Al principio dejó de ir a aquel rincón del que estaba enamorada por si se encontraba con su mirada, prefería evitar un incómodo reencuentro y reavivar sus sentimientos, prefería perder lo que aquel lugar le aportaba.

Pero poco a poco dejó de hacer tantas cosas que empezó a olvidarse de sí misma.

Dejar de ir a un rincón fue el primero de una serie de renuncias a las que se auto-sometió porque prefería no ir a sitios donde pudiera encontrarse con la persona que casi la mata y que la justicia había dejado en libertad.

Se negaba a ver que tantas personas no vieran la realidad y que todo aquello estuviera claramente manipulado por el dinero.

Empezó a consumirse sumiéndose en hacer nada.

Se levantaba cada mañana cuando la luz del alba le resultaba insoportable sobre su almohada, deambulaba por su casa perdida entre sus cosas sin desear hacer nada.

Prefería estar encerrada antes de enfrentarse a la posibilidad de encararse a aquella persona que tanto daño le había hecho.

Estaba hundida en el dolor, pero no se regodeaba en él, sólo necesitaba tiempo para que aquella herida dejara de sangrar, y que cuando dejase de hacerlo sabía que estaría hinchada y dolería más aún, entonces sería más sensible a todo, después cabría la posibilidad de que se infectase, pero poco a poco llegaría la dureza que ofrecía una costra que traía la premonición de una cicatriz.

Y una cicatriz sería algo que podría mirar siempre cuando tuviera delante a alguien así que le dijera una frase de dos palabras y ella dudase.

Miraría bien los indicios.

Se olvidó del olvido hasta dejar de recordar a aquel individuo al que no se le podía llamar  persona y que tanto le dañó. 

Entonces algo la sacó de aquel letargo, de aquella situación de metamorfosis en la que se había metido sin saberlo y salió del capullo que le habían impuesto a voces, a hostias, a chantajes.

Salió siendo una mujer mucho más bella que antes, más segura de sí misma, más valiente

El corazón no sabe nada del tiempo y ella no sigue enamorada de él, pero sí de quién era cuando estaba junto a él, cómo se sentía, lo feliz que era y lo intensamente que sentía algunas cosas, pero ya no está esa parte que se murió de ella, murió con él en aquel periodo de metamorfosis.

Esa persona sólo le duele cuando respira y cuando al dormir sueña. 

No puede cargar rencores del pasado porque le pesarían demasiado y sabe que dañan la salud.

Así que vive, sueña, respira, e intenta no volver a aquellos rincones donde fue feliz con él, a cambio de sus intentos tiene su determinación de ser feliz por cuenta propia.

JAMIE N. COMMONS – Lead me home