A veces la vida me hace regalos.

Voy a intentar relataros algunos de ellos los fines de semana, me explico:

Soy una fanática de la fotografía, aunque en mi vida he acudido a un curso de fotografía, sin embargo, alguien, bueno no, muchos alguienes me han dicho a lo largo de mi vida que tengo ojo de fotógrafo, así que no he parado hasta tener una cámara, nada súper especial, pero es mi cámara y punto.

Así que cámara en mano muchos días voy allá donde hayamos decidido ir ese fin de semana y me voy parando, mirando, viendo lo que nadie más ve.

También es verdad que bajo mi punto de vista vivo en un lugar maravilloso, el cual me permite detenerme a contemplar esos regalos que la vida me hace.

 

Regalos como que una ola tenga el color de las turquesas cuando el Cantábrico está más negro que todos los abismos en un día tormentoso.

Regalos como ver un dolmen dentro de un enclave increíble que me muestra cómo era la vida aquí hace miles de años.

O el regalo de que una libélula se ponga a posar delante de mí como si fuera una teenager descarada, y que vaya cambiando de postura como si me mirase con toda su desfachatez urgiéndome mientras estira sus patas como una modelo estiraría sus estilizadas piernas.

Y en medio de olas y acantilados, de dólmenes y parajes inconmensurables, de charcas que visitan libélulas que posan para mí estoy yo… yo, que siento que pese a todo la vida es un regalo al que hay que sonreírle cada día al despertar.

DURAN DURAN – Ordinary world


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©VictoriadelaFuente2018

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Fuente de la imagen Pixabay