Sonia había crecido en una familia desintegrada, que era un paso más allá de desestructurada, pero que eran de clase media alta, con buenos negocios y mejores ingresos.

Tenía una madre que bebía, dos hermanos que cuando no se peleaban la ninguneaban, y un padre que era la figura más ausente de todas.

Había estado un par de años con un chico con el que finalmente se había casado pero su matrimonio había durado apenas dieciséis meses porque aquel tipo se había pasado el tiempo que habían compartido imprimiendo en su cabeza ciertas ideas. Ideas terribles, sobre lo fea que era, que era torpe para todo, incapaz de cocinar un buen plato.

No empezó de repente, por supuesto que no.

El maltrato no suele empezar de repente, va poco a poco.

Ningún río forma una cascada en su nacimiento.

Fue poco a poco, al principio fueron pequeños detalles.

Frases como: Ese peinado no te queda bien, esa falda te hace gorda, cómprate una talla más que estás cogiendo peso, si sales con ese vestido yo no voy contigo, la raya al medio ya no se lleva es de pringadas, mejor que no te pintes que pareces un Picassodesprecios y humillaciones que únicamente pretendían subyugarla.

Ella intentaba cambiar de peinado y estar guapa para él, pero daba igual lo que hiciera que él no tenía ojos para ella, sólo le interesaban las demás mujeres y el futbol.

Era como si una vez que la había conseguido para sí hubiera perdido el interés en ella y hubiera fijado la mira en otra cualquiera.

Por eso cuando Sonia se vio meando sobre una especie de rotulador que le dio un resultado positivo en unos minutos supo que era el momento de tomar una decisión importante, abortar y hablar con su abogada para conseguir el divorcio.

Su abogada era dura y le plantó cara a David para que firmara los papeles en los dos meses del divorcio exprés sin tocarle las narices.

No habiendo niños ni patrimonio aquello era pan comido, Sonia no pedía pensión compensatoria, por lo tanto, su unión era fácil de disolver.

Unos meses después la pandilla de la universidad de Sonia y las amigas del barrio tiraban de ella para salir de casa, para que no se quedase aletargándose en la habitación como si estuviera aun lamiéndose las heridas por aquel imbécil cuando aquella retirada a tiempo había sido su mejor victoria.

Aceptó salir con sus amigas del barrio y con sus compañeros y compañeras de la universidad, aunque más bien se sentía una extraña entre ellos, y sin embargo no creía que se pudiera decir que le extrañara, a David.

En cuanto pudo cogió un apartamento, no demasiado grande, pero quería su independencia, que una vez la había probado no quería volver a estar sujeta a las normas y formas de la casa de sus padres.

Además, lo que extrañaba era sentir la compañía de una persona que le dijera que la quería, que durmiera con ella, que la hiciera sentir especial… entonces recapacitó, aquello hacía tiempo que David no la mimaba.

En una relación mimar a la persona amada es básico, y no importa qué tipo de relación sea, piénsalo.

Era muy extraño eso de sentirse sola estando rodeada de gente que conocía pero que ahora le parecían desconocidos.

Y eso había dejado de pasarle con David incluso sin saber previamente qué le pasaba.

Por eso una noche de jueves cuando las chicas le dijeron que iban a ir al teatro, aceptó, salió del trabajo, pasó por su apartamento para ducharse, cambiarse y vestirse cómoda y elegante pero informal y salió para el centro, vieron la obra de teatro, y luego fueron a cenar a un Foster’s y después a tomar una copa a un garito que les quedaba a todas bien situado para regresar a casa dada la hora y que al día siguiente tendrían que trabajar y no querían trasnochar.

En aquel bar estaba él, era alto, fornido, muy guapo, ancho de espaldas, llevaba el pelo engominado y sus ojos verdes iluminaban al mirar a cualquier  mujer.

Iba muy bien vestido.

De sport, elegante, sabía perfectamente qué le quedaba bien y le sacaba partido.

Las chicas estaban cansadas y eso se percibía en su forma de comportarse, no era la algarabía habitual, se sentaron en una de las mesas y estuvieron charlando animadamente pero no salieron a bailar como otros días.

Aquel chico no paraba de mirarla con insistencia y todas se percataron.

Sonia se sentía por un lado halagada y por otro violenta, eran las doce y empezaban a hablar de irse a casa, así que pensó que iría a casa dando un paseo porque el buen tiempo se lo permitía pero que primero iría al baño.

