Hablaban entre Tiago  y Martina, siempre que hablaban la charla era animada y ella conseguía que se le pasasen todos los males, cuando colgaron  él fue a darse un baño a la playa, mientras braceaba  meditaba sobre cada una de las confidencias que ella le había confiado.

Salió del mar y se dio una ducha después de atravesar la arena, se secó y se fue a casa dando un paseo con la toalla sobre los hombros, una vez en su casa se dio una ducha para quitarse la arena y la sal y se tumbó sobre su cama de matrimonio que paradójicamente usaba él solo, como estaba cansado se quedó adormilado pensando en ella, en Martina y en la duermevela creyó verla entre sus sueños sin estar del todo dormido, aunque no se conocían porque vivían en distintas provincias.

Tenía muy clara su imagen en su retina ya que la había visto en mil fotos en su perfil, era una mujer rubia, de ojos verdes color agua, ojos de mirada profunda, y de pestañas claras, con algunos kilos de más, una Donii como se adoraba en la antigüedad, una mujer de verdad, no una esquelética chavala que parecía tener problemas de fragilidad, con grandes pechos, y ancha caderas.

En su sueño Martina caminaba casi desnuda por el bosque, los retazos de tela que llevaba puestos tapaban estratégicamente lo que deseaba ver y la hacía más deseable, aquel lugar era un bosque alfombrado, con musgo por el suelo que hacía fácil sus gráciles pasos, sus caderas parecían tintinear al ritmo de mariposas que bailaban a su alrededor, la luz parecía jugar con los claroscuros haciendo brillar su sonrisa, los árboles entretejían un maravilloso mapa de luces y claros cayendo en líneas diagonales que parecían querer acariciar sus pies, y dejaban motas de polvo a su alrededor que daban la impresión de  acompañarla también en una danza que era un ritual de seducción como no había visto otro.

Ella caminaba un poco y bailaba otro poco más hasta que se topó con un tronco tumbado que desafiando la gravedad parecía como si estuviera esperándola, como si fuera una media luna hecho a su medida que quisiera acunarla, 

Entonces se vio a sí mismo, apostado sobre un árbol cuyo tronco no podrían abarcar diez hombres de los más altos, estaba contemplando aquel árbol tumbado y hecho únicamente para ella, para aquel cuerpo que tenía, deliciosamente ancho, tierno, grande, aquella  cadera maravillosa, esas nalgas, sus areolas que le invitaban a refugiarse en ellas. Justo en aquel momento Martina se percató de su presencia, parecía que le invitara a sentarse, a tumbarse a su lado, y así lo hizo. 

Tiago se sentó y se tumbó, curiosamente no hablaban, pero había algún tipo de conexión que le decía lo que debía hacer, no se preguntaba qué estaba pasando, era extraño, pero cuanto más inverosímil le resultaba más creíble le parecía.

Martina se sentó, se recostó, apoyó su cabeza sobre el hombro de Tiago y dejó su larga clara melena caer hacia el suelo, hondeando libre con el suave viento que lo mecía, aquel simple gesto hizo a Tiago sentirse más feliz de lo que había sido en toda su vida.

El roce de la piel de Martina era más suave de lo que hubiera podido imaginar, su pelo era algo increíble, sentir su respiración acompasada entre su hombro y su brazo le llenaba de júbilo y le daba esperanzas, sentía cada latido de su corazón y cómo se agitaba por su cercanía.

Pero él no deseaba que aquello fuera así.

Martina se quedó dormida entre sus brazos, sentía su tranquila respiración, poco a poco él también cedió  acunado por el ronroneo que hacían las hojas del árbol.

Algún tiempo más tarde y sin saber cuánto tiempo había pasado sintió que unas finas gotas de agua empapaban su piel y se despertó, se desperezó con apenas un leve movimiento del cuello, y una sonrisa, porque Martina siempre se despertaba sonriendo y feliz, al principio le costaba enfocar la mirada, era la edad que se estaba llevando su agudeza visual,  y lo primero que vio fueron unos cálidos ojos verde grisáceo mirándola, era un lobo, un poco mas atrás había otro, a la derecha otro, y otro más… y otro más…

La  primera reacción de cualquier persona habría sido temer y gritar, o retraerse.

Sin embargo, la reacción de Martina fue sonreír con una tranquilidad pasmosa, y la de los lobos acercarse.

No eran lobos, sino lobas.

Se sentó con una lentitud elegante en el tronco, y estiró la espalda un poco entumecida que hizo que esta crujiera, al moverse Tiago despertó y vio a su admirada Martina que se había desenredado del nudo de brazos y piernas en el que se habían quedado dormidos entrelazados.

Apenas tenía los ojos abiertos cuando vio que ella estaba tendiendo la mano a las lobas, en las que no había reparado hasta ese momento, eran animales impresionantes, inmensas,  se acercaron a ellos y lamieron todas ellas a la vez la mano que Martina había estirado, entonces ella estiró  la otra mano también, ella rio, ellas aullaron, como si fueran un coro, risas y aullidos sonaban tan alto que Tiago se despertó en su cama, se levantó y aterido de frío porque no se había vestido cuando se tumbó sobre la cama  rápidamente se fue al ordenador a contarle a su amiga aquella extraña visión que había tenido en un sueño.

Le llamó, pero ella estaba en línea y ocupada en Skype, así que le mandó un mensaje que le fue respondido en el momento.

  •  Te estaba llamando ahora mismo.

Le comentó que ella había tenido un sueño, aunque no había estado nadando se fue a correr después de hablar con él y tras darse una ducha se quedó dormida en la cama leyendo.

A medida Martina le iba contando el sueño a Tiago éste le terminaba las frases a ella, como estaban viéndose podían estar seguros de que ninguno de los dos le mentía al otro.

Al día siguiente redujeron los mil kilómetros que les separaban para intentar saber el motivo de todas aquellas serendipias que les estaban sucediendo.

Martina era tal como él se la había imaginado.

Tiago tenía unos ojos verdes a juego con los de ella.

Los dos eran valientes que se juntaron para averiguar qué les unía.

LINDSEY STIRLING & PETER HOLLENS – Skyrim