Ni en esta vida, ni creo que, en la próxima, podría alcanzarme para olvidarte, así de tajante, así de claro, pero es que es así como lo siento en cada latido de mi corazón, en cada poro de mi piel, lo siento cada noche al dormir y cada mañana al despertar porque en ambos casos eres tú mi único pensamiento y mi mejor recuerdo.

Una y mil vidas me dijeron que nos habíamos encontrado antes y que nos volveríamos a encontrar y, que en cada encuentro tres mujeres de tus anteriores vidas se encargarían de separarnos por todos los medios, lo lograrían siempre hasta que no aprendiésemos la lección de que el amor se basa en los pilares del respeto, la confianza, la veracidad y la lealtad, pero ¿qué ibas tú a saber de esa lección si no te la habían inculcado jamás?

Mil horas no me bastarían para resumir el amor que tú y yo sentimos en aquellos años de pasión, de amor y peleas, que terminaban con reconciliaciones extremadamente maravillosas, años de cariño y celos, aunque tú no me dieras la cara de ser un hombre celoso lo eras, eras el tipo más elegantemente celoso que jamás he conocido, pero lo escondías bajo un conocimiento de la tecnología que te servía para saber todo sobre mí, y tu forma de conocerme era algo que utilizabas para el sexo, un sexo maravilloso y una relación que nos demostró que era tan enfermizamente tóxica como adictiva y no sé quién era más adicto, si tú a mí o yo a ti.

No fue azar, fue algo más. Tuvo que ser algo más, tuvo que ser el karma jugando con nosotros.

No sé qué fue. Pero fuimos tan felices como desdichados.

Por eso no creo que pueda repetirlo con nadie más. Nunca más.

Nada de lo que hicimos, nada de lo que te permití jamás dejaré que lo haga otra persona, si es que se te puede llamar persona, ahora lo sé.

A veces creo que fuiste un sueño a ratos pesadilla, porque a ratos eras mi mayor deseo y a ratos eras la personificación de mis miedos.

Fuiste mi peor guerra, la huella que siempre quedará impresa en mi alma, ahí donde nada se borra y todo queda; fuiste todas mis batallas perdidas porque ante ti yo era tu rendición, y tú fuiste y siempre serás mi rendición.

Soy y seré siempre una hoja temblando ante la simple idea de pensarte.

No había nada mas grande que tú y yo, hasta que dejamos de creer en nosotros y nos dedicamos a contemplar cómo otros intentaban jodernos por odios del pasado, de tu pasado, por envidia a lo que nosotros representábamos.

Éramos el brillo que deslumbraba allá donde fuéramos cegando los ojos de quien nos miraba, despertando el resentimiento de quien antes pudo brillar y prefirió otras sombras y por ese negro sentimiento de la envidia que sólo sale a flote si ya residía en el corazón de quien era su dueño.

Eras tú mi número trece, el temido uno más doce que nunca supe sumar y que no hizo otra cosa que restarle años de vida a mi energía.

Eras mi viernes trece, mi día de mala suerte que se convirtió en década dentro de las sombras, eras mi hoja caída de un trébol de cuatro hojas y mi tren perdido, eras el hombre perfecto que llegó en una vida errónea y que se repite en varias vidas como si el destino nos jugase una mala pasada, riéndose de nosotros por tanto amor que nos profesamos pero que estaba destinado a ser un amor roto por la envidia de aquella persona que se suponía que te debía amar por encima de todo pero te deseaba una vida miserable.

Hasta que encontré la manera de romper el doble círculo convertido en el ocho tumbado en el que nuestras almas estaban atadas y te introduje en una mentira que no supiste ver para deshacer el nudo con el que estaban enlazadas nuestras almas.

SERGIO DALMA – Toda la vida

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©VictoriadelaFuente2018

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