La última vez que habían roto ella le había bloqueado en todas las redes sociales y eso hizo que a él le hirviera la sangre en las venas.

¿Quién demonios se creía aquella zorra que era para hacerle aquella jugada?

Eso lo iba a arreglar él inmediatamente.

Se hizo un perfil en cada una de esas redes sociales con un nombre distinto, así ella no sospecharía de él, ni de nadie porque siendo distintas personas no pensaría que era él. Los hizo con nombres de mujer porque eso era algo que a ella no se le ocurriría jamás.

Empezó a seguirla o a solicitar amistad porque ella era una persona que publicaba cada paso que daba en las redes sociales y porque ella era una persona que aceptaba a todo el mundo en todos lados sin mirar demasiado.

Si iba a la playa ella subía una imagen a Instagram, si se le ocurría un chiste, una receta, o un relato escribía una nota que publicaba en Facebook, si salía de fiesta cambiaba la foto de su portada de Facebook también, y así sucesivamente.

Si cambiaba de trabajo lo compartía en LinkedIn.

Él se reconocía que estaba muy enganchado a aquella mujer, era especial, tenía un conocimiento especial del ordenador, cocinaba muy bien, era capaz de enseñar a congelar agua a los inuit en el polo y que encima se lo valorasen, y sobre todo en la cama era adictiva.

Jamás había encontrado una mujer que fuera capaz de amar como ella lo hacía y ahora que ella estaba en su vida, sólo porque ciertas personas de su pasado se negasen a que él rehiciera su vida tal como todos habían hecho, no iba a dejar que ella se le diluyera como las acuarelas en el agua cuando pinta un niño o como la arena que intentas atrapar entre las manos.

Visitaba sus perfiles a  cada rato para saber qué hacía y a dónde iba, intentaba ir a los mismos sitios que ella iba para hacerse el encontradizo, pero parecía que ella siempre iba por delante.

Iba a los mismos sitios que iban cuando habían estado juntos, pero nada le dio resultado.

Tardó un par de semanas en entenderlo.

Ella debía publicar con un día de retraso, o al irse del sitio al que iba, lo dedujo porque no coincidía el clima con las publicaciones que ella hacía.

Estuvo unas tres semanas llamando a su teléfono, pero ella no respondía.

Creyó que llamarla a la una de la madrugada una noche y a las cinco a la mañana siguiente era una demostración de amor, sin caer en que al resto del mundo le parecería una muestra de locura de un acosador.

Dejaba mensajes en su buzón de voz con la vana esperanza de que se apiadase de él, se pasó cuatro semanas mandando mensajes vía WhatsApp que ella al principio leía, después ignoraba porque él veía la marca del visé en gris y al final le bloqueó.

En algún momento se le pasó por la cabeza la idea de que le iba a denunciar, pero descartó la idea convencido de que ella aún le amaba.

Finalmente, aquella que creía que era la mujer de su vida cambió de número de teléfono, de número y de dispositivo y ya no podía comunicarse con ella tal como quería, pero ella cometió el error de meter el mismo email que él le conocía en su nuevo dispositivo.

Aquel simple gesto le granjeó un mundo de infinitas posibilidades para poder ver qué hacía en su nueva vida, pues tenía acceso a aquel email mientras no cambiase la contraseña, ya que ella al poco de comenzar su relación le dijo que  su ordenador se le había roto y el le había ofrecido el suyo para que pudiera  leer sus correos.

Él aprovechó aquella circunstancia, a sabiendas de lo que hacía, para poner la geolocalización de la cuenta de su correo electrónico y fue así como supo todo de ella, sus contactos, dónde iba, y leer sus emails le confirmaba las redes sociales en las que ella iba apuntándose.

Tenía información de cada uno de sus pasos con cada punto del mapa que creía tener que cercaba el centro que era ella, pero no la veía a ella, no sabía lo que ella conocía, no tenía toda la información que ella tenía de él.

La forma en que ella había reaccionado venía dada por el comportamiento de él unas semanas antes, no era un simple capricho, ella no era una niña caprichosa que se dedicase a girar como una vela de un barco a demanda del viento, no.

Ella viró a consecuencia de verle paseando por las calles con otra mujer, paseaban de la mano, simplemente ella no debería haber estado allí aquel día, a aquella hora, y los vio, vio cómo entraban en el bar favorito de ella, aquel en el que antes solían compartir buenos momentos, risas, confidencias, caricias y besos.

