Tenía labio leporino que no era de nacimiento, ese labio era  resultado del ataque de un perro cuando tenía tres años, le operó un cirujano que era muy amigo de su abuelo y dado que todo sucedió a la tierna edad de tres años y medio apenas le habían quedado cicatrices cuando creció.

Lo que sí le quedó fue un miedo inconsciente e incontrolable a los perros grandes que cuando le ladraban se transformaba en un pánico irracional que no podía controlar, hasta los ocho años se hacía pis en la cama por culpa de las pesadillas que tenía con el perro que veía en sus sueños.

Aquel perro se le abalanzaba, lo veía todo como si fuera a cámara lenta, pero un niño de corta edad no sabía qué era la cámara lenta, el perro se ponía sobre sus patas traseras para tomar impulso y él veía cómo abría sus fauces para morderle mientras aquella boca inmensa se acercaba para darle un beso con dientes.

Era en ese punto de la pesadilla cuando él se hacía pis en la cama por el miedo incontrolable que sentía, empezaba a llorar y su abuela salía de su habitación de mal humor porque eran las tantas de la madrugada y porque aquello se repetía cada noche.

Refunfuñaba que no tenía por qué hacerse  cargo de aquel niño, que no era cosa suya, que el error era de aquella niña desobediente, pero él no veía a ninguna niña allí. No entendía a su abuela.

Mojado le mandaba sentarse en el silloncito que había en la esquina de la habitación mientras su abuela cambiaba las sábanas, igual que la noche anterior, y la noche antes.

Entonces el abuelo se levantaba y aunque no decía nada Yamal sabía que estaba enfadado, lo veía en su mirada.

El abuelo era un hombre muy serio. La abuela era una mujer que siempre parecía estar enfadada.

Ninguno de los dos, ni el abuelo, ni la abuela le querían allí.

Sólo recordaba haber visto a sus papás cuando aquel perro le mordió, reconoció a su mamá por las fotos que la abuela tenía de ella en el salón, todos los marcos estaban girados contra la pared, como cuando a él le castigaba la señorita en el colegio.

Cuando cumplió los nueve dejó de mearse en la cama.

Papá y mamá empezaron a venir a pasar los veranos, aunque no llegaban juntos.

Le dio la impresión de que la abuela y mamá habían hecho las paces porque las fotos del salón ya no estaban castigadas contra la pared.

Papá le pareció un tipo un poco simplón y poca cosa, mamá era más alta que él, más ancha, como más mujer, sin embargo, él era menudo y flacucho, bajito, y siempre que mamá decía algo papá empezaba a hacerse pequeñito, tanto que casi se hacía del tamaño de él.

Un año mamá volvió a casa de la abuela antes del verano, en semana santa, a Yamal le dio mucha alegría porque podrían celebrar su cumpleaños, pero cuando le creían dormido la abuela y mamá se enzarzaron en una discusión que él pensó que debían estar oyendo todos los vecinos del bloque.

Estaba muerto del miedo.

Nunca había estado delante en una bronca así, porque si discutían la abuela y el abuelo jamás lo hacían delante de él.

La abuela decía que mamá no podía volver a hacer lo mismo, que era una zorra y que a saber si esta vez era del mismo, que lo debería que haber solucionado cuando tuvo oportunidad la primera vez y se habrían ahorrado todos aquellos años de hacer de padres de un niño medio bobo y pusilánime que no paraba de dar problemas.

Mamá le dijo que era una egoísta que no se merecía la familia que tenía y que en muchos sentidos ella le estaba dando.

La abuela le contestó gritando que no pensase que iba a permitirle meter a aquel imbécil en su casa por mucho que fuera el padre de aquel niño.

En medio de aquella discusión sonó un portazo que indicaba que el abuelo había llegado y las pilló discutiendo y le vio a él en el quicio de la puerta de su habitación.

Fue entonces cuando las dos mujeres se dieron cuenta del daño que podían estar haciéndole al niño que ya no era tan niño con diez años y con lo que oía en el colegio habría entendido perfectamente de lo que hablaban.

Cuando sus padres regresaron en verano mamá estaba a punto de traer a su hermanita.

