Un martes recién hecha la mudanza se puso a remover cajas en el desván porque buscaba unos libros, allí  moviéndolas sacó una de debajo de una  mesa, estaba llena de cosas que su abuelo guardaba como tesoros.

Una enciclopedia que apenas media un palmo de larga y tres dedos de ancha, una regla de madera, un cuaderno en el que debio escribir de pequeño el hombre que recordaba como un hombre recto y serio pero muy cariñoso con ella.

Al fondo de la caja con otras tantas cosas vio un plumier de madera, lo sacó y pudo ver que era  un viejo plumier que  su abuelo nunca debio llevar a la escuela del pueblo lleno de lápices de colores, pues en aquellos años de guerra apenas tendrían para un lápiz y una goma.

Inés estaba pasando por una época un tanto gris después de su separación.

Bajó el plumier del desván y limpió el polvo que había acumulado en aquellos años.

Al día siguiente fue a una tienda y compró una docena de lápices de colores mientras se repetía  «desde hoy solamente voy a pintar mi vida de colores, como antes solía hacerlo, como antaño, como siempre».

Cuando bajó a casa recolocó todas las cosas que tenía en la mesa de su estudio y dejó un hueco para el plumier y para un nuevo cuaderno que le había comprado para pintar.

Era un pequeño estudio que usaría para escribir, cuando lo tuvo todo colocado como ella creyó que estaría bien ordenado cogió una caja e hizo una lista de las cosas que iba a ganar con su reciente separación y después hizo otra lista en la que escribió todos sus miedos.

En una tercera hoja escribió por un lado los nombres de aquellas con las que no quería volver a tener contacto, y por el otro los nombres de aquellas personas con las que se arrepentía de haber perdido el contacto durante los años que había estado inmersa en aquella relación que ahora se había acabado.

Siguió con otra hoja y apuntó lugares que deseaba visitar y se  puso  fechas para visitar cada uno de ellos, porque si no te ponías límites no cumplias las cosas, le decía su madre.

En el siguiente folio anotó  situaciones por las que no volvería a pasar y por el otro lado situaciones que no había vivido y quería cumplir.

Decoró las paredes con las notas, pero únicamente por el lado positivo, pues sentía que ya había salido de lo peor en su vida.

La ventana de enfrente del estudio daba a la ventana de una vecina, como llevaba poco tiempo instalada allí aún no conocía a muchos de sus vecinos, sencillamente iba a trabajar y volvía para abrir más cajas de su mudanza.

Allí descubrió a una vecina gorda como un armario, estaba observándola sin recatarse,  iba a saludarla levantando la mano cuando aquella mujer de porte tan carnoso como desagradable por su corte de pelo a cepillo y cara que recordaba a un buldog hizo un gesto de desaire con  la boca y le lanzó una mirada furiosa.

Su mano se quedó a media altura, a medio camino entre el saludo y la nada.

Entonces se giró y apuntó en uno de los folios:

“Aprender a pasar de la gente que no me aporta nada”.

Fue en ese momento cuando se dio cuenta de que los miedos que habían estado acompañándola durante los últimos años estaban muriendo frente a ella en aquellos folios,  morían y de ese fuego renacía una mujer mas fuerte, una mujer distinta,  con ganas de luchar y de vivir.

Dejaría el plumier del abuelo allí para que le recordara que la vida tiene colores y que no era gris como alguien le había hecho creer.

DIONE WARWICK – There’s always something to remind me