Fue en ese momento cuando sintió un crujido dentro de sí misma que continuó por toda la calle, que se abrió en canal como si fuera un resquebrajamiento de la capa de troposfera, el crujido fue el de su corazón al ver aquellas imágenes del hombre que amaba.

Entonces se cerró en banda para él.

A fin de cuentas, sabía que su tiempo en aquel destino era limitado, aunque lo amase.

Fue en ese momento cuando ella entendió las ausencias que él tenía, aquel cerdo toreaba en varias plazas y por ello no la merecía, además darle lo que ella le había dado, lo mejor de sí misma había sido un error que encima él no estaba considerando siendo deshonesto y desleal, a fin de cuentas, por eso y por mucho más estaba ella allí.

Él empezó a obsesionarse porque un final sin despedida era una huida y, no entendía el por qué de aquella huida.

Gracias a un amigo que trabajaba en temas de telefonía consiguió su nuevo número de teléfono y retomó sus agresivas acciones de acosador, llamadas cada pocos minutos, llamadas a altas horas de la madrugada y a primera hora de la mañana, mensajes cada poco tiempo reclamando que ella volviera con él.

Pero ella no cedía.

Ella no descolgaba el teléfono, no leía sus mensajes, no devolvía sus llamadas, él no le encontraba el sentido a aquella situación.

Lo cierto es que una persona que es infiel por efecto dominó es mentirosa, y los infieles como los mentirosos nunca dejan de serlo.

Quizás era por eso por lo que a él le habían fallado las relaciones anteriores y por lo que a ella le costaba cuajar en una, por aquel don que le hacía ver quién sí y quién no, cazaba a los mentirosos y a los infieles aún sin querer en un pis pas.

Ella dedujo que su nuevo acosador era su ex por el contenido de los mensajes que le llegaban, por las horas que las llamadas se producían, era, a fin de cuentas, el mismo modus operandi que el que su ex había tenido la última vez y las anteriores que lo habían dejado.

Volvió a llevar a cabo el mismo ritual de bloqueo con el nuevo número que la llamaba y con los mensajes que a ella le llegaban al WhatsApp.

La indignación que él sentía le hacía presentarse en casa de ella y observar si salía, si entraba, los horarios que tenía, para así intentar entrar en su casa.

Y entró.

Cometer allanamiento le había dado un subidón de adrenalina como jamás antes había sentido, romper un cristal para entrar en aquella casa que conocía tan bien mientras cualquiera podía verle había hecho que la sangre circulase por sus venas a una velocidad supersónica y, colarse por una terraza que daba al jardín había sido pan comido porque sentía todos sus sentidos más agudizados.

Registrar la casa también le dio un subidón.

Pero nada de lo que pudiera interesarle estaba allí, todo lo que ella pudiera tener de importancia estaría alojado en las aplicaciones de la nube de su teléfono y de su ordenador y ella no solía salir de casa sin ellos porque estaba muy centrada en escribir un libro, porque alguien le había dicho que tenía madera de escritora.

Al día siguiente de la denuncia uno de los agentes llamó a su teléfono para informar que aquel allanamiento estaba en un punto muerto y que quedaría como un robo, que al menos debería estar agradecida por no haber estado en la casa porque no estaba allí cuando el o los que entrasen habían cometido el delito.

Estaba claro que estaba sola. O quizás no…

El informe se le envió por email a la cuenta y él pudo verlo con gran satisfacción.

Fue gracias a uno de esos perfiles falsos en una de esas redes como se enteró que en esa última ruptura ella publicó que se casaba.

¿¿Cómo era posible??

Tenía que ser una de las muchas argucias que ella había montado antes cuando habían roto en otras ocasiones, pero él no estaba dispuesto a que aquella mujer se le escapara, de ninguna manera.

Ella tenía una idea clarísima de quién era la persona que la estaba acosando, pero no podía demostrarlo, y aunque lo hiciera ¿qué le iba a pasar? Absolutamente nada, por triste que fuera la respuesta, era la realidad.

Entonces tuvo una idea.

Colocó un viejo ordenador, que solía tener en una de las habitaciones, en su diáfano salón, de forma que la webcam quedara orientada a la puerta de la terraza, la que había sido rota y utilizada para entrar en su domicilio.