Los niños de su clase se sentían muy celosos por la llegada de sus hermanos pequeños, daba igual si eran niños o niñas, pero él no tenía nada por lo que sentirse celoso, a fin de cuentas, nunca había tenido una familia porque la abuela le mandaba a hacer la compra cuando llegaba del colegio porque así ella podía ir al bingo.

Pero él no tenía nada de la que ponerse celoso porque su madre jamás le había arropado por las noches, nunca le había contado un cuento, nunca le había bañado lavándole su pelo negro, ella jamás había jugado con él a ningún juego que pudiera recordar.

Tampoco recordaba que su padre le hubiera dado un beso jamás o un abrazo, que le hubiera enseñado a atarse los cordones de las zapatillas o a montar en bicicleta.

Llegado el verano sus padres se presentaron en casa de los abuelos y recogieron las dos maletas que tenían preparadas con sus cosas, le llevaron a una casa que olía a humedad, como si fuera un sótano mohoso, pero no lo era.

Estaba en un pueblo a las afueras de la ciudad donde había crecido y no en un barrio como en el que había  estado viviendo toda su vida, para el principio del siguiente curso sus padres le apuntaron al colegio más cercano, iba en bicicleta.

Era una zona rural, con casas que tenían granjas y la mayoría de ellas perros que vigilaban esas granjas.

Cuando Yamal regresaba del colegio uno de los perros de esas casas se tiró hacia la verja y le dio un susto, no oyó el coche que venía desde el otro lado de la esquina y como no manejaba bien la bici se calló justo en la intersección de la calle de su casa y la calle principal del pueblo al que se había mudado con dos desconocidos y un bebé al que le decían que debía llamar hermana.

Mientras el coche colisionaba fracturándole gran parte de los huesos a Yamal no le pasó por su mente una película de su corta vida, sino que vio nítidamente una película de la vida que se iba a perder, vio a la mujer de su vida y como iba a amarle, también vio su propia incapacidad para corresponder a aquel amor puro y sincero porque su madre iba a dedicar el resto de su vida a inculcarle ideas misóginas que estaban destinadas a cargarse esa y las relaciones anteriores que iba a tener de adulto, fue un minuto lleno de contenidos y emociones.

Vio en ese pase de película  todo el odio que su madre sentía por él y los motivos, vio el día de su concepción en el que su madre había salido una noche a bailar con las compañeras de clase a una fiesta del barrio, aún en contra de la opinión de los abuelos, terminó la noche borracha, ligando con tres chicos y se había metido en la parte trasera de un coche con ellos y había fumado un cigarro que le olió muy raro, y que cuando se despertó tenía las bragas rotas y el asiento del coche estaba manchado de sangre.

Jamás contó a nadie lo que había pasado en aquel coche porque no quería que la señalasen de putilla por todo el barrio, por toda la ciudad.

Un mes más tarde cuando su periodo no llegó ella se acostó con su novio del barrio y cuatro meses después las familias acordaron que los casarían y que dejarían sus respectivos institutos para ponerlos a trabajar para mantener al pequeño, ninguna de las familias estaba dispuesta a cargar con los gastos que generaba un bebé y luego un niño.

Fue una película en dos sentidos, intensa, reveladora, que no solamente le rompió los huesos sino también rompió el alma de un niño de once años que no iba a vivir más después de aquel accidente.

Esther oyó un tremendo estruendo cuando iba a preparar la ropa de la colada para tenderla vio el atropello de su hijo desde la ventana, bajó corriendo escaleras abajo porque aún había algo en ella que le decía que el niño no era culpable de venir de donde venía.

Esther era una mala persona, una mujer fría y calculadora como no había otra y era una madre pésima.

Corrió hasta la esquina y tuvo el tiempo justo para ver el último aliento de su hijo escapar, y la última frase que Yamal le dijo fue:

  • Nunca pensé que una madre pudiera odiar a su hijo como tú me odias a mí sólo porque me hicieras en un asiento trasero de un coche y no sepas quién es mi padre porque te violaron porque ibas borracha y puesta.

