Miró todo lo que tenía a su alrededor a modo de despedida.

No pudo evitar que se le empañaran los ojos porque por ellos se le desbordaban los sentimientos, pensaba en todas aquellas personas que no estaban en casa, porque ya no la podía llamar hogar desde que hacía unos meses su vida se había vuelto una vorágine.

Desde aquel momento vivía en la  melancolía extrema, sólo era capaz de pensar en su ausencia, la partida de sus seres amados la había sumido en la situación  mas dura que nadie podría enfrentar.

Pensó que generalmente tendemos a  pensar que las personas que queremos estarán ahí siempre, pero la vida es tan mala que nos muestra  un día sin previo aviso que no es así, y sin justificación dejan de estar con nosotros y entonces  eso nos destruye irremisiblemente.

Quizá no nos damos cuenta justo en el momento en el que pasa, quizá no lo acusamos los primeros días o semanas, pero entonces algo pasa que nos lleva a un momento en el que se echa de menos a quien debería haber estado y no está. Y el motivo pasa a ser secundario. Simplemente el dolor por la persona que no está se nos vuelve insufrible, insoportable.

Las lágrimas brotaron pensando que  todas sus batallas perdidas ya no tenían importancia, que las pocas batallas ganadas ya no eran importantes para nadie, y más si no estaban las personas a las que amaba por encima de sí misma.

Se sentó sobre la cama, se miró al espejo del armario, se observó al espejo detenidamente, su figura ya no era la misma, sentada en aquella cama se dio cuenta de que no reconocía como suya la imagen que el espejo le devolvía.

Miró también desde el reflejo del espejo aquella cama, la había heredado  de su abuelo, la había usado cuando estaba casada y la seguía usando después del divorcio.

Miró su reflejo sobre ese espejo que ya no le resultaba familiar, como poco familiar le era el reflejo que le proyectaba la vítrea superficie, se veía muy gorda, a la vez se veía  demacrada y pálida y con las ojeras marcadas, sus ojos denotaban una tristeza extrema, enmarcada en esas sombras que eran sus cuencas oculares, que parecían ser mas profundas y negras ahora.

Antes solía ser una mujer alegre, pero ahora su antigua sonrisa era mas bien una lastimera parodia de un rictus, una caricatura de lo que solía ser.

Donde antes había gracia, ya solo había pesadumbre, y con razón.

Sus ojos se encontraron consigo misma en el espejo y no fue capaz de sostenerse la mirada, a su parodia en el espejo, y le costó un mundo no derrumbarse y volver a echarse a llorar como sólo los críos lloran, de forma compulsiva, sin consuelo, en lugar de eso miró todo lo que había dispuesto en su mesilla.

Tenía todos los medicamentos que había podido reunir, los de dormir, los relajantes musculares, otros que eran para aliviar la tensión, los de la alergia, era verdad que no era una mujer que supiera mucho de medicina, no era enfermera ni médico, pero solía apuntar en cada caja para qué era cada uno.

Cogió  el  vaso de la mesilla y se sirvió un par de dedos de bourbon, dio un trago largo sin paladear el sabor, abriendo como un cañón el paso de la garganta, posó el vaso  en la mesilla se preguntó cómo harían aquello en Hollywood porque lo bebían como si fuera agua, pero qué malo estaba jolines.

Se suponía que aquel brebaje le iba a infundir valor, pero no sentía nada, empezó a abrir un blíster de pastillas tras otro y volvió a coger la botella para rellenar el vaso.

Tenía la mano llena de pastillas, pastillas a montones y de todos los colores, y en la otra el vaso con dos dedos de bourbon, dedicó un último momento a mirarse en el espejo, y se reiteró en su decisión.

Alzó el líquido y brindo consigo misma por todas aquellas personas que tenía en su lista de traidores, tomó un trago, volcó el contenido de la otra mano en su boca echando la cabeza hacia atrás y dio otro trago que ya no le supo tan fuerte.

Dejando que todos aquellos tropezones le bajaran por la gaznate.

Luego posó el vaso sobre la mesilla de noche y tomó una jeringuilla que había preparado junto a todas las demás cosas allí,  abrió su envoltorio, también abrió el envoltorio de la aguja, las colocó para usarlas como tantas veces había visto que se hacía.