Sabía que su seguro del hogar se haría cargo de la reparación del cristal, pero comentó con los vecinos que no tenía seguro y que no podía hacerse cargo de la reparación hasta que no llegase la paga extra de invierno.

Estando ya entrado el otoño en la urbanización la gente se retiraba pronto a sus casas, al calor de sus hogares, el frío hacía que los niños al llegar del colegio no se quedasen en las calles.

Las escasas horas de luz instaban a la gente meterse cuanto antes al abrigo del calor del llar y hacía que  otras personas de corazón negro desearan hacer lo más insólito creyéndose seguros  cuando la noche con su manto había caído, pensando que nadie los veía, cuando no había nada más lejos de esa realidad.

La gente cuando se ve encerrada en sus casas anhela lo que tiene fuera, sea lo que sea.

Algún vecino le vio, pero como ella no solía contar a nadie de allí su vida no sabían que ya no estaban juntos y le veían como alguien normal cuando le vieron merodeando por la urbanización.

Pasaron algunas semanas en las que él fue controlando todos sus perfiles, fue constatando que ella había cambiado su estrategia de publicaciones en las redes sociales y no hacía otra cosa que publicar cosas compartidas y había dejado de compartir cosas personales, fotos suyas o de lugares que le indicaran alguna referencia de dónde pudiera estar.

Fue gracias a uno de esos perfiles falsos en una de esas redes como se enteró que en esa última ruptura ella publicó que se casaba.

¿¿Cómo era posible??

Tenía que ser una de las muchas argucias que ella había montado antes cuando habían roto en otras ocasiones, pero él no estaba dispuesto a que aquella mujer se le escapara, de ninguna manera.

Por fin llegó el puente de primeros de diciembre y ella anunció que iba a irse de puente a ver a sus familiares, era justo la oportunidad que estaba esperando porque ella anunció que tenía los billetes para viajar, porque le salía más barato el viaje en transporte público que con su propio coche.

Aquella era la oportunidad que é estaba esperando y, por eso se atrevió a acercarse hasta aquella casa en la que tan bien se lo había pasado con ella, pero iba a ser cauto, dejaría el móvil en su casa y así la geolocalización no le daría problemas y marcharía en su bici para que no le viera nadie en el tren y ninguna cámara le grabara en la ida o en la vuelta implicándole en lo que pasase.

Lo tenía todo pensado.

Llegó a la zona donde ella vivía  y esperó hasta que la noche le hiciera invisible, haciendo fotos de cosas que no le pudieran implicar con un móvil que no usaba y que había puesto en modo avión nada más salir de su domicilio.

Cuando vio aquella casa que nunca fue su hogar se llevó la  sorpresa de que el cristal no había sido reparado, simplemente alguien lo había encajado casi en un torpe malabarismo para que no fuera demasiado visible que estaba roto al pasar por la calle e hiciera un efecto llamada a otros intrusos.

Anochecía temprano, hacia las cinco y media y a las ocho de la tarde la mayoría de las casas estaban en plena ebullición familiar, las madres controlaban las cenas y las duchas, los niños ya no corrían por las calles, y los hombres, bueno o se estaban duchando antes de cenar o estaban en el bar, al menos en esa zona del extrarradio.

Era el momento ideal para que él se colara por el jardín, de ahí a la terraza y de ahí adentro de la casa. Iba a ser fácil pensó.

Iba a dar el primer paso cuando los faros de un coche le detuvieron, podía oír los latidos de su corazón en los oídos, aquella adrenalina se le estaba convirtiendo en una adicción.

Según quitó el cristal una pequeña luz roja se activó en la mesa del ordenador, él no pudo verlo porque ella la había tapado con cinta aislante y las cortinas aún estaban entre la cámara y la casa a la que él quería entrar.

Había activado un sistema de detección de alarma silenciosa que puso en marcha todas las cámaras de la vivienda, grabarían al intruso y le fotografiarían cada pocos segundos.

El buscó por toda la casa y como la vez anterior no halló ni una sola evidencia de que hubiera nadie en la vida de ella.

Sus celos eran enfermizos.

Cada vez que se enfadaban él siempre pensaba que era porque ella había encontrado otra persona, jamás pensó que fuera porque le hubiera pillado.

El ladrón siempre piensa que todos son de su condición.

