Clara nunca sabía cómo iban a ser las cosas al final del día, últimamente era incapaz de preverle.

Se levantaba a las seis cada día para tener la cocina preparada para el desayuno a las siete y media a sus cuatro niños, empezaba a despertarlos a las siete, pero hasta que se levantaban y se aseaban pasaba un rato.

Mientras ella corría limpiando la casa, barriendo y fregando, poniendo lavadoras y secadoras, poniendo lavavajillas y limpiando baños, su marido seguía retozando en la cama alegando que padecía agorafobia.

Llevaban quince años casados y cada vez que ella había pedido que se pusiera en manos de algún especialista para tratar su enfermedad él no solo se había negado, sino que además había montado un follón hasta encolerizar negando lo que antes había dicho en privado.

Alegaba tener esa enfermedad porque así podía levantarse mas tarde, fingir que necesitaba horas para salir de casa y no colaborar en las tareas de casa.

Ella discutía con un niño tras otro hasta las nueve y cuarto, mientras él entorpecía cada paso que ella diera, no solamente con los niños, sino en general.

Pero es que al final del día después de haber cerrado su empresa, haber trabajado fuera de casa como una mula, y previamente en casa como una esclava tenía que llegar a casa a hacer la cena, la cena para un tipo que llevaba en casa cuatro horas cuando ella llegaba, cuatro horas que había dedicado a tocarse los cojones.

Su vida era tocarse los cojones.

Ni oficio ni beneficio, de profesión vago, y la estaba estafando su vida, era un actor que fingía aún sabiendo que tenían cuatro niños que sacar adelante.

No quería a nadie.
No la quería a ella.
No se quería a sí mismo.
Y lo peor era que no quería a sus hijos.

Un día cuando ya tuvo a los niños acostados y también ella se iba a meter en la cama le dijo que así no podían seguir, que quería el divorcio, no podía seguir tirando de él al que consideraba su primer hijo y al que quería abortar quirúrgicamente por medio de un divorcio exprés.

Él montó en cólera y le dio una tunda de bofetadas que terminaron en puñetazos y lejos de pedir perdón le dijo que a partir de ese día iba a tener que dormir en el sofá por hija de puta.

Él se las había apañado para lograr que la despidieran de cada trabajo que iba consiguiendo por lo que terminó montando su propia empresa, no le permitía tener amigas, ni qué decir de los amigos…

Criticaba todo, sus platos, su forma de llevar la casa, de educar a los niños, de relacionarse con los demás, pero sobre todo con su familia, y la había estado hablando de cómo era físicamente durante los años que habían sido pareja y luego marido y mujer.

Pero Charly no era ningún idiota, jamás había hecho uno de esos comentarios con alguien delante, y siempre había hecho todo lo posible por llevarse muy bien con la familia política que le había tocado.

Con esa situación Clara no tenía muchas opciones para marcharse de casa, para sacar adelante a los niños, para sacarse de una chistera un negocio que fuera mejor que el suyo o un trabajo si ya la habían echado de todos y ahora el país estaba en plena crisis y el dinero para pagar a un abogado que le consiguiera un buen convenio regulador.

Estuvo durmiendo en el sofá un par de años, en los que él jamás pidió perdón y trataba a Clara como si tuviera peste.

Algunos sábados por la tarde se iba diciendo que iba a su empresa, pero algún amigo le había dicho a Clara que el coche no estaba aparcado donde aparcaban cuando la llevaba a trabajar a la empresa que había heredado de su padre, y al final, tal como suele pasar en las comunidades pequeñas una amiga le dijo dónde solía ver el coche de Charly los sábados por las tardes, sin decir nada a su marido habló con la secretaria de la nave contigua a la del negocio suyo y no hubo más escapadas los sábados por las tardes, pues era en casa de aquella chica donde su marido pasaba las tardes de cada sábado.

Pero Charly estuvo de mal humor muchos meses, meses en los que ella rogaba que aquella mujer no le diera las piezas suficientes para que él viera la imagen y pudiera montar el puzle que ella había visto gracias a dos amigos cotillas pero desinteresados.

Charly en medio de esos meses de cabreo y altibajos de mal humor y depresión le dijo que si volvía a hablar de divorcio se iba a arrepentir, que la dejaría sin nada, sin familia, sin hijos, sin casa, pero sobre todo sin honor.

En la segunda paliza a Charly se le fue la mano y mientras la empujaba contra una pared retorciéndole el brazo se lo fracturó.

Aquella fractura fue el principio del fin para Charly y la oportunidad que Clara no veía que pudiera llegar.

Por fin pudo presentar la demanda de divorcio y librarse de aquel tipo que le resultaba una losa, que no quería trabajar y que la había tenido trabajando en su empresa, pero sin darla de alta, que la había explotado como persona, como mujer y como madre.

Durante meses había estado recopilando datos, información, grabando conversaciones entre ellos, porque aquel hijo de puta se desdecía de cada cosa que le decía a solas y así le iba a pillar en cada renuncio frente al juez, pero sobre todo frente a sus hijos.

Fue sentenciado a seis años de prisión.

Cumplió dos y unos meses porque la ley es permisiva y el juez no veía que un brazo fuera mucho, aunque hubiera pasado delante de los cuatro hijos que tenían en común y que defendían a su padre.

Charly era muchas cosas, vago, gordo, glotón, egoísta, estafador, perezoso, mentiroso, infiel, pero no era tonto en absoluto, porque había invertido los dos años que habían pasado desde que Clara dijera por primera vez que quería divorciarse en adoctrinar a sus hijos en contra de su madre, inculcarles preceptos machistas, poner a la madre como la mala cada vez que hubiera una oportunidad y sino la buscaba.

Gracias a los juicios rápidos el divorcio fue ágil pero lenta la recuperación de los niños que con el paso de los años fueron creciendo y sin ver cómo era en realidad su padre, nunca llegaron a dejar de creerle las mentiras.

Hasta que un día se tuvieron que enfrentar a la ejecución de la hipoteca y al hacer las maletas, preparando la mudanza metiendo cosas en cajas el hijo más pequeño, el que menos sabía de las cosas que habían pasado en aquel que no era un hogar ni lo había sido jamás, encontró un DVD que no tenía nada escrito ni en la funda ni en el propio DVD y antes de guardarlo probó a meterlo en el reproductor de DVD.

Ahí el niño descubrió lo que había estado sufriendo su madre y cómo era en realidad su padre, aprovechando que su madre estaba haciendo gestiones con la asistenta social que les estaba gestionando un nuevo hogar lejos de allí, Jacob llamó al resto de sus hermanos y volvió a poner el DVD desde el principio.

Los cuatro niños salieron de casa y cuando su mamá regresó la recibieron con una tarta hecha de gominolas y chucherías y una tarjeta firmada por los cuatro en la que decía:

Perdona por no creerte.

Te quiero

SUFJAN STEVENS – Should have known better

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