Al salir del servicio se encontró con el chico observador en el pasillo esperándola, él esgrimió su mejor sonrisa y ella levantó una ceja a modo de pregunta.

  • Hola me llamo Ángel y estaba ahí… observándote y he pensado que quizás te gustaría tomarte algo conmigo.
  • Hola soy Sonia, y te lo agradezco, pero ya me iba a casa.
  • ¿Quizás pueda acompañarte?
  • ¿Qué eres un psicópata o algo así?
  • No, ni mucho menos, pero si te pido tu número de teléfono me darás uno falso, o me darás uno igual al tuyo, pero con una cifra cambiada por si volvemos a vernos tener una excusa.
  • Esto ya te ha pasado alguna vez, ¿eh? – dijo ella con una amplia sonrisa.
  • Las chicas sois muy imaginativas, ¿me das una oportunidad? Seguro que eres tú más sociópata que yo.

La sonrisa de Sonia indicaba que él había ganado la partida.

Fueron juntos hasta las cercanías de su casa, desde luego ella no estaba tan loca como para dejar que un tipo que no conocía de nada la acompañase hasta su portal y supiera dónde vivía.

Las pocas manzanas que habían caminado fueron muy instructivas para ambos, charlaron de trivialidades, y entonces sí, le dio su número de teléfono, el real.

Ángel tenía unos años más que ella, era hijo único, no había estado casado, tenía un gran sentido del humor, tenía un trabajo normal, le contó que trabajaba en una multinacional.

Decidió que no le contaría a Ángel nada sobre David, de todos modos, a de sus treinta años David había supuesto tres, únicamente un tropiezo y “siempre se puede volver a empezar”, se solía decir a sí misma.

Y así fue, empezó a salir con Ángel de forma asidua, no dijo nada a sus amigas, ni a sus amigos, no quería que supieran de él al menos mientras no fuera una relación más establecida, más consensuada.

Seis meses después por su cumpleaños lo presentó a todos en la fiesta que montaron, a todos les calló fenomenal, les pareció muy guapo, elegante, simpático, educado, culto… vaya, el hombre ideal. A todos menos a su padre, que le dijo que aquel tipo no le parecía trigo limpio.

Durante unos meses estuvieron alternando los fines de semana de escapadas rurales con fines de semana de “vamos a conocer algún sitio que no conocemos”, lugares como Cuenca, León o Mallorca, Tenerife si tenían más días libres por un puente y las noches de entre semana se quedaban en casa de Sonia o en la de Ángel.

Unos meses más tarde él le rogó que dejara su apartamento para mudarse a su casa, lo acordaron y ella rescindió el contrato de su casa trasladándose a la de él.

En menos de un año apenas salían fuera de casa los fines de semana, nada de escapadas rurales, nada de cine o teatro, nada de salir a cenar fuera, nada de amigas y menos de amigos, del trabajo a casa y poco más, Ángel había sido mucho más sutil de lo que lo había sido David, era sibilino, inteligente y listo, era un gran actor y mejor amante.

En menos tiempo del que habían estado David y Sonia juntos Ángel había sometido la voluntad de aquella mujer por completo.

A él no le gustaban las mujeres que se dedicasen a su cuerpo yendo al gimnasio, eso era una falacia que solamente salía en las películas y en las revistas y él era un hombre de verdad al que le gustaban las mujeres de verdad, por eso se las había apañado para que en aquellos viajes en los que conquistó el corazón de Sonia ella fuera cogiendo kilos por cada plato extra que iban pidiendo, un aperitivo antes de comer, y un postre después de un menú lleno de calorias.

Por medio de los kilos de más iba minando la autoestima de Sonia, la que había sido una chica popular en su colegio y en la universidad.

Ángel solía regalarle las orejas con piropos y halagos, decirle lo bellísima que era para él y a la vista de todos, pero sobre todo se encargaba de criticar a las chicas que salían en cualquier sitio por sus raquíticos cuerpos delgados, para potenciar en ella que la idea de estar veinte kilos por encima de su peso era agradable a la vista, incluso sano.

