Hoy el día no se ha dado demasiado mal.

El estrés me mata, los nervios se me agarran en el lado izquierdo del cuello, pero este mes no puedo ir al fisioterapeuta porque me viene una factura.

Doy  gracias a mi dosis de somníferos ya no recuerdo qué es lo que tomo este mes, para tranquilizarme o para poder dormir, aunque tengo que plantearme si cuando cene me tomo un relajante muscular.

Así pensaba Susana mientras caminaba en dirección a la parada del autobús desde su oficina helada de frío en un mes de noviembre que se parecía más a febrero, salía relativamente temprano del trabajo porque tenía un puesto como funcionaria.

Llegó a casa, se cambió de ropa, se puso algo más cómoda, se sentó en una gran butaca de orejas que tenía destinada a leer, mientras tomaba algo como tentempié porque generalmente no hacía comidas en serio, llevaba puesto un pijama con el que no pasaría frío y unos cálidos calcetines de lana que evitarían que sus pies se le quedasen fríos mientras leía toda la tarde.

A ratos paraba de leer para contemplar cómo caían las hojas de los arboles que tenía frente a su ventana, se quedaba absorta en aquella contemplación del otoño.

Se preparó la cena mientras se tomó una cerveza bien fresca que aliñó con las medicinas que necesitaba para lograr que la noche no fuera una procesión por días pasados, alterando sus sueños con pesadillas que terminaban en gritos y le impedían seguir durmiendo.

Una cena ligera como la comida, una loncha de queso y una de pavo, un yogur…  para evitar que la llegada de los años hagan mella en su talla y para no tomarse todas las pastillas con el estómago vacío o con la cerveza solamente.

El despertador suena pero le cuesta casi una hora arrancar, suena cada cinco minutos y para conseguir arrancarse de las sábanas pone las noticias y se mete en la ducha con las legañas en las pestañas, y apenas sale con el cuerpo aun sin secarse se mete otra dosis de otro medicamento para aliñar el café y lograr salir del sueño, del abotargamiento de las pastillas de la cena.

Para cuando llegue al trabajo espera que todos los mecanismos estén perfectamente engranados.

Últimamente le cuesta demasiado arrancar y parar, parar por las noches para volver a arrancar al día siguiente, el dolor le hace la vida insoportable, cree que no le compensa.

Lleva meses reduciendo intencionadamente las dosis para mezclarlas en navidad porque no quiere estar sola otro final de año.

Llega el temido día, ése que tanto detesta y está sentada en su butaca de orejas con una botella de cava con denominación de origen madrileño que ha apoyado en una mesita auxiliar que está estratégicamente situada a la derecha de su sillón, suena el timbre.

Trabajosamente se levanta y con algo de pudor pone la manta sobre las cajas de medicinas que iba a ingerir antes de salir en dirección a la puerta, abre la cerradura sin mirar por la mirilla.

Sus tres hijos están en el descansillo con una sonrisa infinita que les llega hasta las orejas, cargados de regalos que llevan en bolsas en los brazos y en las manos llevan bandejas envueltas con papel de aluminio.

LEANN RIMES – Can’t fight the moonlight

 
 

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©VictoriadelaFuente2018

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Fuente de la imagen Pixabay