La primera vez que mató a un ser vivo lo hizo teniendo alrededor de diez años, mató al gato azul de los vecinos, no lo hizo por nada en concreto, o quizás no lo sabía, simplemente se preguntaba cómo se sentiría viendo morir a un ser.

Era un gato que aquella vecina que le caía tan mal había comprado para que montara a su gata, ya en sí aquella situación le parecía más cruel que la propia muerte.

Con trece había pedido que papá le regalase una perrita a la que cada vez que tenía el celo dejaba que los perros del barrio entero la cogieran para luego matar uno a uno a los cachorros, experimentando claro.

Se la regalaron porque tenía las mejores notas de su clase, y las del colegio así mismo, era un niño prodigio, prodigiosamente malvado también.

Era un crío pre púber que tenía la capacidad para manipular a los adultos que le rodeaban, no llegaba a mentir para manipularles, no le hacía falta. Y con niños de su edad no le era demasiado difícil manipularlos porque eran muy crédulos e ignorantes.

Se le daban bien los deportes, era popular, no era mal parecido, más bien al contrario, había aprendido a leer y escribir con tan solo dos años de la mano de su abuelo materno que había sido profesor de Filosofía en una universidad, y que pasaba las mañanas con él mientras sus padres trabajaban y las tardes las pasaba con la abuela que habiendo hecho la carrera de Bellas Artes y Solfeo y le educaba en pintura, dibujo, historia del arte, y todo lo relacionado con la expresión artística.

Como en todas las familias en la suya cocían habas, pero en aquella se apartaban y no se hablaba de ellas, había habido algún problema entre las familias de sus padres, pero jamás había escuchado una discusión, ellos eran mucho más civilizados, políticos y diplomáticos que todo eso, ¿para qué iban a gritar si podían ser cínicos y educados hasta la médula?

Eran una familia feliz que nunca daba nada que hablar a los demás, pero en realidad eran una familia como las demás, con habas como todas.

Toda esa tensión se reflejaba en él, aunque acorde a su rancio abolengo no en la superficie, por dentro.

A los veinte años los cachorros se le habían quedado cortos para lo que deseaba sentir, gatos y perros ya no le bastaban, tenía una sed de lo que le produjo la primera vez que mató al gato azul de la señora Sánchez que no lograba saciar con nada.

Adrenalina.

Aquella sensación le hizo sentir bien, le hizo sentir vivo.

Paradójicamente la muerte le hacía sentir la vida.

En aquella ocasión sintió que el corazón le palpitaba tan fuerte que lo oyó en los oídos, incluso años después lo seguía oyendo resonando en el recuerdo, lo que oía era su adrenalina bombeando a pleno rendimiento cuando contempló la vida escapando del gatito en sus ojos.

Él sólo quería volver a sentir aquella sensación.

Aquel subidón.

Viniendo de una familia rica, como provenía, no le resultaba nada difícil con sus conocimientos mimetizarse con los estudiantes de la universidad en la que entró a estudiar arquitectura, una universidad elitista que era de pago en la que podía aprender a desarrollar su futura actividad laboral, pero sobretodo a desenvolverse entre sus futuros compañeros y competidores.

De vez en cuando le gustaba acercarse a la universidad pública para colarse en alguna clase, como si fuera uno más, parecía que se fundiera perfectamente con el nivel impartido en las clases, curiosamente se fundía en todos los niveles, pero sin embargo lo que hacía era tomar nota de quién era su mas directo competidor en el sector público y se acercaba a él o ella de forma sigilosa.

Tenía pensado abordar a su presa en algún momento, pero no en público, esperaba a poder hablar con él o con ella en un servicio, en un aparcamiento, en una parada de bus o por la zona universitaria caminando y entablaba una conversación que pareciese casual.

Le iba a dar un nombre falso a la persona elegida como presa y le facilitaría un número de teléfono móvil que nadie más tendría. Mario no era ningún idiota, tenía mucha cultura y mucho mundo así que lo tenía todo perfectamente calculado, todo.

En la era digital Mario tenía guardados algunos de los móviles que habían ido descartando sus familiares más cercanos y que no tenían GPS ni ningún tipo de mensajería instantánea, y la tarjeta que tenía el número que les facilitaba era la que metía en alguno de aquellos viejos teléfonos.

Su primera elección en la Universidad Complutense de Madrid fue Javier, era un chico delgado, nada musculado, casi ridículamente piltrafilla, Mario se puso a hacer sus pesquisas sobre Javier y lo que averiguó no le gustó porque por algún extraño designio del destino al empezar a indagar sobre aquel chico descubrió que era el hijo de soltera de una chica de Valladolid que había estado sirviendo en una casa en la que el señor era un mando de las Fuerzas de Seguridad del Estado, y ella y su hijo tenían más o menos la misma edad, en algún momento la despidieron pero no había vuelto a trabajar, sin embargo, tenía un piso a su nombre y cobraba regularmente un dinero en su cartilla del banco.

En conclusión, Mario decidió que Javier no era el candidato idóneo para la idea que tenía pensada, aunque también tenía que buscar un lugar dónde llevarla a cabo, y esa era una ardua tarea porque vivir en Madrid era como vivir en gran hermano.

Seguía yendo a sus clases y de vez en cuando se escapaba a la otra universidad para echar un vistazo, allí descubrió a Fabiola, que era una estudiante brillante, de origen latino, pero no era morena sino rubia con los ojos de un color verde aguamarina que tenía intimidados a todos aquellos que estudiaban con ella, y que ella usaba para estudiar y no para ser popular, o para ligar con gente en las clases, aquella forma suya de aislarse utilizando su belleza le recordaba a cómo él mismo usaba su propia inteligencia como aislamiento del mundo y así poder hacer cosas que nadie podría entender.

Siendo Fabiola una chica abordarla en un baño público iba a ser más difícil, las paradas de autobús a la hora de entrada y salida de las clases estaban muy concurridas, así que se lo tomó con calma, como un reto mas bien, y la siguió un par de días después de clase, así averiguó que vivía en un barrio popular del centro de Madrid, que corría por un parque antes de cenar, que estudiaba de cinco a nueve de la tarde en la biblioteca pública, que hacía yoga antes de salir de casa en su habitación antes de desayunar cada mañana y fue entonces cuando pudo relajarse y pudo seguir acudiendo a sus clases en su propia universidad, por nada del mundo iba a soltar su presa ahora que en su mente había puesto una diana en ella, pero su presa tampoco iba a volar a ningún lado viviendo como vivía.

