⁃ Beatriz hemos decidido decretar tres días de luto por la muerte por tu hermana Susana, el Ayuntamiento pondrá la bandera a media asta .

⁃ Alberto, me vas a perdonar… – inspira, expira, inspira, porque no sabe cómo decirle al alcalde lo que tiene que decirle sin resultar una víctima de la situación- pero de qué me sirve la bandera cuando os habéis pasado la situación de Susana por el arco del triunfo – Beatriz se derrumba porque sabe que es inútil reprochar a nadie la situación que se ha vivido y cómo ha terminado todo.

Alberto como alcalde del municipio es conocedor de la situación, maneja muchísima información por la documentación que circula por los distintos departamentos del ayuntamiento y se imagina los nervios que tiene que estar pasando su secretaria, no quiere  dejar de observar el protocolo  pero decide dejarlo de lado para abrir sus brazos que son aceptados de buen grado por Beatriz.

Ella se acurruca en su pecho, él huele bien su pelo, pero no debería estar pensando en eso, sino en darle consuelo.

Beatriz está llorando desconsoladamente, como los niños cuando tienen un buen berrinche, la siente teniendo hipos entre sus brazos y cuando empieza a calmarse le dice que porqué no pasan mejor a su despacho. Ella accede, para su sorpresa, pues no creyó que fuera a aceptar.

⁃ Ve pasando y siéntate que yo ahora mismo voy para allá.

⁃ Vale – respondió Beatriz ausente mientras caminaba por el pasillo en dirección al despacho de Alberto.

Alberto bajó a la máquina de café y cogió dos, los dos a su gusto porque en realidad siempre era Beatriz la que se encargaba de su café y no al contrario, fue en ese momento cuando se dio cuenta de cuánto le cuidaba aquella mujer y qué poco humano era su trato con los demás.

Cogió un par de magdalenas en la otra máquina y subió al despacho, le faltaban manos, en casa tenía a su mujer y una señora que les ayudaba con las faenas de la casa y los niños, así que él no era muy de ayudar con las faenas de la casa y llevar dos vasos de plástico y dos magdalenas era para un burócrata como él toda una proeza.

Cuando entró en el despacho la estampa que encontró fue la que menos cabía esperar, Beatriz estaba ordenando todos los papeles de su mesa en una especie de ritual histérico descontrolado, era documentación que ella misma había tramitado, que había puesto allí, que le había pasado para la firma y ahora la estaba organizando por fecha, por color del papel, por empresas…

Alberto consternado se quedó apoyado en el quicio de la puerta del despacho, observando la situación, la terrible realidad que sufría su secretaria. Estuvo allí apostado al menos un cuarto de hora y ella ni siquiera se percató de su presencia.

Cristina, la hermana de Beatriz había sido asesinada por su marido la noche anterior en la casa familiar y lo había descubierto la hija pequeña del matrimonio Sara cuando por la mañana había regresado de pasar la noche en casa de una amiga.

Los padres de Sara últimamente habían estado viviendo enfrentándose a problemas económicos, y él se los ocultaba a Cristina,  Sara lo supo porque los oyó una noche discutir cuando se suponía que debía estar dormida. Y Cristina se los intentaba ocultar a todos.

En lugar de contárselos y decidir luchar contra los problemas juntos como un matrimonio él decidió que el poco dinero que cobraba lo iba a apostar en el juego para intentar doblarlo, pero el juego está muy bien pensado para que no pudiera ganar.  Ni él ni nadie que apostara.

Cuanto más apostaba más enganchado estaba al juego. Cuanto más jugaba más perdía. Cuanto más perdía más endeudado estaba porque iba pidiendo a todo el mundo de su entorno. Cuanto mayor era la deuda peor era su genio en casa y peor trataba a todos.

Era, sencillamente la pescadilla que se mordía la cola.

Al final el hijo mayor terminó por irse, pero Sara no tenía trabajo y además aún estaba estudiando, era menor, sobrevivía pese a las constantes críticas de su padre, los lloros de su madre y las constantes broncas entre ambos.

En la primera denuncia así lo relató cuando su madre apareció una noche a dormir con ella en su cuarto con la cara amoratada y los brazos marcados y Sara le dijo que ya no transigía más con la situación y llamó a la policía.

Su padre dijo que era una mala hija, y al no querer ratificar Cristina la denuncia las autoridades poco pudieron hacer al ser una menor y no haber más testigos que los colores que abanderaban la cara de Cristina.

Las cosas fueron a peor, cada día era una aventura que no sabían cómo empezaría y mucho menos cómo se podía terminar, las cosas con su padre eran imprevisibles. Su humor era voluble, cualquier cosa podría hacer que cambiara de opinión, de día bueno a malo o peor.

Entonces Sara encontró refugio en casa de su amiga Elsa, era una vecina y compañera de clase, y además su hermano solía tontear con ella, en cuanto Cristina le dio permiso la primera vez para estudiar una tarde allí y luego para quedarse a cenar, vinieron después las noches de quedarse a dormir.

Todo era bueno para evadirse de la realidad que se vivía en su casa.

En unos meses, para el verano, tendría terminados sus estudios y podría trabajar, con un poco de suerte podría largarse y en algún tiempo podría regresar a por su madre.

Pero cuando entró a casa aquella mañana y vio que en la entrada había manchas de sangre en la pared supo que había problemas en casa, pero no pensó que su padre hubiera matado a su madre cuando ella descubrió que se había jugado la casa en una timba de póker.

Ése fue el resumen que la secretaria le hizo al alcalde, ahora ya sin llorar, sin derrumbarse, sólida en su relato.

⁃ Fuimos todos cómplices Alberto, todos. Yo. Y todos aquellos que no le dieron la mejor respuesta a esta realidad que vive la gente atrapada por sus adiciones y paga sus frustraciones con quien no puede o no sabe defenderse porque los ama.

Los padres de Sara fueron enterrados por expreso deseo de ella, en diferentes lugares y en distintas fechas.

Ella fue a vivir con su tía unas semanas, pero tan pronto como terminó sus estudios se fue de aquella ciudad a la capital, donde no era “la hija de” y nadie la miraba con lástima, donde nadie la reconocía. Donde nadie la señalase con la mirada.

Su mejor baza fue poder decirse:

VOY A PASAR PÁGINA

BEBE – Ella

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Voy pasando páginas

©Victoria de la Fuente

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia

los  hechos  aquí relatados y los personajes

son invención de la  autora

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