Recuerdo la lluvia en agosto cuando era pequeña, aquel olor penetrante en el páramo. La alegría de la frescura en mitad de aquel calor que recorría un cuerpo delgado que no sabía que lo tenía que valorar. Salir a pasear y disfrutar inocentemente con una pandilla de amigos de verano y reír mientras veía las luciérnagas volando a nuestro alrededor.

Salir al día siguiente a coger caracoles y jugar a ver cuál era más rápido mientras me regañaban entre risas porque “eso no se hace”.

Recuerdo que al final del verano los niños íbamos  a coger setas en pandilla y no pasaba nada, todo era seguro.

Recuerdo que entonces no importaba si hacía calor o frío, porque cuando eres niño no sientes el tiempo pasar ni las inclemencias del tiempo te afectan como cuando eres mayor que te quejas por todo, el frío te mata los huesos y el calor te aplatana.

Recuerdo que mis mayores, mi abuelo y sus amigos eran capaces de pronosticar los buenos días de sol y los días de lluvia según sus articulaciones y yo me dije «cuando llegue a mayor, bueno, no, me dije cuando sea vieja como ellos a mí no me pasará nada de eso».

Y ahora soy como una bola de la bruja…

Cada uno de mis huesos está perfectamente capacitado para predecir qué va a pasar la semana que viene en el tiempo.

Sin embargo, ahora la gente envejecemos de otra manera.

Cuando yo era pequeña con cincuenta años, con sesenta, se era un paisano, se era mayor, viejo, las mujeres entonces iban con cortes de pelo corto, todo reteñido y vestían faldas entubadas bajo sus fajas, ahora las mujeres con esas mismas edades van, vamos, vestidas como más nos place, como chiquillas si nos gusta, dejamos que las canas colonicen nuestras melenas y nos sentimos orgullosas de ellas, vamos a clases y seguimos formándonos en muchos aspectos, nos da igual la edad.

Todos, hombres y mujeres hacemos deporte a cualquier edad, en casa, en la calle en el gimnasio, eso cuando yo era pequeña era impensable. Ahora es sinónimo de vitalidad, juventud, longevidad porque cuanto más flexible sea tu espalda más joven te mantienes.

Ahora las luciérnagas son un recuerdo, o aparecen muy de vez en cuando en recónditos lugares.

Ahora las pandillas de chicos y chicas no son habituales ni en pueblos ni en ciudades, y si se ve una se las teme porque se piensa que están tramando algo malo.

Cuando yo era pequeña los niños gritones, chillones, que jugaban con algarabía siendo traviesos dentro de una normalidad eran los niños “normales”.

Ahora a esos niños los llaman hiperactivos y delincuentes, cuando lo que ha pasado es que sus padres y madres no han hecho otra cosa que desistir de sus compromisos de educarlos, porque hay cosas más importantes que ellos.

Ahora ya no hay tantos caracoles.

Ahora nadie dejaría a sus hijos ir a coger setas al bosque porque no les parecería seguro, aunque fueran con la pandilla de clase, pero los niños tienen que relacionarse y aprender de otros niños mejor que aprender de una máquina que no le va a enseñar qué es la empatía y otras cosas mientras mamá y papá están en sus cosas y con otras personas que les parecen más importantes.

AGNES OBEL – Familiar

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