Llegó el mes de diciembre y sus padres le dijeron que irían a casa de un familiar al que no tenía especial cariño a pasar las navidades, eran unas fechas que no le gustaban demasiado, recordaba que cuando iban allí de pequeño por verano, por Semana Santa, o por cualquier puente aquel hombre había intentado tocarle su “cosita” como le llamaba su abuela, quien ya le había prevenido de que aquello no debía tocárselo nadie, y menos mal que la abuela le había asesorado bien, papá y mamá jamás supieron lo que había pasado en aquel salón de aquel hombre, el tío abuelo, pero aquella iba a ser la ocasión que decían que pintaban parda se dijo mientras sonreía pensando en las navidades.

Mamá y papá jamás habían tenido la conversación” con él, Mario se imaginaba que ellos habían llegado a la conclusión de que su hijo superdotado ya lo habría leído, y lo sabría todo, pero fue su abuela quien le dijo lo de aquella “cosita” y él al ver que suscitaba la curiosidad de otro hombre le preguntó abiertamente, como suelen hacer los niños, a su abuelo, y “la conversación” entonces la tuvo con su abuelo, que le explicó de dónde venían los cachorros, fue entonces cuando entendió para qué quería la señora Sánchez al gato azul que había comprado para su gata persa azul y pensó que era un abuso, como casi llegó a ser el suyo y pensó que iba a estar mejor muerto, lo que no contaba era con aquella sensación tan placentera.

Además, aquellas semanas le darían el tiempo que necesitaba para hacer sus pesquisas sobre Fabiola, la finca de Paco estaba muy bien situada en el norte de Madrid, era una zona entre urbanizaciones de gente muy rica y polígonos industriales que si tenían algún vigilante pasaría durmiendo buena parte de las noches invernales a buen seguro.

Mario por encima de todo era un tipo muy especial a sus veinte años dado su altísimo coeficiente intelectual, para él la organización era una máxima a seguir al milímetro.

Se levantaba a las seis cada mañana.

Desayunaba según un planning que él mismo había diseñado después de haber leído a los once años sobre el tema de la dietética, y cómo lo que comemos afecta a nuestra salud, ni mamá, ni papá, ni siquiera la abuela le habían conseguido sacar de su empeño de cómo comer, y al cabo del tiempo tuvieron que darle la razón cuando vieron que crecía por encima del percentil y que su masa muscular era superior a la de los muchachos de su edad.

Desde que hizo aquellos cambios en su nutrición no había cogido un solo resfriado, y sus problemas de alergias habían desaparecido.

Mario era un chico al que le gustaba mucho, muchísimo cuidar su forma física y después de despertar se vestía, hacía unos estiramientos y salía a correr, tras eso en su habitación hacía unos ejercicios de fitness, usaba su propio cuerpo para ejercitarse por lo que nunca había pedido que sus padres le apuntasen al gym o le montasen uno en casa, y eso que eran una familia de posibles.

Pero Mario prefería tener un gym portátil, como lo eran sus zapatillas y su propio cuerpo, para cuando tuviera que viajar por todo el mundo, que ésa era su idea en cuanto terminase la carrera y presentase un máximo de cinco proyectos en un buen estudio. No pensaba trabajar por cuenta ajena muchos años, pensaba montar su propio estudio entre cinco y siete años después de terminar su carrera.

Las semanas que iba a pasar en casa de Paco le iban a venir de perlas, se frotaba las manos en su mente pensando en todo lo que iba a hacer en las tres semanitas que iba a tener libres por delante.

Llegó el día 20, aquel año las navidades llegaban con un poco de adelanto gracias a los días de la semana, todo era perfecto, él como siempre había sido previsor y tenía la maleta preparada, una muda de ropa para cada día, ropa de deporte para cada día, y dos trajes para los días de fiesta y sus correspondientes camisas, corbatas y zapatos para ir perfectamente a juego en todo.

También llevaba los apuntes de clase en su iPad, el Mac, y un disco duro que había comprado gracias a un crowdfunding y que tenía un sistema de llave que siempre llevaba encima pero no parecía una llave, sino un colgante que siempre llevaba puesto y además tenía un sistema de encriptado multinivel que si no lo hacía casi imposible de abrir, cuando alguien intensase abrirlo aunque tuviese unos conocimientos muy avanzados lo que le pasaba a su sistema era que se volvía un sistema muy ralentizado mientras Mario intentaba hackear el sistema que le había robado su disco para localizarle, era simple, mientras alguien intentase ver qué había dentro conectándolo a cualquier ordenador, Mario localizaba al ladrón y tenía hasta el último dato de su ordenador y todo lo que hubiera pasado por él.

Con la maleta hecha se acercó a la entrada y allí estaban las de los tres.

Papá no era muy amigo de conducir en momentos de mucho tráfico, pero en Madrid siempre hay mucho tráfico, así que le pidió a Mario que condujera el Jaguar hasta casa del tío Paco.

Llegaron y fueron recibidos por el personal del servicio, Mary, una mujer hosca que no era capaz de mirarle a la cara desde lo que pasó entonces, nunca supo cómo lo había sabido, siempre le llamaron la atención aquellas manos retorcidas con uñas aguileñas y su nariz a juego, caminaba ladeándose sobre sus piernas arqueadas en las que se aposentaban unas caderas exageradamente anchas y la hacían parecer una caricatura de troll femenino, un troll feo; German su marido, que cojeaba y tenía un ojo de cada color, uno marrón claro y el otro negro como un abismo, German y Mary eran la extraña pareja, tal para cual; por lo visto el tío Paco se había acercado a un supermercado para hacer compras de último momento, informaron.

Mary les indicó qué habitación era para cada uno y les fue diciendo que en los próximos días vendrían más miembros de la familia. En realidad, no sabía por qué aquella mujer tan desagradable se había molestado en explicarles un año más qué cuarto les correspondía a cada uno si cada año era lo mismo desde que Mario tenía uso de razón.

A Mario no le apetecía nada pasar por el proceso de tener que pretender que el tío Paco le caía bien, que no había pasado nada entre ellos, y darle dos besos dejando que le diera un abrazo, manoseándole más bien, comprobando si estaba más musculado o si estaba más alto, tomándole las medidas en realidad, no era un plato de buen gusto, así que esa mañana había hecho un tremendo esfuerzo por desobedecer sus propias ideas y no había hecho su rutina de salir a correr.