El conductor del coche fue arrestado por conducción ebria, homicidio imprudente y pasó unos años en la cárcel, y al salir buscó al padre de Yamal quien pensó que quería pedirle disculpas, sin embargo, le repitió aquella frase que había estado impresa en su mente durante años de su vida.

Cuando José escuchó a aquel tipo decir aquellas mamarrachadas pensó que haber matado a su hijo había sido un trauma que no había podido superar, que haber estado encerrado en prisión se había llevado su cordura por delante.

Pensó que no perdía nada por tantear a su mujer y ver si lo que aquel trastornado decía era cierto.

A la hora de la cena José sacó el tema de que era el cumpleaños de Yamal, sacó su partida de nacimiento y le preguntó a Esther delante de Beatriz su segunda hija de cuántas semanas estaba cuando el niño había nacido.

Ella respondió que de treinta y seis, que había sido un poquito prematuro.

José sacó un informe del hospital, había estado rebuscando entre los papeles que ella tenía apilados en el trastero, y la última hoja del hospital ponía claramente que el feto que ella había parido era un niño de cuarenta semanas de embarazo, con un embarazo a término.

Esther se escudó en que esos papeles estarían mal, utilizó excusas, dijo cosas como “antes no se llevaban las cosas del embarazo como ahora” y “vete tú a saber”, pero la reacción que tuvo a tenor de lo que se conocían puso a José sobre la pista de que era cierto lo que aquel tipo que parecía un loco no eran locuras.

Preguntó a su suegra por aquel verano y por aquellas amigas con las que solía salir Esther y ella se acordaba con toda nitidez, del nombre de todas las amigas de las que hablaba José además tenía un anuario del colegio en el que salían todas las compañeras.

Indagó, las localizó y quedó una por una con ellas y finalmente concluyó que Yamal no era su hijo, que había sido todo una obra de teatro que aquella mujer había representado durante años y que la mujer con la que se había casado no la conocía después de tanto tiempo.

Lleno de furia habló con un compañero de clase que trabajaba como taxista y cuya mujer le había engañado con la paternidad de sus hijos, aquel amigo le contó que se había enterado porque no pudo ayudar al mayor en una operación, un simple análisis de sangre fue la luz de alarma.

Con los demás le bastó coger sus cepillos de dientes y llevarlos a un laboratorio para analizar la genética de cada uno de los otros tres niños.

Finalmente, ninguno de los hijos de su amigo resultó ser suyo, demandó a su mujer y logró que le devolviera todo el dinero que él había invertido en la manutención y formación de aquellos a los que había llamado hijos durante años, además se la había condenado a pagar una indemnización porque ella sabía lo que hacía con el primero, lo repitió con el segundo, con el tercero y con un cuarto. El caso había salido en la prensa.

Cuando fueron a hacer la compra José cogió cepillos de dientes para todos y dio el cambiazo, llevó el de Beatriz a un laboratorio genético junto con el suyo y tras unas semanas tuvo los resultados.

Beatriz tampoco era hija suya.

José había estado rechazando desde que regresó ofertas de empleo fuera de la provincia, pero la siguiente que le llegó la aceptó.

Cuando Esther llegó a casa encontró su lado del armario vacío y sobre la mesa una nota escueta que le explicaba que se iba a trabajar fuera, nada mas, también una hoja de un laboratorio que tenía el nombre de su hija y de su marido, pero no entendía nada.

Pero Beatriz con dieciséis le explicó todo porque en biología ya había visto lo suficiente para entender aquellas analíticas y cuando cumplió los dieciocho también  se fue de casa.

Entre lo que sabían los amigos, los familiares el que luego fue el exmarido y la hija aquella mujer nunca tuvo una oportunidad para rehacer su vida y lo único que le quedó fue ver cómo la vida se le iba escapando viendo crecer en redes sociales a sus nietos pero sin que su hija se los dejara conocer.

Dejó de mirar las redes sociales de su hija cuando vio que la comentaba una mujer que decía ser la segunda esposa del que había sido su marido, y él le respondía que era la mujer de su vida, Esther creía que era una foto de su nieto pero era de un hijo de ellos, la rabia consumía todos sus músculos.

METALLICA – Nothing else matters