Después de recuperarse de la primera paliza se compró una alianza de plata, era algo que se podía permitir, si la compró no era por el coste, sino por la simbología. Cuando llegó a casa levantó la alianza sacándola de la caja de la joyería,  y se la puso prometiéndose que nadie la apartaría de sí misma jamás.

Había mandado grabar en su interior el día de su entrada en el hospital, se acordaba muy bien del trayecto en ambulancia que había hecho, de lo amable que había sido todo el mundo, de los policías, los enfermeros, los médicos y las asistentas sociales.

Pero detrás de todo aquello y después estaba ella y él.

Allí, en su casa, en la realidad, a las once de la noche de un martes cualquiera, estando en vigencia la orden de alejamiento, no estaba ningún guardia, o eso le parecía a ella.

Se creía sola ante las insistentes llamadas de él.

Se pensaba indefensa ante los incesantes mensajes que él le mandaba a su teléfono móvil.

Y a cada denuncia que ella presentaba, él parecía enfadarse más y amenazarla con más vehemencia y la acusación que hacia frente a la autoridad competente quedaba en nada.

Finalmente, los juicios llegaron, uno, dos, tres…

Él no era trigo limpio, era un hombre que tenía dudosa ocupación, ni oficio ni beneficio, y peor reputación, pero había sabido ocultárselo a ella con innumerables mentiras y disfrazando su situación de “desterrado de la familia” a “estoy aquí porque me viene genial”.

Tras la denuncia que colmó la paciencia de ella por las acciones que él llevaba a cabo, tuvo que tomar la dura decisión de solicitar la rescisión de su contrato de trabajo, dejar su casa y salir de una ciudad que era la de su familia desde hacía generaciones.

Tuvo la suerte de que la gente que tenía alrededor supo cómo ayudar en el sentido laboral, social, familiar, y de ese modo aquel ser se encontró con un muro a la hora de intentar recabar información sobre su nuevo paradero.

Cuando preguntó a los amigos de toda la vida dónde estaba porque no la veía, ni la encontraba, cada uno de estos amigos le decía la misma respuesta.

–      Se ha marchado a vivir a Bilbao porque le ha salido una oferta de trabajo que no podía rechazar, ya sabes cómo está aquí el tema del curro.

Más o menos todos decían lo mismo o parecido.

No pasaron muchos meses antes de que él se fuera a aquella ciudad para buscarla, porque a él no se le escapaba su posesión, ella era suya.

Huelga decir que jamás la encontró en el norte, pues ella estaba en Levante.

Ella, que sí tenía oficio, pudo marchar al lugar que le pareció bien y comenzar de nuevo y de cero su vida, cada vez que un hombre con el que mantenía una relación tenía una actitud que le parecía dudosa daba una vuelta a su alianza de plata y le decía que la relación se había acabado.

Sin dudar, sin remordimientos, sin alegatos, sin porqués, fin.

CONCLUSION:

Comentar, criticar, especular, darle bombo… son acciones que no benefician a una persona, no quiero usar la palabra “víctima, que ha pasado por problemas de violencia de género.

Lo que sí le ayuda es la empatía, la comprensión.

Lo que ayuda es que pienses en “¿y si fuera mi hermana… mi amiga… mi madre… mi hija…?”.

Porque nadie estamos libres de esta lacra social que supone la violencia de género, no juzgues aquello que no conoces, no critiques, no comentes de más, no le des bombo, no especules, y más si hay terceras personas implicadas, personas que no se pueden defender y que no tienen edad y por tanto criterio, para defenderse.

EQUADOR – Bones of man

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©VictoriadelaFuente2018

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