Cuando Juan murió nadie quiso decir unas palabras en su funeral. Su mujer callaba, curiosamente no lloraba y todos sabían bien porqué. Sus hijos vivían desde hacía años lejos de la casa familiar y cada uno a su manera había pasado página de lo que habían vivido en aquel terrible lugar. Juan había dado mala vida a todo aquel con el que había tenido contacto.

Había conocido a su mujer, Elisa, en una fiesta de pueblo con veinte años y en unos meses ya estaban casados porque esperaban su primer hijo, aquello le sacó de sus casillas porque no iba a poder seguir cortejando a las demás muchachas de los pueblos cercanos al suyo.

Pero pasados tres años y dos niños más, un matrimonio, una mujer y unos mocosos no iban a ser un inconveniente para que él siguiera siendo un Don Juan, y nunca mejor dicho.

Él podía ir y venir a su antojo, y salir y entrar cuando quisiera, para eso era el que traía el jornal a casa, y ella sólo tenía una cosa que hacer, criarlos, limpiar, callar y estar dispuesta para cuando a él le apeteciera tener un rato a solas con ella. Bueno, en realidad era una larga lista de cosas que se resumían en una, ser la mujer que él decía que tenía que ser.

Con los años aquellos ratos fueron siendo cada vez menos y se espaciaban más, ella se fue marchitando y a él le gustaban jóvenes, salía a buscarlas en algún prostíbulo cercano, allí también le aguantaban las borracheras mientras se dejaba el salario entre copas y pagar a las chicas.

Juan había seguido con el negocio de su padre, un taller de coches que le daba todo el negocio de la zona y de los pueblos de alrededor, muchos clientes, muchos coches, mucho dinero… y también muchos trabajadores que a lo largo de los años habían ido desfilando por aquel taller porque en cuanto tenían la oportunidad se iban a cualquier sitio o montaban su propio negocio para perder de vista a Juan el Tirano.

Cuando sus años de esplendor como hombre se fueron marchitando cada vez más putas le rechazaban y su humor se iba tornando más rancio y lo iba pagando con Elisa.

Aquella pobre mujer que ahora se veía sin sus hijos daba gracias a dios porque ellos no vieran cómo se comportaba su padre con su madre, sin estudios, siendo sólo ama de casa desde que pudiera recordar como adulta no podía ni imaginar que pudiera optar a otro tipo de vida que no fuera ser la mujer, que no la esposa, de Juan.

Ella creía que ser ama de casa era poco, pero en realidad ser ama de casa es ser, agente logístico, ser economista, ser jefa de almacén y jefa de distribución, es ser mil cosas en una y que ninguna de ellas se acaba nunca, porque es un trabajo a tiempo completo que cuando terminas por un lado tienes que recomenzarlo por el que ya habías terminado y más cuando tienes niños.

Ser ama de casa es ser miles de cosas, tener mil carreras sin títulos, ¡cuánta titulitis se padece en este país coño!

Pero lejos de tener reconocimiento Juan le reprochaba cosas sin importancia a Elisa y además decía que no tenía porqué ayudar en la casa, cuando un verdadero hombre no «ayuda» en la casa, sino que colabora porque son también sus hijos.

Haber sido madre era el papel más importante de su vida, pero le habían inculcado que no era nada, y había sido maestra de sus hijos hasta dónde había podido, cuidadora, cocinera, psicólogalimpiadora, cuenta cuentos y árbitro entre sus niños cuando había una disputa (natural entre niños) cuando eran pequeños, había sido la persona responsable de inculcar a sus hijos los principios y valores básicos de la vida que sustentaban en sus vidas. Gracias a su gran papel como madre sus hijos eran quienes eran en sus papeles como adultos, como trabajadores, como padres y no lo eran gracias a su padre, a Juan.

Como ama de casa había sido fontanera, chacha, pintora, alicatadora, albañil, diseñadora de modas, enfermera, animadora de fiestas, y tropecientas cosas más que a lo largo de los años él no le iba reconociendo.

Con estas ideas por consuelo Elisa tapaba con maquillaje torpemente los morados que aquel monstruo le iba dejando, hasta que años de abusos con su cuerpo le pasaron factura y una mañana Juan no bajó de la habitación a desayunar.

Sobre la cocina de carbón tenía Elisa un puchero de color marrón, con un ronchón desportillado con la leche calentándose, preparado todo como a él le gustaba, todo limpio, ventilado, esperando a que bajara a pasar revista.

Pero no bajó. Esperó durante una hora.

Sin embargo, la incertidumbre era más fuerte que ella y se aventuró a subir por la escalera, segura de que si pisaba por el lado derecho del quinto escalón no crujiría.

Y así fue.

Subió y asomó su cara por el quicio de la puerta de la habitación para descubrir que Juan estaba en la cama, sentado en su lado, pero desparramado hacia atrás, sobre el edredón y la manta de cuadrados de ganchillo de su madre, como si se hubiera desplomado, tenía una expresión en la cara que denotaba el dolor que había sentido en los últimos momentos de vida y tenía la mano izquierda agarrando la parte de arriba del pijama y la derecha sus partes nobles, aquellas de las que tan orgulloso estaba y por las que se regía, viviendo para sus instintos más básicos.

Tras la primera impresión de ver un muerto y, más aun tratándose del muerto en cuestión, Elisa no se vio en disposición de tramitar todos los papeles de la documentación que se le venía encima, pero una vecina que había pasado por la misma situación se ofreció para ayudarle.

Y llegado el momento de reunirse frente a las personas que pertenecían a su comunidad para darle un entierro digno le surgieron mil dudas.

¿Qué podría decir en la iglesia sobre el hombre con el que había estado casada durante 38 años sin mentir?

¿Qué podría resaltar de Juan que no la llevara a llorar?

¿Había algún momento para recordar que fuera positivo salvo el día que se conocieron? Pero no podía hacer referencia a un solo día en resumen de 38 años.

Entonces decidió no hacer ningún panegírico hablando sobre un hombre del que debería mentir a todos los que la iban a escuchar.

Para su sorpresa cuando terminó el servicio religioso y la gente que había estado dentro de la iglesia como la que había estado esperando en el bar a que terminara se acercaron a darle el pésame se reunieron en círculos pero no a su alrededor y ella estaba demasiado consternada para prestar atención a quienes tenía delante, pero sí prestaba oídos a quien por detrás hablaba sobre lo que había pasado. Estaba sencillamente ausente, con la mirada fija, perdida, sin saber lo que iba a ser de su vida en cuanto todo aquello se acabara y escuchando a la gente, uno aquí, y otro allá.

Y pensó que todos aquellos corrillos eran en realidad el verdadero panegírico que aquel hombre se merecía.

Tan pronto como pudo hizo las maletas y fue a visitar uno por uno a sus hijos haciéndoles firmar la documentación que le autorizaría para vender la casa en la que había sido tan infeliz y una vez tuvo la casa familiar vendida y el dinero en su cuenta Elisa se mudó a una ciudad donde comenzó una nueva etapa de su vida.

Una persona nueva.

Una mujer que ya no tenía miedo a nada, pues lo había pasado tan mal que no tenía nada que perder y tenía todo que ganar siendo únicamente positiva.

HOZIER – Someone New

 

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©VictoriadelaFuente2018

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia

los  hechos  aquí relatados y los personajes

son invención de la  autora

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Fuente de la imagen Pixabay