Un día dejé de amarte porque no me compensaba, no merecía la pena.

Y me amé a mí misma como tú no me amaste jamás.

Intenté apagar todo el ruido que hacías fuera para intentar oír lo que pasaba dentro de mi corazón, dentro de mi hogar, dentro de mi ser para intentar volver a mi esencia, el ruido que hacías intentando volver conmigo era ensordecedor, estabas siempre intentando darme lástima, suplicando y con tus tristes palabras, pero esa no es la vía.

También había ruido de todos los que querían opinar sobre la situación, pero nunca estuvieron en los momentos en que tú sacabas los pies del tiesto y yo era la tierra que pisoteabas.

Un día decidí encender mi propia luz y tocar mi propia música, la música de mi interior, y bailar noches enteras que antes estaban muertas, bailé durante diez mil atardeceres completos con mi pena y mi tristeza, ¡vaya trío!, y con mi corazón invadido de la torpeza que me había llevado a tu lado.

Esa torpeza que tú me inculcabas que era mi bandera.

Yo sabía que apartarme de ti era cruzar un puente, un puente hacia lo desconocido, un puente que por cómo me decías que yo era para el mundo era un puente viejo e incapaz de sostenerme, pero aún así me arriesgué y lo crucé, y al pasar del tiempo tengo que reconocer que fue la mejor decisión que tomé por mi persona, lo he pasado mal, pero si tuviera que volver a hacerlo lo haría mil veces aunque cambiaría un par de cosas para que no me quitases eso que tú ya sabes, eso con lo que me amenazaste.

Y al pasar cierto tiempo me sentí llena de orgullo por mí, porque iba avanzando en la dirección adecuada, en contra de toda previsión, en algún instante dejé de acusarme por cada vez que te permití romperme y comencé a perdonarme por todo lo que un día fui y por lo que no fui, ¡también!

Tengo que confesarte que te amé, te amé con todo mi corazón, con toda mi alma, con todo mi cuerpo y con todas mis fuerzas y cómo a nadie antes en mi vida, pero todo tiene un final y llegó un punto en el que todo ese amor pasó de ti a mí y me amé, me amé como nadie jamás lo hizo antes.

De ese amor nació la dignidad, como si de una semilla se hubiera tratado.

Ahora ya no me digo “no” a miles de cosas que me tenías prohibidas porque sé que tú no riges mi vida.

Ahora estoy aprendiendo a decir NO a muchísimas cosas, a situaciones y a personas que antes ni soñaría sin mirarte y buscar tu aprobación.

Digo NO a la gente tóxica.
Digo NO a los que intencionadamente o no, intentan o quieren condicionar mi opinión.
Digo NO a los que me mienten, a los que ocultan, enmascaran, o cualquier otra prima de la mentira.
Digo NO a los que tergiversan las situaciones para salirse con la suya.
Pero sobre todo digo NO a los que manipulan a los indefensos.
Y me aparto de todo aquello que me dañe.

ALBIN LEE MELDAU – The weight is gone

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©VictoriadelaFuente2018

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