Salí de paseo siendo aún de noche, la casa me resultaba más agobiante que otros días, los muebles crujían en la planta de abajo como si hablasen entre ellos y su conversación me era insoportable. Había tenido una pesadilla en la que unos ojos verdes fluorescentes sin cara me perseguían y vigilaban constantemente.

Crujidos que imitaban a graznidos encerrados como yo entre aquellas cuatro paredes que me mataban en aquella soledad que olía a muerte, una muerte a ratos azul como mi piel de no salir a ratos verdes como sus ojos.

Llevaba a mi fiel amiga, mi perra, porque no me gusta salir al campo sola y encontrarme con algún amigo de lo ajeno o alguna sorpresa contra la que no pueda enfrentarme, contra algún bicho que me de un susto o contra algún animal bípedo que suelen ser los peores, te lo digo yo que sé bien de lo que hablo, con alguno ya me he topado.

Salimos de la aldea y solté la correa de la perra para que corriera a sus anchas, aunque suela correr los primeros minutos para desperezarse, para quitarse el entumecimiento de los músculos y luego ya se mantiene a mi lado, aunque no sé bien porqué lo hace pues no es lo de su raza eso de pastorear, es un perro de esos de defiendo, me callo, no ladro y cuando te metes en casa te hago un bonito tatuaje porque ríete tú del cocodrilo con mis cinco mil kilos de presión en la mandíbula.

El sol ya empezaba a clarear un cielo en el que se adivinaba un día espectacular, ausente de nubes, lúcido, caluroso y, eso aquí en Asturias es poco común.

Rozando la hora de caminata retomé el camino de vuelta a casa, ya me iba notando más tranquila y la perra estaba ya cansada cuando me fijé en una urraca que estaba posada en un cable que cruzaba la carretera sobre mi cabeza unos metros más arriba.

No era muy grande, tampoco muy pequeña. Tampoco sé yo cómo suelen ser las tallas medias, fíjate tú qué razonamientos antes del desayuno una mañana de agobio tempranero…

Mientras yo caminaba a lo largo de la caleya* ella apoyada sobre el cable iba desplazándose en diagonal a pequeños saltos siguiéndome, lo cual huelga decir que me pareció inverosímil al principio.

Pero si tengo que contarte cosas inverosímiles me tomas por loca así que vamos a ceñirnos a esta historia.

 

– ¿Porqué escribes me preguntó? – Sin expresión en su cara, a fin de cuentas, las urracas no tienen expresión salvo en la mirada, ni yo tampoco podía distinguirla estando ella tan alta.

– Para sacar demonios del alma. – Mientras pensaba yo ¿y este bicho cómo sabe que yo escribo?, y lo que es peor… seré una víctima de esa factoría que no me he preguntado primero ¿qué coño hago hablando con una hurraca? esto es surrealista, ¡joder! pero entonces empezó a hablar y me sacó de mis razonamientos razonables, muy razonables, claro…

Los demonios morirán solos tan pronto como dejes de prestarles atención, sólo deja de amarlos, de quererlos, de pensarlos, de recordarlos, de soñarlos. Entonces morirán. Se secarán. Mírate. Hoy te estás secando tú.

Bajé la mirada porque el sol del amanecer apareció y me cegaba, lo maldije, cuando volví a levantar la cabeza la urraca ya no estaba allí. Total, ya me había dejado su enseñanza, el pasado ya no está. No se puede hacer nada con él. Y seguido debo dejarlo donde está, en mi mochila vital, y mi mochila no es algo que te va a cargar, es algo demasiado pesado para portar, mi cabeza y mi corazón como mi cuerpo no soportan tanto peso, mis músculos no alcanzan a cargar la tensión.

La mochila es mía el pasado son piedras, algunos son bellos fósiles dignos de ser observados, pero quizás en foto no conservados y son bellísimas piedras preciosas, del tipo de un rubí, un diamante, un aguamarina o cualquiera que valores, sea una piedra luna o un cuarzo, digno de ser llevado, otros son simplemente piedras, chinas de las que molestan en el zapato.

Obviamente no podía hacer mi camino con todas en la mochila, en la espalda ese peso me está matando.

Esa es la enseñanza que extraje de la urraca.

Y así pensando me volví caminando sin mucha prisa, pero con un cierto rugir en el estómago porque ya tenía hambre y pensando:

Mañana me levanto y hablo con el hermano cuervo.

Lo que tengo claro es que no puedo llevar los zapatos o la mochila llenos de piedras, de chinas, de cristales por muy preciosos que sean hoy porque mañana me parecerán… eso, cristales que me partieron el corazón o me cortaron algo.

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NOTA:

* Una caleya es en Asturias un camino, generalmente el colindante a las casas por donde corren a sus anchas los pollos y las gallinas, cerca de los gallineros donde son guardados al anochecer para que no llegue la raposa y se lleve un festín.

BILLY IDOL – Eyes without a face


 
 

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©VictoriadelaFuente2018

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