Sacó la cánula de la jeringuilla hasta el borde, mas allá de donde los números marcaban el posible contenido de haber estado llena, pero estaba vacía, en realidad estaba llena de aire.

Volvió a llenar el vaso con dos dedos de burbon y  bebió  un trago que paladeó con cierta tranquilidad porque las pastillas empezaban a hacerle efecto, aquel trago hizo  que se le saltaran las lágrimas porque no solía beber alcohol, volvió a poner el vaso sobre la mesilla, desconocía el motivo, pero incluso en este momento el orden era importante para ella.

Apoyó su mano izquierda sobre su rodilla izquierda, y como era diestra con la mano derecha cogió la jeringuilla, nunca le habían gustado mucho, aunque no tenía el pánico irracional que otras personas mostraban al ver una aguja.

Apoyó la punta de la aguja en una protuberancia de su mano que tenía un color azul o verdoso, una vena, y que le daba a sus manos un aspecto como de vieja desde que podía recordar, allí clavó la punta de la aguja como un torero clava sobre el morlaco, sin contemplaciones.

Cual fue su sorpresa cuando la maldita vena se mostró dura como un cable de televisión untado de aceite al que intentase clavarle algo, apoyándose sobre la pared, hundió en su carne la aguja que le  ofrecía  una cierta resistencia pasiva que ella no esperaba.

Le dolía inesperadamente aquel pinchazo, dolía mucho clavar esa aguja, no por lo que implicara, sino por el pinchazo, no era como cuando le habían pinchado para hacer un análisis.

Tuvo un momento de lucidez en el que reflexionó en cómo los drogadictos que se drogaban por la misma vía podían hacer aquello para mantener su vicio, porque eso dolía de una barbaridad.

En aquel momento  le dio un ataque de risa incontenible hasta que en mitad de una carcajada se vio en el espejo y la risotada quedó suspendida en el aire, miró de nuevo la aguja y la jeringuilla, volvió a tocarla como si de una pluma preciosa se tratara, retomó la idea inicial y basculó la jeringuilla en sus dedos, volvió a pinchar en el mismo sitio que la última vez, pero esta vez con decisión, sin tanteando, con ganas, sin miedo, con determinación de marcharse.

Clavó sin miramientos en el punto en el que antes había acertado, y aunque sintió dolor apretó, sin pensar, sólo apretó la aguja contra la vena y apretó el embolo.

Ante su sorpresa e incredulidad la mano empezó a hincharse por donde ella estaba entrando el aire, pero el aire quedaba estancado, simplemente como si estuviera creciendo allí  un esguince. 

Aquella  mano comenzó a tener una pinta muy rara, estrambótica, hinchada, deformada. 

Ella se había imaginado que el aire iba a  discurrir por el canal por el que ella lo iba a introducir hasta su corazón y que éste se pararía, tal como había visto en tantas películas. Que caería recostada en su cama s y las pastillas que había ingerido ayudarían a que no luchara contra el instinto de supervivencia innato que tenemos todos, pero en lugar de eso tenía una mano hinchada como un botijo y le costaba moverse y su cabeza no regía, le dio un segundo ataque de risa y se echó atrás sobre su cama, se acomodó, y pasó de la risa al lloro sobre su almohada.

Lloraba un momento y al siguiente reía, contándole una vez más a su almohada lo estúpida que se sentía, lo inútil que había sido y dejó de hablar porque las medicinas hicieron su efecto y la metieron en una niebla de la que no consiguió salir en dos días.

Cuando despertó miró su teléfono y descubrió que el mundo no la había extrañado, no tenía ni una sola  llamada de teléfono perdida, ni solo un mensaje, tampoco encontró ninguna una carta en su buzón, pensó que no había nada porque ella no era nada para el mundo y debía aceptarlo.

Se sentó a la mesa desayunó como un día cualquiera, planificó su día, reincorporándose a una rutina que le daba de todo menos seguridad porque era falsa.

Al acabar limpió todo, se dio una ducha, se arregló y salió con su mejor sonrisa, y su peor sensación.

Había sido inútil hasta para suicidarse.

DION – Drip drop