Tan pronto como tuvo la maleta deshecha y todo colocado en los estantes del armario, escrupulosamente ordenado, Mario se vistió para salir a correr, iba por el pasillo haciendo estiramientos cuando vio el coche de su tío por el camino rural que usaba para entrar desde San Sebastián de los Reyes y gritó:

  • ¡Salgo a correr que esta mañana con las prisas no salí!

Salió por la puerta principal, intentando no dar un portazo porque salir de lo común era la muerte, permanecer dentro de lo común era la supervivencia. Su madre se extrañó porque su hijo no solía cambiar sus hábitos desde hacía años.

Se sintió a salvo a medida estuvo lejos de la zona en la que podía ser visto, la arizónica que tenía Paco para dar intimidad en el perímetro de su finca también servía para no ser visto él mientras empezaba a correr por el camino por el que minutos antes había llegado su tío.

Realmente no sabía qué rumbo tomar para aquella carrera, era un animal de costumbres, y se encontraba como pez fuera del agua en aquel momento, entonces se acordó que cuando iban a casa de Paco (nunca le llamaba en su fuero interior “el tío Paco”) de pequeño, había una familia al final del camino, Estrella y su marido, ella era extranjera y él siempre le pareció un viejo verde, debían llevarse entre ellos unos cuarenta años, tenían dos hijos, una niña repugnante y mimada y un niño que debía tener su edad.

Hacia allí se encaminó trotando, sin mucha prisa, con música en sus auriculares inalámbricos y el móvil ceñido al brazo. Había dejado uno de los móviles viejos en un doble fondo que tenía la maleta, tenía la seguridad de que Paco iba a revisar su equipaje y toda su habitación en cuanto lograse ubicar a sus padres con alguna excusa.

Recordaba el lugar vagamente, habían pasado 10 largos años en los que había intentado por todos los medios no ir al lugar en el que había tenido aquella experiencia, que por otro lado podría haber sido más desagradable pero no llegó a ser.

Para su sorpresa la familia que tenía en la memoria había desaparecido de aquella casa, todo parecía desierto, abandonado, comido por el tiempo, como en las series apocalípticas que tanto le gustaba ver.

Las malas hierbas habían crecido por doquier, los muebles rotos estaban acumulados y cogiendo polvo en una esquina del jardín que en su memoria era un vergel, allí se recordaba corriendo con su amigo Walter, persiguiéndose para ver quién era más rápido en tirarse a la piscina.

Se detuvo un momento, cogió aire, miró alrededor y vio los coches parados en el semáforo arriba en una vía que casi podría llamarse circunvalación, estaban a la entrada de una rotonda, también había un autobús, y se dijo que no podría saltar la valla a la vista de tanta gente, así que bajo las manos a las rodillas y después una de ellas a la parte más baja de uno de sus gemelos, cualquiera de aquellos potenciales testigos pensaría que le había dado un tirón, ¡pobre muchacho!

Se incorporó y cojeando bajó por un camino que rodeaba la finca, si no recordaba mal aquella zona era donde tenían la granja, ocas, patos, gallinas, pollos, incluso ciervos, y otros tantos bichos, caminando que ya no corriendo vio que en un punto de la verja había entre la arizónica un punto en el que algún animal o alimaña había cavado por debajo del tejido de la tela metálica y quizás algún humano cazando había cortado con una cizalla un poco para entrar, pero muy poco, casi imperceptiblemente, pero lo suficiente para que un chico delgado pero fibroso pudiera entrar por allí.

Caminó por la finca con toda la precaución, como si fuera un fantasma o un agente de alguna agencia gubernamental que quiere registrar una propiedad privada sin tener una orden reglada, al final determinó que lo único que había allí era mucha mierda porque por allí no había pasado nadie en años.

Casi todas las ventanas tenían uno de sus cristales rotos, él tenía un don especial para abrir las puertas y ventanas, incluso cuando estaban cerradas con llave, no le fue difícil entrar en aquella casa que tenía una extraña forma de estrella de tres puntas con sus tres alas y tres plantas.

Campó a sus anchas durante casi dos horas, entrando en las distintas habitaciones y estancias que ahora estaban cubiertas por el polvo, deslucidas, todo estaba sucio, abandonado, donde recordaba lujo quedaba olvido.

Dado lo organizado que era había comenzado por la planta más alta, allí no había nada que le interesase, en la planta del medio encontró las habitaciones y la cama de su amigo, una cama hecha a medida especialmente para él.

Mario nunca había sido un niño envidioso, sus padres le dedicaban muchas atenciones y siendo un superdotado siempre era la estrella allá donde fuera, sin embargo, aquella cama había despertado en él un instinto humano de envidia, era una cama que estaba enclaustrada en un coche y cuando le invitaban a dormir en casa de Walter no le dejaba ni sentarse en ella.

Allí estaba la maldita cama, desvencijada, donde quiera que se hubiera ido su amigo de la infancia no se había llevado aquel que era un trofeo para Mario y que quizás era otra cosa para Walter.

Siguió caminando por la casa y vio la camita de princesa de la hermanita mimada de su amigo, la habitación de los padres,  cada habitación tenía su vestidor y su baño, además había una biblioteca, después bajó a la planta del nivel de la calle, allí había una cocina que debía tener más de 25 metros cuadrados con una tremenda mesa rectangular en medio y varios salones, un salón de estar en el que había un sofá mugriento y entre la puerta y el sofá se veían condones y envoltorios, lo que le dejó claro que algún adolescente se colaba en aquel lugar para follar, pensó que al menos usaban protección.

Aunque sentarse en aquel sitio ya era en sí mismo un reto a la muerte por mucho condón que usasen.

También había botellas de cerveza por todas partes y todo tipo de envases que se habían utilizado a modo de cenicero, Mario detestaba el tabaco y la gente que fumaba, pero allí no sólo olía a tabaco, también olía a marihuana y eso le daba mucho asco.

No había tocado nada en la casa, no iba a ser tan idiota de dejar sus huellas, encontró una escalera lateral que parecía dar salida a la zona de la granja y decidió bajar para ver qué había por allí.

Su sorpresa fue más que satisfactoria cuando vio que había sido una zona de aprovisionamiento en la época de mayor esplendor de la casa, pues sabía que el dueño de la casa antes de casarse con Estrella había estado casado con otra mujer y habían tenido nada más y nada menos que ocho hijos, se imaginó que aquel espacio bajo la casa debió ser una especie de despensa en la cual los guardeses colocaban una cantidad ingente de comida para abastecer a una familia de diez.

Al fondo de la despensa había un armario que estaba descolgado de una esquina, como si estuviera mal colocado, era como si hubiera una ventana detrás de él y allá que fue a mirar.

