La playa es un lugar que me da calma, ya os lo he comentado en más de una ocasión, creo que es como el vino, lo tiene todo.

Un buen vino tiene color, olor, el gusto y por eso se brinda para que lo podamos oír.

En el caso de la playa es algo similar, veo muchos colores que me gustan y cambian según el día, los aromas del mar son cambiantes y siempre me enamoran, además se me cuelan hasta la retronasal como los del vino, convirtiéndose en gustos que se transforman en placer cuando los detecto al llegar al mar.

Llegar a la Playa de las Catedrales es además de todo esto quedarse con la boca abierta porque tienes esa sensación de quedarte pequeño ante lo inmenso del paraje en el que entras, los acantilados forman dibujos de torres por los que te vas colando, te vas metiendo entre las cuevas como si fueras un niño jugando.