Siempre sospechó que tenía un ángel de la guarda, pero fue cuando murió la persona que más amaba de su familia cuando aquel ente se hizo patente en su vida.

Fue un entierro sin grandes pretensiones.

Y precisamente aquella sobriedad fue lo que le puso más triste e hizo que su soledad se hiciera más patente.

Mientras todos los asistentes al funeral se iban marchando ella se resistía a irse, la pena iba devorando su alma, el atardecer de febrero era frío y demasiado temprano.

No quiso que nadie la llevase a casa o al centro, prefirió caminar por el cementerio.

Al principio llevaba sus cascos puestos, escuchaba a su grupo favorito y luego alternó a otros grupos de heavy para caminar a un ritmo más rápido, la tarde se le estaba echando encima y no quería quedarse allí encerrada cuando se cerrasen las puertas.

Ya atisbaba la verja que circundaba el cementerio cuando notó que una de sus botas  se había desatado, aunque le parecía irreverente se sentó en una de las tumbas y se puso a atársela.

El atardecer de febrero, gélido, desprovisto de colores cálidos le daba la sensación de estar más sola aún si cabía, subió el volumen.

Pero entonces cayó en la cuenta de que estar desprovista de uno de sus sentidos la hacía vulnerable a lo que pudiera haber ahí, afuera.

Entonces sintió un pequeño movimiento por el rabillo del ojo.

Creyó sentir su sangre congelarse en sus venas como la escarcha en las mañanas más gélidas.

Giró la cabeza en dirección a aquel movimiento, pero tuvo la sensación de ser lenta y a la vez creyó ver en dirección opuesta el mismo movimiento y volvió a girar su cabeza, sin éxito. 

Al llevar su cabeza al frente se dio de morros con una figura pétrea de una persona, no podía reconocerlo, su piel estaba nívea.

Era un ángel negro, le dijo que era el ángel  de la muerte, le  tocó el hombro y viendo que no se ponía histérica y se acercó a ella lentamente para susurrarle en al oído con una voz suave de tono, pero profunda a la vez que le chocó mucho.

– Vamos, ya es la hora de que te largues de este lugar en el que no eres feliz desde hace mucho tiempo, no es bueno aferrase a los lugares, ni a las personas, porque si te quedas está claro que únicamente  vas a sufrir, no hacía falta que yo te lo dijera, lo ves desde el fondo de tu alma.

Se detuvo un momento para pensarlo, miró atrás y contempló desde la colina el cementerio, era inmenso, tanto como su vida, las decepciones que había sufrido, veía tantas tumbas como personas la habían decepcionado, había tantos ramos de flores como mentiras habría escuchado y pétalos como algunas de ellas habría creído, pero era hora de pensar, de hacer algo más que pensar, de actuar.

Dejó de lado el miedo que sintió cuando aquel ángel negro susurró en su oído y sintió su gélido aliento en su oreja y su cuello.

Intentó recapitular mentalmente y hacer un resumen de su vida, las alegrías,  las penas, los logros, los fracasos, las mentiras, los fraudes a los que había sido sometida, y la cantidad de veces que había intentado levantarse y seguir… hizo un cálculo de las horas que habría pasado llorando los últimos años y las que habría pasado sin llorar y descubrió que eran más las primeras que las segundas.

Había personas que no conocían su sonrisa, sino su mirada triste y vacía, inerte, su rostro sin alegría.

No  tuvo más remedio que admitir que aquel ángel negro tenía razón… esta vez nada la retenía anclada al mundo, un mundo que en realidad no recordaba, ya no recordaba si tenía ganas, o razones, ni siquiera sabía si tenía motivos para quedarse otro invierno viviendo allí donde la humedad de aquella tierra que se sentía obligada a vivir como suya, aquel frío que se metía entre los huesos y le calaba el alma.

Entonces  supo de la  larga lista de gente que le fallaba en algún momento, sucesivamente, la usaba, y la trataba de la peor de las maneras posible y sin motivo, usando sus mas íntimos miedos y secretos en contra de ella… supo que tenía que pasar página de esa gente.

Miró los ojos verdes de aquel ángel negro de la muerte cuya cara tenía apenas a unos centímetros de la suya, asintió y sintió que no tenía otra opción que obedecerle.

Siguió los pasos que le marcaba un reloj imaginario, tic tac, con cierta cadencia fúnebre, que le recordaba al lento repicar de las campanas que repicaban a muerte, y que la llamaban  con insistencia.

Cuando sintió que su amor murió, pensó que murió  para que otros fueran felices…

Murió porque la esperanza hay que regarla con besos y abrazos, con detalles, porque cada cosa que comía era vomitada, porque se mareaba, porque los desprecios la mataban poco a poco, porque las humillaciones la mataban día a día, y aquel ángel negro eligió morir más deprisa, murió porque no dormía y si lo hacía jamás era por 90 minutos, y sin llantos o pesadillas, sin revolverse entre aquellas sábanas que ya olían a quemado, y los miedos de que la volvieran a encerrar pegándola…

El ángel negro que la estaba susurrando en medio del cementerio era en realidad su alma desde el pasado que ya murió de miedo, murió de pánico, 

Murió de mentiras, medias verdades y ocultaciones, murió de la desesperación, también murió del frío que únicamente es  causa ver que quien amas es como es… y murió… de la pena.

EVANESCENCE – My inmortal