Tuvo la tentación de volverse loco por el grandísimo cabreo que sentía, pero se contuvo, y lo hizo únicamente porque si se dejaba llevar por aquellos celos que lo devoraban arrasando aquel lugar ella tendría que volver a ir a la policía y aquella vez no quedaría como un robo, habría una investigación, y los ojos de la policía mirarían hacia él.

Y a la siguiente semana él leyó, desde uno de esos perfiles que eran falsos, la noticia que ella anunciaba de su boda en una de esas redes.

Entonces sí que se volvió loco, rompió todo lo que tenía su difunta madre en el desván, la vajilla de su tío, una colección que  su hermana llevaba haciendo desde los catorce años y que tenía más de dos mil trescientos vasos que había ido robando en bares, vasos de publicidad de marcas, y todo aquello, todo quedó reducido a añicos.

Tenía que ir una vez más a la urbanización a hablar con ella, esta vez no iba a entrar como un ladrón, entraría por la puerta principal, averiguaría qué le pasaba y por qué se negaba a responder a sus llamadas y mensajes.

Cogió el cercanías y se plantó allí con la intención de increpar a la mujer que según él amaba, iba a convencerla, como otras veces lo había hecho para que volviera con él, estaba seguro que el fuego que les había unido no se había convertido en cenizas, ni en brasas aún.

La retendría a su lado con su buen hacer, con las mismas técnicas disuasorias que ya había usado hacía algunos meses, y otras veces antes, pero cuando entró en la urbanización Mariola, la vecina de enfrente de ella, le paró en seco y le dijo que esperase un momento.

Entró en su chalet para algo, mientras él cambió el peso de su cuerpo de un pie a otro en señal de su impaciencia, pero no quería ser descortés ni mal educado, no podía hacer nada que le hiciera sobresalir o destacar a los ojos de los demás.

Mariola salió con un cuaderno que ya conocía, pero le pareció ver algo que brillaba en él, lo recogió con una sonrisa que a ella le pareció extraña, la pobre Mariola nunca había visto la falsedad en un grado tan grande y, se despidió todo lo rápido que aquella mujer le permitió.

Algo le indicaba que las cosas no estaban bien, tenía un calor bajo el estómago similar al de cuando las cosas le ponían de mal humor, pero éste era distinto.

Cuando se acercó al chalet de ella vio que las ventanas ya no tenían cortinas, las persianas subidas le permitieron ver a cada paso que daba con más claridad que los muebles no estaban dentro de la casa.

Tocó el timbre, pero no sonaba, volvió a pulsar por confirmar lo que ya sabía en su fuero interno.

Ella se había desvanecido.

Miró desde su teléfono las redes sociales con sus perfiles falsos y descubrió que nada de los que iba mirando existía ya, la mujer que buscaba se había desvanecido como gotas de bruma al lado del mar en una playa demasiado grande.

Llamó en la casa de la vecina pesada y con camiseta raída salió el marido que malhumorado le dijo que aquella mujer se había ido hacía unos días, se había despedido de ellos y les había regalado un montón de cosas que no podría llevarse a su nuevo destino.

Luego se acercó a él tanto que pudo olerle y tuvo serias dificultades para contener la arcada, le dijo como quien le cuenta una confidencia que creía que ella debía ser policía o algo así porque por allí habían desfilado un montón de tipos con cartucheras y “pipas” (dijo haciendo con una mano una pistola),  para cargar un camión en el que habían metido todos los muebles y electrodomésticos que la vecina tenía en la casa, y qué cantidad de cajas, adujo moviendo la mano hacia arriba y dejando una pelambrera del sobaco que esparcía una peste insoportable.

Aquel hedor se mantuvo en su memoria mucho tiempo y la arcada que le producía también.

Volvió a su casa e intentó abrir aquel cuaderno.

Era un cuaderno que él le había regalado cuando hicieron un mes juntos, era un block de papel reciclado cuyas tapas tenía unas flores de el color que ella le había dicho que era su favorito.

Al llegar a su casa cortó de las tapas los tres candados que haciendo unos agujeros ella le había puesto al cuaderno para evitar que los vecinos leyeran su contenido.