La satisfacción de la sorpresa provino de que el armario tapaba un estrecho pasadizo que daba paso a un zulo, allí había un asiento, una cama y un retrete, todos tallados en piedra, también había un pequeño saliente que haría las veces de mesa, pero estaba a una altura del suelo que obligaría a quien estuviera allí a sentarse en el suelo.

El lugar, pese a estar debajo de la casa no era demasiado húmedo, pero en su momento debía haber sido muy efectivo para mantener los alimentos conservados, alimentos como leche ya empaquetada, latas, paquetes de galletas, bricks de tomate frito, azúcar, sacos de patatas, y estaba todo debidamente aislado de ratas y ratones o cualquier otra alimaña. Incluso tenía instalación eléctrica y se veía en el suelo la huella de lo que debían haber sido cámaras frigoríficas que debían haber tenido allí abajo con cantidades ingentes de todo tipo de carne, pollo, ternera, cerdo, en todas sus formas posibles, picada, en filetes… lo justo para abastecer a una familia tan grande y sus invitados.

Al ver aquel zulo lo inspeccionó con más calma, una idea empezaba a gestarse en su mente, había tres puertas de hierro entre el zulo y la salida a la puerta de la despensa, y eso no representaba la libertad de una posible persona que pudiera haber ahí, con sólo pensar en ello volvió a sentir aquella sensación del sonido de sus palpitaciones en sus sienes.

Salió de la finca como si fuera de verdad un fantasma tomando, ahora sí, mil precauciones, mirando sin que se notasen sus miradas a todos lados, tomando nota mentalmente de todo lo que iba a necesitar para llevar a cabo su plan, un plan para sentirse vivo otra vez.

Siguió corriendo, necesitaba correr para sacar de sí toda aquella efusividad que tenía y que seguramente mamá y quizás papá iban a notarle, así que se fue corriendo por los caminos que rodeaban a la que otrora fuera la casa de su amigo de la infancia, no salió por el mismo hueco por el que había entrado, encontró uno similar en la cara norte de la finca que daba a los caminos llevaban a dar a una rotonda y esta a unos caminos que estaban entre varias carreteras, allí algunos vecinos usaban esa especie de mediana gigantesca entre las carreteras de los polígonos para correr, y él se fundió entre ellos y luego se metió entre las calles de aquel penoso  polígono para intentar calmarse, pero fue a dar a un campo de golf y a un campo de paddle, lo cual le pareció perfecto.

Volvió a casa siendo socio de ambos sitios.

Pasó las navidades en casa de Paco, haciendo lo que mejor se le daba, ser un gran actor. Le reía las gracias y los chistes de mal gusto a su tío y él no notaba cuánto era el despreció que Mario sentía hacia él, comía a las horas que se estipulaba en la casa, y se comportaba de forma especialmente educada con todos.

A medida se iban acercando las fechas más señaladas de las navidades iban llegando los demás miembros de la familia que estaban invitados a la cena del tío Paco y a la comida del día 25.

Mientras Mario se levantaba a las seis como siempre y salía a correr, pero se entretenía un poco más de lo normal porque estaba atareado con arreglos en la finca, volvía y usaba la cama o la silla para sus ejercicios de fitness y se duchaba para ir a la biblioteca del centro.

Aquella rutina le vino de perlas para que mamá le regalase un coche, una mañana antes de que se fuera hacia el centro le dijo que le acompañase a un sitio, era un crack y no se notaban sus sentimientos, pese a que le había molestado alterar sus planes iba a acompañar a su madre donde quiera que ella necesitase, sin saber que ella tenía intención de llevarle al concesionario de Nissan que tenían a unos pocos kilómetros de casa de su tío.

Eligió una Pick-up porque era perfecta para sus planes, para su carrera, para entrar en terrenos de difícil acceso y así se lo vendió a su madre, el Nissan Navara era perfecto, era un vehículo duro pero versátil y con una capacidad que le daba para todo lo que necesitaba, el precio del concesionario rondaba los 30.000€ con matriculación y seguro, pero él quería hacerle unas mejoras para aquellos usos que tenía en mente.

Mamá tenía ciertas reticencias cuando vio el precio, había pensado en un utilitario para que pudiera ir desde la casa en Puerta de Hierro a la universidad, para que fuera con alguna chica al cine, aunque no se le conocía novia alguna, en casa le tenían por un chico muy responsable ya que no bebía, pero de un utilitario de 8 o 12.000 euros a los 30.000 que había pedido se había quedado de piedra, así que había salido al paso con su mejor argumento que alegaba que podía tirar de su fideicomiso, que a fin de cuentas para eso se estableció. Además, sus notas eran desde los 12 años las mejores de su clase, ¿qué decía? Las mejores de cada centro de estudios en el que había estudiado desde aquella edad, con aquel argumento mamá únicamente pudo emplazar a papá para firmar en el concesionario aquella misma tarde. Ya se encargó él de elegir uno de los que tenían disponibles allí mismo para no tener que esperar.

Unos días más tarde, coincidiendo con noche buena el 4×4 estaba aparcado en la puerta de la finca de Paco, todos creían que Mario no lo había visto cuando abrió la pequeña caja que contenía las llaves de su nuevo vehículo, pero él lo había visto cuando su padre lo había aparcado la noche anterior y entre él y mamá habían descorchado una botella de un champán carísimo para brindar por su benjamín que ya se estaba haciendo mayor. En realidad “el benjamín” del que hablaban era un depredador y adicto a la adrenalina a punto de dar su siguiente paso en la escalera a la fama de los asesinos en serie.

Preparó aquel zulo con esmero durante unas horas cada día y durante otras hacía lo posible por coincidir con Fabiola en la misma sala de la biblioteca en el centro de Madrid, pero sobre todo hacía lo mejor por coincidir con ella a la hora del cierre de la biblioteca e intentar entablar conversación con ella.

Al tercer o cuarto día lo logró, al ir a salir de la jornada de estudios de la tarde en la biblioteca a Fabiola se le cayeron unos apuntes y justo Mario estaba detrás de ella, se los recogió y entregó, de ahí salió una conversación que él en su cabeza ya había diseñado, al salir del edificio le dijo que porqué no tomaban un chocolate caliente con churros, que tenía los pies ateridos de frío de estar estudiando y quieto en la sala de la biblioteca.

Para sorpresa de Mario, Fabiola resultó ser una chica tímida pero agradable, pese a ser tan bella no era engreída, aunque su timidez podía dar otra impresión. Sin embargo, aquella candidez no iba a hacer que Mario cambiase de opinión sobre su objetivo, y ella era su objetivo.

