Clara había cambiado de trabajo, había pasado de una bodega pequeña a una gran bodega de vinos en la Ribera del Duero, sabía que al final del año se le entregaría una buena compensación si  el número de visitantes se incrementaban ese año, y si los que  visitaran la preciosa bodega en la que empezaba a trabajar además cubrían su cuota de ventas tendría un bonus en su compensación al final de año.

El aliciente era más que suficiente para que aquel sábado lluvioso se pusiera frente a su ordenador, cogiese su agenda del año pasado, del anterior, y la del correo electrónico para ponerse a redactar un email a cada uno de sus contactos.

Entonces llegó a la Z, que era donde archivaba los contactos que no deseaba borrar en su agenda pero con los que no quería seguir teniendo contacto, o gente con la que no sabía qué hacer porque sencillamente ya no trataba pero tampoco quería borrar sus nombres, teléfonos, direcciones y correos electrónicos, aunque ahora la gente cambia de teléfono e email como de ropa…

Se dijo que tenía que hacer un archivo actual de alguna manera, en Word, en Excel, o en los contactos de su móvil, o en la nube… ya lo pensaría, los revisó para ver con cuales de aquellas personas podría contar y con cuales no para aquel nuevo proyecto y entonces apareció él y escribió.

“Hola,

No se si te acordaras de mí, en realidad no sé bien por qué perdimos el contacto, en cualquier caso te invito a recordar viejos tiempos con un buen vino, un Ribera, en la bodega en la que trabajo ahora.

Si te apetece que quedemos puedo hacerte una visita guiada a ti y a tu familia o a un grupo de amistades.”

A continuación puso los datos de la bodega y un enlace la web para que pudiera ver dónde estaba ubicada.

Él  respondió a su invitación el mismo día:

“Claro que te recuerdo, quien podría olvidar tus ojos Clara, precisamente tengo un viaje planeado para el próximo jueves, podría ir hacia las dos si te va bien.”

Clara sabía que el hombre al que había escrito era un alto cargo en Madrid, aunque lo escondía bajo una capa de indolente “aquí no pasa nada, yo no soy nadie”.

Aquel jueves él llegó a las dos, curiosamente era la hora de la comida de los trabajadores de la finca y de la bodega.

Ella estaba muy nerviosa, siempre le había intimidado aquel hombre por su mirada que le parecía muy atractiva.

Le enseñó la finca, el proceso de realización de un buen vino, las distintas salas de la bodega y al final hicieron una cata.

En la sala de catas había unos cómodos sofás y allí se relajaron un buen rato para charlar sobre el pasado.

Tal como ella esperaba él quiso comprar una caja de tres botellas de reserva.

Aunque en realidad era algo así como un baile, una coreografía, ella invitaba, él aceptaba, él compraba y ella correspondía… o no. Ahí estaba la pelota, en el tejado de Clara.

Él era un hombre curioso y le preguntó qué había en la segunda planta mirando inquisitivamente hacia arriba, ella no le vio venir porque era muy inocente.

Él comenzó a subir despacio y con cara de pillo, ella no supo cómo pararle, subieron lentamente los escalones, entraron a un salón acristalado que tenía una mesa preparada para veinte comensales, al verla  él la agarró por las axilas la sentó en la cabecera de la mesa y la besó, un beso que fue casi un roce, fue desabrochando su camisa blanca con la que Clara se había vestido intencionadamente aquella mañana, era semitransparente y dejaba entrever un delicado sujetador balconette de encaje color salmón.

Al ir desabrochando el tercer botón de la camisa Clara echó el cuello hacia atrás lanzando un gemido, él se acercó a aquel cuello interpretando ese movimiento como una segunda invitación, acercó su nariz a aquella piel blanca y delicada mientras notaba las ganas creciendo entre ellos dos. Inhaló el perfume fresco que Clara emanaba y decidió que ya sabía lo que quería con ella, no quería echar un sórdido polvo por muy maravilloso que fuera el sitio. Tampoco iba a dejar a su esposa por Clara, tenía una vida muy bien estructurada y adoraba su equilibrio. Entonces como si fuera un zumbido que se transformaba en un rayo tuvo una idea mientras aquel aroma invadía todos sus sentidos y le levantaba la libido como hacía tiempo que no se le despertaba.

  • Te deseo, deberíamos ir a comer algo. 

Ella giró la cabeza trescientos sesenta grados de forma lenta, como si necesitase sacar una idea de su cabeza pero no quisiera sacudírsela para que no se le olvidase.

Fueron a comer a la ciudad más cercana, comieron unos pinchos regados con vino mientras se comían entre sonrisas con los ojos.

Mientras comían de esa forma tan informal él le propuso un pacto.

Él quería que fueran amantes, él la llamaría de vez en cuando y hablarían como si fueran amigos, aunque vivieran lejos se verían una vez al año, aunque estuviera casado y ella tuviera en una relación.

Podrían dejar a los demás a un lado, simplemente sería una relación de amor a distancia intermitente.

Si no aceptaba todo quedaba en aquella propuesta.

Y si aceptaba él se encargaría de que si en algún momento tenía algún problema tuviera las cosas más fáciles.

Clara sonrió.

Él sonrió.

Una década más tarde los dos recordaban con mucho cariño aquella visita a la bodega, hablaban una vez a la semana unos cuantos minutos, nadie sabía que eran amantes, jamás habían discutido, y siempre cumplían su promesa de reunirse una vez al año.

PATTI SMITH – Because the night