Hasta que él empezó a salir tarde del trabajo y ella se hundió porque se olía qué era lo que estaba pasando, Ángel le era infiel de alguna manera lo sabía. No le ponía cara a su oponente, pero ciertas obviedades dejaban patentes su existencia, sus retrasos al llegar a cualquier cita que tuvieran, su negativa a ir a cualquier sitio los fines de semana, y sus constantes excusas para tener el sexo que antes tenían porque él la buscaba, pero ahora siempre decía que estaba cansado, ¡ja! Un hombre cansado para el sexo, ¿Quién se podía creer eso?.

Ángel esquivaba tener sexo, rehuía las ocasiones íntimas y era tajante cuando ella se ponía melosa.

Pasaron las semanas hasta convertirse en meses, Sonia añoraba al tipo del que se había enamorado y no entendía por qué se hacía de rogar.

Entonces él llegó a casa antes de un puente y le dijo que se iban a Croacia para celebrar su aniversario, le costó mucho no echarse a llorar por la emoción, intentó abrazarle, pero él se zafó y apartó las manos de Sonia que querían ceñirle en un abrazo de lapa que mostraba que ya no era ella, sino la sombra derrotada de ella que él ansiaba.

Eso a ella pareció hundirla más, pero la esperanza de ir a Croacia con él en un viaje romántico le suponía un salvavidas.

Intentó no mostrar su desazón ante Ángel ahora que veía una lucecita, por pequeña que fuera, al final del túnel.

Iba al trabajo, trabajaba y regresaba, pero todo lo hacía como si estuviera en el mundo paseando de puntillas, ausente, porque no dejaba de zumbarle en la cabeza una sensación de que algo se estaba cocinando delante de sus narices, pero no era capaz de pillar qué era exactamente.

El ansiado día llegó y tomaron el avión, ella iba medio enfadada porque él no había dejado que le ayudara a hacer su maleta.

Llegaron al hotel y le dijo que colocara las cosas de su maleta que iba a bajar al bar a tomar algo, cuando subió ya no era el hombre que conocía, algo en él había cambiado, su mirada, su forma de moverse, no lo identificaba, pero estaba distinto, le dijo que abriera su maleta lo cual le extrañó porque si en Madrid no le había permitido ayudar a hacerla a qué venía decirle que se la deshiciera ahora.

No lo vio venir, pero la bofetada le hizo girar la cara de lado a lado.

  • Te he dicho que abras mi maleta, Sonia no quiero volver a repetírtelo.

Iba a replicar, pero él le mostró la mano a media altura y ella avanzó dando pasos hacia atrás hasta la maleta que un empleado había dejado sobre la cama.

Abrió la maleta y encontró un picardías precioso, aquello le hacía dudar, ¿por qué extraño motivo el hombre del que estaba enamorada iba a pagar un costoso viaje para darle una guantada y luego hacerle un regalo como aquel?

  • Vas a quitarte la ropa ahí donde estás que yo te vea bien, vas a ir al baño a ducharte y a ponerte el camisón que te he comprado, cuando estés lista te vienes a la cama.
  • Pero…
  • No hay peros Sonia, haz lo que te digo. – el tono de su voz también había cambiado, era autoritario, era severo, era hasta más ronco podría decirse.

Hizo lo que le decía mientras él la observaba en todo momento, por primera vez en su vida sintió vergüenza de su cuerpo, se vio gorda, se vio fea, se vio desprotegida, vulnerable, pasó al baño y se metió en la bañera y él la contemplo desde un taburete que había en el baño que era muy espacioso.

Secó su pelo porque pensó que si iban a tener sexo sería mejor no dejar la almohada calada para toda la noche, y mientras hacía todo lo que solía hacer en sus duchas normales él estaba allí sentado, complacido de verla, tranquilo, paciente, con una mirada que jamás le había visto.

Cuando terminó se dirigió a la cama pensando que quizás tendrían una sesión a lo Grey, se había leído los libros y le parecía sexy, algo sórdido que una generación cayera en todo eso de que la violencia de género era necesario para obtener placer, pero qué daño podría hacer probar algo de morbo.

Sin embargo, cuando ella llegó a la cama él la atacó por detrás y la dejó tumbada bocabajo en el colchón, como la había pillado por sorpresa no tuvo capacidad para reaccionar todo lo rápido que debería haberlo hecho y además casi por un momento pensó que era parte de una broma o un preludio a los juegos sexuales, como hacerse cosquillas.

Pero nada más lejos de la realidad.