Mientras tomaban el chocolate invitó a Fabiola a estudiar en su casa al día siguiente, la de Madrid, no en la que estaba pasando las navidades (esa no la mencionó obviamente), allí tenía una habitación que papá le había preparado especialmente para él, para que pudiera desarrollar su planos con suficiente espacio, tenía tres mesas colocadas en forma de U, en uno de cuyos extremos tenía un iMac de 27 pulgadas, con todos los programas que había en ese momento para el desarrollo de las distintas tareas que mamá y papá habían pensado que tendría que desarrollar un arquitecto, se habían informado sobre el tema bien. O mas bien la palabra era con ilusión.

Fabiola al principio dudó, pero después del chocolate y los churros aceptó de buena gana.

Mario sabía bien dónde estaba su casa, la modesta casa de aquella chica que llevaba espiando desde hacía dos meses, pero aún, así como buen actor, cuando se ofreció a acompañarla a casa se dejó llevar por las estrechas calles del centro de Madrid.

Quedaron en que en lugar de ir a la biblioteca al día siguiente irían al estudio que tenía Mario en casa, la recogería en aquel mismo portal en el que se despidieron esa noche, Mario se comportó como un auténtico caballero y besó la mano de su doncella haciendo a la par un fugaz intento de reverencia que causó las carcajadas más bonitas que él había oído en su vida, cantarinas y alegres.

Al día siguiente daban las tres cuando Mario puntual estaba aparcando su flamante Pick-up sobre la acera y poniendo los intermitentes y ella también súper puntual abría la puerta del portal, era como si fueran dos piezas del mismo puzzle.

Fabiola no esperaba que él llegara en aquel tipo de coche, un coche quizás sí, pero no semejante cochazo, se aupó para subir al primer escalón y se sentó, tuvo que agarrarse a un asidero tras dejar que él le abriera la puerta para lograr acomodarse en el asiento, aquel coche era muy amplio, inmenso, alto, era… era el sueño de todo arquitecto, ¡qué carajo!

Pero si pensaba que estaba deslumbrada cuando había visto aquel coche al ver la casa ya no supo qué pensar sobre aquel chico, no era un chaval petulante ni pretencioso, no parecía querer echarse encima de ella, así que no sabía qué pensar de él.

Mario por su parte tenía una sola idea en su cabeza y por descontado había sido precavido, había pasado antes por su casa para desconectar las alarmas, no quería alertar a papá que lo controlaba todo desde su móvil, y las cámaras de seguridad las había desconectado también llamando a la empresa de seguridad diciéndoles que iba a realizar una actualización de su sistema operativo, no podía dejar que hubiera una imagen de aquella chica en las cámaras de su casa, todo debía ser absolutamente impoluto en relación a su situación con ella.

Entraron en casa por el garaje y subieron directamente al estudio, y sacaron sus respectivos apuntes, que lógicamente diferían porque él estudiaba en la privada y ella en la pública, si Fabiola lo apreció no lo dejó traslucir en su mirada o en sus gestos, lo que sí se notó fueron ciertas estrellas brillando al ver la cantidad de dispositivos informáticos que había en la sala y lo bien preparados que estaban todos.

Expusieron varios trabajos, teorías, si había algún tema en el que uno tenía algún problema el otro se lo explicaba.

Mario pasado un rato alegó que tenía hambre y que iba a preparar un tentempié, ella decidió acompañarle, muy a su pesar, pero ya había contado con aquella posibilidad.

Bajaron hasta la cocina charlando animadamente sobre cosas triviales, música y fiestas de la universidad principalmente, cuando Fabiola vio la cocina no pudo evitar que un suspiro se le escapase y eso hizo reír a Mario, ella era mucho más espontánea de lo que parecía en clase. La cocina medía unos 45m2, tenía una gran isla central en la que presidía una cocina con seis fogones sobre la que había una campana extractora de humos, que tenía teteras de todo tipo en el alero que la bordeaba, bajo la isla había cajones de los que se podían sacar todo tipo de utensilios para cocinar. En dos de las paredes había muebles tanto arriba como abajo, y en una de ellas la zona entre esos muebles daba paso a un comedor como si fuera la barra de un restaurante, pero lo que realmente dejó embelesada a Fabiola fue que aquel espacio quedaba reducido para proteger la visión de ambos espacios por dos acuarios que flanqueaban las esquinas.

La isla tenía un alerón bajo el que se encontraban cuatro taburetes, sacó uno a modo de invitación y ella obediente se sentó.

Otro de los muros de la cocina era acristalado y daba paso a un jardín que estaba primero presidido por una gran terraza llena de tumbonas y mesitas auxiliares, velas de tamaños inmensos metidas en farolillos que eran del tamaño de cualquiera de los niños que ella solía ver en la biblioteca.

Mario preparó un té y unas galletas de masa de garbanzos hechas por él mismo, con pepitas de chocolate blanco que fueron muy del agrado de Fabiola, comieron en la cocina ya que según le explicó no le gustaba la posibilidad de manchar ninguno de sus proyectos y mucho menos los dispositivos. Eso le gustó mucho a Fabiola que había visto como otros chicos con los que le había tocado hacer trabajos en grupo eran unos dejados con sus cosas, ropa, ordenadores, sus habitaciones o lo que fuera. Mario parecía tener mucho de todo y no por eso ser descuidado.

Mario había puesto en el té de Fabiola una mezcla de plantas cuyas propiedades había estado estudiando en su propio tío aquellas vacaciones y sabía que eran potentes somníferos y paralizantes que no tardarían en hacer efecto sobre ella y no quería cargar con su peso muerto desde la planta superior hasta el garaje, era mucho menos trabajo desde la planta baja.

Le dijo que si le parecía bien le enseñaba el resto de la casa, ella aceptó emocionada, empezaron por las habitaciones porque había calculado que por su IMC* que para cuando llegasen al salón ella ya se habría desmayado, y así fue.

La llevó al garaje, una vez la metió en el maletero ató sus muñecas con vendas primero y luego sobre ellas puso bridas en forma de ocho y en sus tobillos repitió la misma acción, subió al estudio y recogió sus cosas, volvió a echar un último vistazo y se deleitó en aquella vertiginosa sensación que le amartillaba las sienes y los oídos. ¡Cuánto había extrañado aquella sensación!

Se vistió como si fuera a correr, pero se puso un forro polar y de camino a la finca de Walter, Mario llamó a la central de alarmas y solicitó que volvieran a conectar el sistema de seguridad porque ya había terminado de actualizar su sistema operativo.

