad que regía en su antigua casa conyugal.

Cuando llegó le había dicho al tipo del espejo que era el último día que iba a cortarse el pelo, estaba en la peluquería del barrio en el que se había instalado en aquel pequeño apartamento y mientras una chavala bajita y regordeta le rapaba el pelo se miraba con detenimiento y se decía que hasta que no encontrase otra vez el amor no se cortaría el pelo.

Los meses iban pasando, se convirtieron en años y David iba consiguiendo todo aquello que tenía en su hoja de ruta, su casa, su empresa que iba viento en popa a toda vela, había aprendido a surfear, había ido al gimnasio y su cuerpo tenía otro aspecto diferente, había aprendido a bailar gracias a las clases que había tomado, de todo ello había ido formando un grupo de amigos con el que moverse y con el que se encontraba muy a gusto.

Era un grupo vivo, a veces llegaban personas nuevas al grupo de baile o alguien más llegaba al gimnasio y se apuntaba a cualquiera de las actividades.

Cuando David conoció a Elsa no quiso hacer las cosas como se hacen a los cuarenta, un aquí te pillo aquí te follo, no, ése no era su estilo, mejor hacer las cosas bien, poco a poco, prefería cortejar a aquella mujer para estar seguro de que era una mujer y no una chiquilla como aquella a la que había hecho su esposa y le había traicionado sus votos con mentiras, con infidelidades, con chicos que había metido en su cama para un rato que bien podría haber pasado con él.

Seis meses después David cortó su pelo e invitó a Elsa a cenar, sabía que era su cumpleaños y llevaban seis meses saliendo en pandilla, miradas delataban que ambos se gustaban, pero nunca habían quedado a solas.

Elsa le preguntó el motivo por el que se había cortado su larga melena rubia que le confería aquel aspecto de vikingo él se lo explicó todo mientras ella sonreía sonrojada.

–      Ahora tendrás que volver a dejártelo largo porque nunca estuve con alguien de pelo largo y me encantaba tu melena.

–      ¿Eso es un sí?

–      Definitivamente sí.

Entonces él sacó un oso de peluche que tenía bien escondido bajo la mesa del restaurante y le felicitó el cumpleaños excusándose porque tenía que hacer  un viaje por su empresa y alguien tendría que cuidárselo y ella, Elsa, era la única candidata válida que él había encontrado.

THE CHAINSMOKERS – Don’t let me down


 

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©VictoriadelaFuente2018

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