Ángel se subió a horcajadas de Sonia a la altura de sus riñones mientras ella estaba bocabajo y aprovechó la posición de superioridad física para amarrar sus manos al cabecero de la cama, después se giró para atar sus pies a las patas de la cama, dejando a Sonia en una perfecta equis sobre aquel sórdido colchón de un hotel de no sabía dónde.

Fue a poner sus labios delante de una de sus orejas para susúrrale que una vez al mes iban a repetir esto, que cada vez sería mejor, que si se le ocurría decir algo a alguien la mataría, y que llevaba toda la vida aprendiendo a hacer aquello.

Entonces empezó a azotarla en su culo y ella gritó, él se levantó de la cama y recogió del armario, del cajón donde Sonia había puesto su ropa, un par de sus preciosos calcetines.

  • Abre la boca cariño – ella negó con la cabeza apretando las mandíbulas mientras él le ofrecía el par de calcetines para metérselos en la boca.

Un sonoro cachete atravesó el silencio de la habitación e hizo que ella levantara sus ahora voluminosas posaderas.

  • Ahora que has engordado vas a hacerme muy feliz cuando vayamos de viaje, mi amor. Abre la boca o te castigaré en serio, ya he visto que tu cabeza dice no pero tu cuerpo dice sí. – le dijo mientras introducía tres dedos entre sus piernas, y eso le hizo dar un respingo porque se notó a sí misma mojada, pero dio un alarido cuando él tanteó la entrada trasera, la que tanto había tanteado y ella siempre le había negado.
  • ¡Estás loco! – gritó ella, ¡pum! recibió un puñetazo en las costillas y según fue a gritar él le metió en la boca sus calcetines.
  • Esta ha sido la primera y la última vez que me insultas, no creas que no me he dado cuenta que has estado siendo afrentiva conmigo faltándome al respeto delante de ciertas personas, pero vamos a corregir esa actitud tuya, ca- ri-ño. – hizo especial hincapié en cómo pronunciaba la palabra cariño, con unas pausas que le dieron escalofríos.

Iba a ser un puente muy largo.

Pasó la noche abusando de ella, zurrándola, no era una sesión las que había leído en aquel libro de la tímida sumisa que conquista al famoso y rico dominante y que ambos terminaban en un cuento feliz como los de Disney.

Ella no podría olvidar jamás el cabecero de la cama al que miraba mientras el hombre al que creía conocer la violaba por todos lados sin tener un porqué, aunque ¿para qué violación hay un porqué? y la azotaba con distintas herramientas.

Lloró más de lo que había llorado en toda su vida.

Finalmente, él como si de una tarde de gimnasio se tratase le dijo que estaba cansado de tanto ejercicio y que el sudor le hacía estar pegajoso, que se iba a la ducha, pero no la desató.

Cuando regresó sí lo hizo, la llevó al baño y llenó la bañera para sumergirla en agua templada, sus laceradas carnes tampoco aguantarían agua demasiado caliente.

La segunda noche él hizo lo mismo, pero no la golpeó, adujo que morado sobre morado no le satisfacía y que seguro que ya iba a ser más dócil.

El resto de días salieron a conocer la ciudad, pero al regresar a dormir la situación se repetía, el sadismo que contenía su mente era inigualable.

Cualquier cosa que hubiera en la habitación podía ser un elemento de tortura para sus estrafalarias ideas, los puños que había usado el primer día sólo fueron la medida disuasoria.

Una silla le daba la oportunidad para colocarla en una postura idónea, el váter era un lugar fantástico para ponerla a cuatro patas atada con las bridas.

Cada cierto rato salía al bar a tomar un par de gin-tonics, pero no la dejaba jamás desatada y siempre dejaba la puerta cerrada, el teléfono de la habitación desconectado y él tenía el móvil de ella y no se lo había dejado en ningún momento en todo el viaje, sus posibilidades de avisar a alguien eran ínfimas.

La última noche no hubo sexo, no hubo golpes, le preparó un baño de espuma y se sentó en aquel taburete frente a ella, contemplando sus morados.