Condujo hasta la rotonda que quedaba cerca de la antigua casa de Walter, aquella por la que había salido el primer día y esperó unos minutos hasta que anocheciera completamente, todo le había salido redondo, con el tráfico de la hora punta no había tenido que estar dando vueltas por allí jugándose el tipo para que a nadie se le antojase sospechoso, metió el coche en lo más frondoso del bosque que había por la zona trasera de la finca.

Sacó a Fabiola del maletero y la cargó sobre su hombro como si fuera un saco de patatas, la oyó gemir y eso le hizo estremecer de placer, Mario a fin de cuentas jamás había estado con una chica, a todas les parecía un poco raro y Fabiola había sido la primera a la que se había decidido a acercarse.

Entró en la finca, en la despensa, y la metió en el zulo, la acostó con sumo cuidado sobre un colchón que había puesto sobre la cama cincelada en la piedra,  se aseguró de que bajo su cabeza Fabiola tenía la almohada bien puesta y la tapó con un edredón, no quería que se quedara fría. Prendió una docena de velones que había comprado y que se podían colocar en ventanucos ciegos habilitados a tal efecto en las paredes del zulo, estaban estratégicamente distribuidos por toda la estancia para que no hubiera lugar alguno sin luz, para que no quedara lugar en el que esconderse.

Se acercó al coche para coger el bolso y las demás cosas que ella había llevado a su casa y su móvil vibró dándole un susto que casi le hizo gritar, aquel grito que no llegó a nacer de su garganta fue lo más increíble que había sentido en años.

Intentó desbloquear el maldito aparato, pero no pudo porque tenía que hacerlo la dueña con la huella digital.

Volvió a entrar hasta el zulo y se sentó junto a ella, probó con su dedo índice derecho sin éxito y luego el izquierdo que hizo que el teléfono se desbloqueara, el mensaje era de su padre. Parecía que había discusiones habituales entre Fabiola y aquel hombre, ella le reprochaba que no era una buena persona, que bebía demasiado desde la muerte de su madre y que desaparecía muchos días de casa perdiéndose en casas de “amigas”.

Mario se perdió en las conversaciones de aquella chica, que era una desconocida en realidad para él, con aquel monstruo.  Respondió al mensaje que el padre de Fabiola había enviado diciéndole que había decidido que iba a pasar unos días fuera con la familia de alguien de clase, que ya no eran una familia gracias a él y que su actitud era algo más que reprobable y que hiciera el favor de no molestarla y pensar en la situación.

En algún momento miró a Fabiola y sus gigantescos ojos verdes estaban abiertos, fijos en él, contemplándole y a la vez contemplándose a sí misma en el reflejo que veía en las pupilas de Mario de ella, veía a una pobre chica desvalida tirada en algún lugar que olía a moho y humedad. Atada de pies y manos, pero sin amordazar le miraba interrogante, intentando sacar alguna conclusión sobre cuáles eran sus intenciones, pero la cara de Mario era impertérrita, como casi siempre.

Aunque por dentro sentía un torbellino de sensaciones, mil pensamientos recorrían a la vez su cerebro.

¿Cómo era posible que Fabiola le hubiera pillado leyendo su móvil y no le hubiera dicho ni una palabra? ¿Porqué no le había parado al verle escribir respondiendo a quien le hubiera mandado un mensaje?

Le indignaba aquella actitud suya. No la entendía. Sentía el enfado crecer como jamás lo había sentido debajo de su esternón. ¿Qué iba a hacer con aquella sensación?

Acercó su boca a la oreja de Fabiola

  • Tengo que ir a cenar y volveré a verte en un rato.
  • Vale – respondió ella en un tono bajito que sonó a aceptación.
  • Puedes ser una buena niña – le dijo mientras sonreía con los labios y con mirada congelada – o portarte mal, pero que será igual si lo haces bien o mal porque estamos a kilómetros de la civilización.- Pronunció la última frase de colofón en un tono muy ronco y acercándose aún más – A mí me da igual si te portas bien o mal, el resultado probablemente sea el mismo al final, el caso es cuánto tiempo tardemos en llegar al final es lo que depende de ti, de si eres buena o si eres mala.

Fabiola no sabía qué hora era, desconocía cuánto tiempo había pasado desde que se desmayó hasta que se había despertado, lo cual le podría dar una referencia de dónde podría estar y si era verdad que estaba a kilómetros de la civilización.

El zulo no tenía una sola ventana que le dejara ver si era de día o de noche, y por donde él había salido no entraba un ápice de claridad.

Podía intentar soltarse de lo que le ataba quemándose con las velas, pero no creía que pudiera hacer nada más porque aquello parecía una puta cueva con una maldita puerta de metal, además le había oído cerrar al menos dos puertas más. ¿Para qué molestarse? ¿Para qué sufrir?

Mario entró por casa de Paco y se encontró con una de sus tías favoritas, Charo, ella tenía una galería de pintura en Barcelona, en la Diagonal, había estudiado Bellas Artes como la abuela y él la admiraba mucho.

Cenaron juntos y durante la cena se enteró de que al día siguiente llegarían todos los que aún no habían llegado para la comida del 24, una de las condiciones que Paco ponía a los que invitaba a pasar las navidades a todo trapo en su casa era que fueran a la misa del gallo después de cenar, la cena era todo un ágape, y después de la misa solía haber un servicio de DJ que amenizaba la noche hasta el amanecer, haciendo las delicias de quien estaba invitado en la casa, como el que estaba invitado sólo a la fiesta de después.

Allí todo empezaba con una comida ligera el día 24 y luego la cena empezaría a las ocho de la tarde, como todos los años, y sólo tendría que pensar qué hacer con Fabiola durante el tiempo que durase la cena, porque podría escaparse de la misa y volver a la casa para el baile durante un rato, al menos al principio que sería más evidente si faltaba, y al final para despedir a los invitados que no se quedasen a dormir.

La mente de Mario era lo más parecido a un ordenador que nadie pudiera imaginar, y corría como el viento, como la luz para imaginarse las posibilidades que le dejaban las actividades familiares a las que tenía que acudir.

Terminó de cenar y se excusó diciendo que había quedado para estudiar con un compañero y que probablemente llegaría algo tarde, la sonrisa que tenía su padre denotaba su aprobación.

Pese a la gélida temperatura Mario sentía un calor que le recorría el cuerpo.

