Me juzgas desde tu rabia absoluta y usando tu despotismo y tu totalitarismo por bandera, me desprecias con tu superioridad pretendida, pero yo vengo del fondo del infierno y de verdad te digo que todo eso que crees que tienes puede cambiar en un clic que el destino quiera jugarte como una mala pasada.

Me juzgas y te ríes de mí pensando que tu posición es superior a mí, que tus principios son mejores que los míos, pero se te olvida que quien vive mi vida soy yo y no tú, por lo tanto, tus juicios no valen en mi vida, déjalos para la tuya.

Para juzgarme ya me valgo yo y no vayas a pensar que no me castigo por las cosas que creo que he hecho mal, aunque me veas sonreír, mis sonrisas pueden esconder avernos más profundos de los que tú y cualquier ser superficial pueda llegar a imaginar.

Me juzgas y te crees a salvo, piensas que tu posición, tu edad, tu trabajo, te permiten estar fuera del alcance de cosas como las que sabes que me han pasado.

Algunas personas no entienden que contarles determinadas confidencias es un acto de confianza que jamás debería volverse en contra de quien cuenta la propia confidencia, porque entonces el confidente se vuelve pérfido confesor que no merecía las horas dedicadas, ya no hablemos de la confianza, eso es lo que se muestra  cuando uno es juzgado.

Pero no olvides que el destino es caprichoso y que nada de lo que me ha pasado lo he buscado, simplemente llegó a mí o me lo echaron encima personas que ahora te arropan, te aconsejan, te dicen qué sí y qué no.

Me juzgas y olvidas que todos somos susceptibles de ser juzgados.

Me juzgas y olvidas que callo todo lo que sé, callo por amor y por respeto.

Me juzgas y veo que falta empatía y amor y sobra prepotencia y partidismo, olvidándote del pasado, de la raíz del por qué de las cosas.

Pero no olvides… mi lugar es uno, único.

4 NON BLONDES – What’s up

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