  • Vamos a volver a Madrid, cuenta lo que quieras sobre este viaje a tus amigas de mierda, pero si cuentas una sola palabra de lo que ha pasado dentro de estas cuatro paredes usaré lo que te pasó con David contra ti, diré que tienes secuelas psiquiátricas, que te lo inventas todo, que no lo has superado, y te demostraré que puedo. – sus ojos se habían agrandado como si ahora fueran los de un búho, estaba perpleja, incrédula, ¿cómo podía él saber lo que le había pasado con David?
  • ¿Cómo sabes tú lo de David?
  • Eres más tonta de lo que pareces Sonia, yo no trabajo en ninguna consultora multinacional, soy policía, comisario de policía, así que si intentas jugármela te voy a pillar, cualquier denuncia que quieras hacer, o a cualquiera que le cuentes esto yo lo terminaré sabiendo, no te quepa la menor duda, y el castigo será ejemplar. Este fin de semana hemos venido a pasarlo bien, no lo has disfrutado porque aún no quieres comprender cómo funciona todo esto, pero ya lo harás.
  • ¿Qué tengo que entender que una hostia me dará placer?
  • Mira la remilgada, si lo lees es cachondo, pero si recibes la hostia ya no es placentero, ¿es eso?

Entonces en ese momento Sonia vio la trampa en la que aquel hijo de puta la había metido, se había tomado su tiempo en tejer a su alrededor una tela de araña y él era la araña, como una viuda negra, ahora tenía a su presa justo donde la quería.

Volvieron a Madrid y ella ocultó bajo el maquillaje su moratón del pómulo durante una semana y media, en la que estuvo pensando si ser la idiota que repetía ser la denunciante de violencia de género o como él le previno callar y… y nada porque recibir palizas mensuales como si fueran su periodo no era una alternativa.

Al final el viernes que se suponía que todos en el trabajo iban a terminar a las tres porque tenían jornada intensiva le llamó y le dijo que se quedaba porque tenía un trabajo que entregar con fecha.

Estuvo escribiendo en un cuaderno y después se fue a correos.

Se fue a la sierra y despeñó su coche.

La noticia salió en toda la prensa nacional, Sonia era la heredera de una familia de clase media alta metida en negocios inmobiliarios.

Ángel acudió a verlos, estuvo a su lado en todo momento, les ofreció la ayuda de su departamento para esclarecer el suicidio de su hija, o quizás fuera un secuestro exprés, estaban abiertas todas las hipótesis.

————————-

Una semana más tarde Jaime el padrino de Sonia recibió una carta certificada en su despacho, contenía una carta manuscrita de puño y letra de su ahijada, con un DVD, en el que se la veía escribiéndola a la vez que la iba redactando, el contenido de la carta era devastador hasta para él, que era juez destinado en Salamanca, allí había estudiado Sonia su carrera.

Ángel había olvidado que Sonia llevaba dos móviles siempre, el personal y el de trabajo, que mientras estaba en la oficina silenciaba el personal, y durante su vida personal ponía el móvil de trabajo en modo avión.

Durante aquel fin de semana ella había grabado algunas de las atrocidades que Ángel había cometido con ella, no entendía que si la amaba encontrase placer en pegarla, en amenazarla, en coaccionarla, y por eso le llegaba el DVD y aquella carta.

El móvil que contenía la grabación original fue presentado en el juicio y a Ángel no hubo duda ni abogado que le salvara, aquella chica había sido maltratada y violada y que fuera su pareja no era una excusa, aquella chica había sido valiente como para dejar las pruebas condenatorias a su padrino.

Pero no había sido valiente para enfrentarse a la vida que le esperaba después, a las preguntas en un juzgado, a las amenazas de un policía que tras salir de la prisión  y no iba a poder enfrentar, y peor aún a lo que no fueran amenazas que terminase cumpliendo.

No había sido capaz de pensar en enfrentarse a las miradas de los amigos que ya no serían más sus amigos, a los recuerdos que se colarían después en las noches convirtiéndose en pesadillas, a ser un zombi que no dormiría durante miles de noches, a volverse conspiranóica con cada tío que en un bar se le acercase, o aunque se le acercase en un museo le daría igual.

No fue valiente para enfrentar la mirada de su padre que le había dicho ese chico no me gusta para ti, ni para enfrentar los compungidos abrazos de su madre que querría consolarla sin saber la profundidad de lo que le había pasado.

No quiso ser valiente para enfrentarse a los comentarios frívolos de gente estúpida que dirían “mira esa es la que le pasó aquello que…”

Y no quiso ni imaginarse a sí misma mirando para siempre por un retrovisor pensando que cualquier gilipollas con una pistola y una mala comprensión de la palabra lealtad fuera a por ella por más lejos que se fuera.

CHICAGO – Hard to say i’m sorry

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©VictoriadelaFuente2018

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