Salió de casa de Paco para encaminarse a la que había sido de Walter, iba en su coche, lo aparcó en una calle cercana al centro de paddle, desde allí iría a pie hasta la vieja casa, se colaría por el hueco por el que se coló la primera vez y se metió hasta el zulo a ver cómo estaba Fabiola, en la mochila que llevaba se suponía que debía llevar apuntes pero llevaba algo de cena para ella.

La encontró despierta, tumbada de lado, tranquila, arropada, parecía estar esperándole. Al llegar encendió un sistema de calefacción que había instalado allí dentro y la ayudó a incorporarse y sentarse para que pudiera cenar, mientras le daba la comida como si fuera una niña pequeña, le iba preguntando sobre su vida y ella iba respondiendo obediente. Así fue como supo que su padre tenía la mala costumbre de tratar mal a su madre hasta que ella no pudo más y se mató, que jamás habían hablado del tema porque él había dicho a todo el mundo que tenía una enfermedad psiquiátrica y que Fabiola tenía un único objetivo en su vida, estudiar para independizarse de aquel hombre y no volver a verlo jamás, aunque vivieran en la misma ciudad.

Cuánto más iba sabiendo de aquella chica más le parecía que efectivamente eran dos piezas del mismo puzzle, que encajaban perfectamente el uno con el otro, que deseaban las mismas cosas, aunque fuera por distintos motivos, y él no iba a dejar de ver a sus padres ni a su familia que no le habían hecho nada malo en su vida, más bien al contrario.

Cuando Fabiola hubo terminado la cena la ayudó a incorporarse para ponerse de pie y a saltitos la llevó al retrete de piedra, allí le bajó el pantalón vaquero y descubrió que debajo había un tanga de encaje de color violeta, lo bajó y la agarró con suavidad por las axilas en un abrazo para empujarla y así la obligó a sentarse a hacer pis.

  • No estoy acostumbrada a hacer mis necesidades delante de nadie.
  • No me importa porque no pienso moverme ni moverte hasta que termines, tú verás.

El ruido del chorro salió de inmediato, cuando cesó él cogió un rollo de papel higiénico y empezaba a desenrollar un poco cuando ella le interrumpió:

  • ¿No irás a limpiarme también?
  • La verdad es que no, jamás he visto qué tenéis las mujeres ahí que no fuera en una pantalla.
  • Ya somos dos.

A la par que se respondían se sorprendían mutuamente con sus respuestas.

Eran chicos mayores de edad que no habían probado el sexo y sin embargo tenían cada uno un doctorado en otros ámbitos de la vida.

Pero Mario tenía la firme determinación de llegar al final con Fabiola, aunque le cayese muy bien, aunque en algunos aspectos se identificase con ella.

A saltos otra vez la llevó al medio de la sala que era el zulo. Le pidió sus manos y ella las puso entre ambos, le puso unas esposas con refuerzo de tela para no dejarle las muñecas marcadas, después él se las tomó y la colgó de un gancho que pendía una viga que atravesaba el techo del zulo de lado a lado.

Tenía el corazón desbocado.

Ella tenía el pantalón sin abrochar, la cremallera abierta hacia los lados dibujando una V que señalaba claramente hacia el monte de Venus de aquella chica que unos días atrás le había parecido tímida.

Se lo bajó de un tirón hasta las rodillas, pero en ese gesto se sintió sucio porque en lo que hacía de pequeño no había nada sexual y en aquel momento sentía el deseo galopando entre sus piernas.

Debajo de la cama había preparado un pequeño baúl con ciertos enseres, quería usarlos todos, pero también quería tomárselo con calma, tenía que disfrutar de su presa, a fin de cuentas ¿quién sabía cuándo podría volver a tener otra oportunidad como esa? Otra presa, o si el lugar iba a estar disponible mucho tiempo para él…

La piel de las piernas y los muslos de Fabiola era nívea, perfecta, parecía que nunca hubiera estado tomando el sol, no había marcas de bikini, sus muslos iban creciendo en perfecta dimensión hasta llegar a sus glúteos que eran perfectos, dos burbujas en las que terminaba su espalda.

No pudo contenerse más y sacó del baúl una paleta de madera y la azotó en aquel culo blanco, en el lado de la derecha, una sola vez. Se sentó en el colchón para contemplar cómo la piel se enrojecía y cuando le pareció suficiente azotó el otro lado y repitió la contemplación.

Pero ella no había reaccionado, recordaba con nítida claridad los espasmos de los cachorros cuando había llevado a cabo algunas acciones parecidas, si ella gritase sería mucho más placentero, pensó, y le atizó sobre la piel ya enrojecida sin lograr un solo grito, ni un emocionado suspiro como el que lanzó al ver la cocina de su casa.

Su enfado iba creciendo exponencialmente. Otra vez la sensación que sintió antes de irse a cenar se apoderaba de su esternón, ese mismo sentimiento de ira.

Le subió el jersey blanco que llevaba puesto y vio que tenía la piel de la espalda tan blanca como la de las piernas y el culo, volvió a azotar sobre las marcas sin lograr que ella hiciera sonido alguno, le subió el jersey unos centímetros más y quedaron al descubierto un precioso sujetador que era la pieza a juego del tanga, ella no reaccionó.

Siguió subiendo el jersey hasta taparle la cara y sacó del baúl unas tijeras, lo fue cortando por los laterales hasta las axilas, por los brazos hasta las muñecas, debajo llevaba una camiseta ceñida que se había quedado arrebujada encima de sus pechos, que estaban perfectamente amoldados en aquel sujetador de un violeta hipnótico.

Desabrochó su sujetador con intención de sacar un látigo que tenía en el baúl, pero unas marcas circulares que le dejaron sin aliento, giró el cuerpo de Fabiola y la miró de frente.

  • Si te bajo y te desato ¿vamos a poder hablar? – Ella hizo una mueca con los labios a modo de afirmación.

Abrió las esposas, desató las vendas y cortó las bridas.

  • ¿Qué son esas marcas?
  • Quemaduras
  • ¿Por qué no has respondido a mis golpes?
  • Porque no me has hecho daño, soy más dura de lo que te imaginas, para hacerme daño tendrías que emplearte más a fondo, creo que eres un sádico, pero no sabes qué te pasa, necesitas que alguien te guíe por estos intrincados caminos, ¿quieres contarme cómo empezaste en este tipo de sensaciones?
  • Una persona que yo creía muy especial intentó hacerme algo y yo no sabía nada de lo que era el sexo, de hecho, todavía hoy no lo sé, soy virgen.
  • Yo también lo soy, pero soy Ama.
  • ¿Ama?
  • Sí, para pagarme una carrera que mi padre no me puede, ni quiere sufragar tenía dos opciones, prostituirme, que me daba mucho asco o hacer algo diferente que es ser Ama, para eso me he instruido en el arte de la sumisión y no ibas a sacarme lo que querías.
  • Enséñame.

