Ella pasaba los días pensando en él, y las noches vibrando por él con la esperanza de que él se diera cuenta que ella estaba allí y la invitara a compartir cosas sencillas.

Para ella compartir era una palabra mágica.

Deseaba compartir con él un amanecer, un desayuno, cosquillas al despertar, paseos por la playa o por el bosque, una comida hecha entre ambos que los fogones hubieran contemplado cómo se hacían, una siesta antes de un sexo épico, un café, un baile antes de cenar, una carrera como si fueran niños, una ducha…

Cosas sencillas.

Ella pasaba las noches imaginando cómo serían esos días compartiendo cosas sencillas que añoraba y le miraba sin atreverse a decirle nada contemplando sus ojos claros y sus finos labios que parecían de mujer.

Mientras él se decidía a dar el paso y no, ella imaginaba cómo sería besar aquellos labios finos, cómo sería ser estrechada por aquel hombre que era lo contrario de todos los que había conocido.

Tenía claro que no podía dar ella el paso para no robarle la oportunidad de ser él quien diera el paso, el primer paso, el paso que les uniera.

Años después era él quien reconoció que soñaba con ella aún sin saber de ella, sin ponerle cara, sin atreverse a imaginar sus curvas, pero soñaba con ella, deseándola con toda su alma, la diseñaba en su imaginación.

Así fue como el uno por el otro cuando se besaron por primera vez, en mudo pacto se prometieron cada uno a sí mismos que no iban a permitir que nada, y mucho menos nadie se llevara aquel sueño al que habían dado forma con un beso.

COCK ROBIN – The promise you made

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©VictoriadelaFuente2018

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Fuente de la imagen Pixabay