En sus hojas pudo leer la despedida de que ella le dejaba, algunas fotos de los dos juntos y otras tantas que le dejaron mudo, salía él de la mano en las calles de Madrid con una mujer morena, él en un café besándose con una mujer castaña, él en un portal despidiéndose de una pelirroja, él en la holyparty con alguna de sus exnovias en los hombros, él en un concierto besándose con un chica mulata, él en el parque de atracciones con otra mujer y niños, todas las fotos eran escenas cotidianas de un tío que era infiel de carrera.

Pero las imágenes que más le sorprendieron de todas eran unas secuencias de él entrando en la casa de ella y revolviéndolo todo, armarios, cajones, estanterías, etc.

Aquella hija de puta llevaba meses sabiendo que le era infiel y se había callado, no le había dicho ni una palabra, las demás mujeres cuando se enteraban habían montado una escena, esta había montado una estrategia.

Si algo tenía que reconocer era que ella era definitivamente distinta a todas las demás, no la había visto venir con su estratagema ni de coña.

Unos meses después la investigación de la policía derivó en su arresto, tenían pruebas sólidas de su implicación en el tráfico de drogas del local en el que además de ligar con mujeres y trabajar sin contrato, trapicheaba con cocaína como lo hizo antes en su propio local.

Así mismo se le acusó del robo en el chalet de un alto cargo de los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado cuyo nombre y rango jamás pudo llegar a saber y su abogado decía que no trascendía en los autos, pero sí que la cantidad de los enseres que había robado ascendía a tal barbaridad que iba a estar un mínimo de siete años en una cárcel que aún estaba por determinar.

Aquello le parecía injusto, él no se había llevado nada de aquella casa.

Después del arresto cuando entró en su casa descubrió que él mismo había sido víctima de un robo, le faltaban cosas que no tenían precio, pero sí valor, recuerdos que iban a ser insustituibles, fotos, un clip que había llevado su hijo al nacer en el cordón umbilical, el primer peto del niño, y el primer regalo que le hizo por el día del padre.

Vio derrotado que no le habían robado ninguno de sus dispositivos, su teléfono, su tablet, su ordenador… pero la pena que sentía por la pérdida de sus otras cosas le dejó sin ganas de mirar aquellos que ahora le parecían juguetes.

Tres días más tarde tuvo curiosidad por ir a mirar el perfil de ella y encendió su ordenador, la pantalla se quedó en blanco con una interrogante y por más que intentó arrancarlo no pudo.

Su tablet hizo lo mismo.

El teléfono se había convertido en un precioso pisapapeles que no le servía ni para escuchar música.

Cogió su coche y se dirigió a ver a aquel amigo que tanto sabía de informática quien le dijo que había sido hackeado durante el fin de semana, quien hubiera sido había usado sus dispositivos para borrarle absolutamente todo de todas partes.

Además, había inutilizado cada uno de los dispositivos dejando carcasas inútiles que no servían más que para venderlas y que si quería él se las compraba, terminó preguntándole que dónde había pasado el fin de semana.

Se dijo a sí mismo que nadie podría saber que había pasado el fin de semana en un calabozo del norte de la ciudad porque eso empañaría el concepto que tenían de él en el barrio.

Salió del paso como pudo y se largó.

La siguiente semana tenía la vista previa del juicio por robo y se había hecho una causa común con la causa del delito de delito contra la salud pública, aunque no serían juicios separados para que las penas se juntasen.

Estaba hablando con el letrado del turno de oficio que le había tocado cuando la vio pasar, al principio el traje le hizo dudar, pero luego tuvo la certeza cuando al entrar en la sala se vio que una de las personas que estaba allí era la mujer que decía que amaba.

El caso fue muy mediático, y desde la prensa a las redes sociales clamaban por una sentencia ejemplarizante que fue a la que le condenaron, para cuando salió su ex mujer se había mudado a otra provincia en otra comunidad, su hijo llamaba papá a otro tipo y no le reconocía. Su padre y su hermana se avergonzaban de él y habían declinado recibirle en casa cuando se había auto invitado por navidad, los amigos habían cambiado de casa y situación, de trabajo y novia, se habían casado y tenían hijos y nadie quería tener contacto con un apestado que había salido de la cárcel por tráfico de drogas.

El mundo en esos años había cambiado tanto que la gente ya no salía de fiesta, ¡¡quedaban para salir a correr!! y él en todos esos años no había parado de pensar en cómo localizar a esa mujer, localizarla a ella.

POWERS – Heavy