Ella asintió y él volvió a ponerle unas bridas y a arroparla.

Al día siguiente Mario se levantó como todos los días a las seis, se fue a correr y regresó a casa de Paco para desayunar, era el esperado día de noche buena, dio un beso con abrazo tierno a su madre y le dijo que estaría en casa para la hora de la comida con una sorpresa para todos y se despidió con una gran sonrisa que desarmó a sus padres.

Cuando entró al zulo encontró a Fabiola aterida de frío bajo el edredón, le dio un té como el que le había preparado apenas unas horas antes, no había duda en su mirada, la desató, la metió en el maletero de nuevo y fue a la milla de oro madrileña a comprar un par de Manolos, y un vestido de Roberto Verino que se adaptasen a las medidas de Fabiola, un bolso de Louis Vuitton, lencería de Chanel y  la última compra que realizó fue un anillo de compromiso en Tiffany.

Entró en su casa de Puerta de Hierro anulando otra vez las cámaras de seguridad y una vez en el garaje sacó a Fabiola, la subió al baño de su habitación, la sentó en una butaca que tenía en su baño, ahora agradecía porque su madre se había empeñado en poner en cada baño una de esas butacas porque decía que eran muy útiles para vestirse, desvestirse, calzarse y descalzarse, agradeció en aquel momento por la tozudez de su madre porque aquella butaca le venía bien mientras preparaba un baño para ella.

La desnudó, la metió en la bañera contemplando con cierto pudor aquel bello y níveo cuerpo sinuoso, le mojó la cara y poco a poco ella fue recuperando el sentido, sus ojos verdes al abrirse iluminaban todo.

Cuando fue totalmente consciente de que no estaba en el mismo sitio dio un respingo y preguntó que dónde estaba y él respondió que a salvo, pero la incredulidad se reflejaba en su mirada.

La respuesta no se hizo esperar, él sacó todo lo que había comprado.

  • Ayer tenía una idea de lo que iba a pasar y hoy tengo otra idea radicalmente diferente, ayer le mandé un mensaje a tu padre pensando el librarme de él por un motivo y hoy es por otro muy distinto, pero ya está hecho, y como ya está hecho si te apetece puedes venir a cenar conmigo y con mi familia – fue entonces cuando con una mano sacó el vestido entallado y de vuelo que había elegido para ella, y con la otra los zapatos.

Estando ella sentada y él de pie le miró de arriba abajo como se miran las cosas que se inspeccionan con cierto desdén, y le dijo.

  • A ver, ¿Cuál es exactamente tu idea? – Él no esperaba aquella respuesta, más bien esperaba efusión y alegría.
  • Cásate conmigo – dijo él sacando un solitario perfecto en una caja de color azul turquesa con un lazo blanco.

Ahí sí vio sus ojos brillando, pero no fue por el anillo, el lujo, el diamante ni los quilates, fue algo que hablarían años después sentados en un salón minimalista con grandes ventanales fue habían construido sobre aquel zulo.

Llegaron a casa de Paco a las 8 en punto y durante la cena de Noche Buena anunció a su familia que Fabiola era su novia, algo que más o menos todos ya se imaginaron, también anunció que era su prometida, y eso hizo que el silencio fuera ensordecedor, y que esperarían a terminar la carrera para casarse, en aquel momento instó a su ya oficial prometida a levantarse, ella no hizo gesto alguno de que le costase moverse dados los verdugones que tenía en sus glúteos, entonces  le tomó la mano y mostró a todos aquel precioso anillo de Tifannys que lucía como muestra de lo que había entre ellos.

Después de la misa del gallo regresaron a casa de Paco y bailaron animadamente, brindaron con cada miembro de la familia que quiso compartir su alegría y respondieron a sus preguntas educadamente, respondieron la verdad, les unía la pasión por la edificación y la adrenalina que causaba todo aquello, se conocían desde hacía ya un tiempo y se habían sentido deslumbrados mutuamente el uno por el otro.

Les costó poco conseguir sus respectivos títulos gracias a su inteligencia y los recursos de Mario, las horas que tenían libres las pasaban juntos, las vacaciones eran inseparables y si era posible viajaban para ver cómo se edificaba en distintos países, oficialmente, aunque en realidad era para dar rienda suelta a la adrenalina de Mario enseñado por Fabiola y a la de Fabiola que ejercía de Ama sobre su prometido, eran el tándem perfecto e indivisible.

Lograron las mejores notas en sus respectivas promociones y universidades, lo cual les garantizó una plaza en empresas que los buscaron como becarios durante unos meses y unos años más tarde, dado sus respectivos intelectos, conocimientos y talentos habían logrado tener su propio estudio juntos.

Viajaban por todo el mundo para construir aquellos proyectos que les encargaban a su estudio que cada año iba ganando mayor renombre y darse la vida que ambos a su manera habían soñado.

Los pilares de su relación y de su vida en común eran la confianza, la conversación, la sinceridad, la retroalimentación y la actitud abierta ante las distintas situaciones que se les iban presentando.

De esos pilares que fueron los que les unieron aquella tarde de navidad nacieron las demás que les mantenían unidos décadas después, lealtad, fidelidad, organización, orgullo por su familia y por sus aficiones, las públicas y las que no podían serlo de ninguna manera, porque si alguien se llegase a imaginar lo inimaginable que era que cuando viajaban a un país cualquiera de vacaciones o cuando tenían un fin de semana libre lo que hacían era salir a cazar presas y él calmaba su sed de adrenalina y que a diario ella calmaba su sed de sumisión domando a su marido para que no se desbocase dando rienda libre a su adrenalina cazando en cualquier lugar, sino que se sentaban juntos a planificar cada paso, como pareja, como amantes, como Ama y sumiso, como cazadores y estrategas, como enamorados.

 
 

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NOTA

*IMC son las siglas de Indice de Masa Corporal, es un cálculo matemático por el que se establece el Indice de Masa Corporal de cada persona  por unos datos: altura y peso (masa) que determinarán la grasa, lógicamente no es lo mismo este percentil (porcentaje) en niños, en adultos que en ancianos.

Mario había hecho un cálculo para saber cuánto tiempo tardaría en hacerle efecto aquella pócima.

IMC Según la Wikipedia

 
 

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