Era especialista en aparentar afecto por aquellos que la vida le iba poniendo delante, pero no sentía nada por nadie que no tuviera un buen fajo de billetes que pudiera comprar su tiempo. 

No había  llegado a los veinticinco años y ya estaba cansada de la vida porque lo había  vivido todo, lo había  visto todo y lo había  probado todo

Con tan pocos años tenía más vida recorrida de la que muchas abuelas llegaron a tener a los seniles ochenta, pero sabía cómo pasar desapercibida entre quienes la rodearan porque no era estridente, aunque su profesión fuera la más antigua del mundo. 

Pasaba desapercibida haciendo lo que hacía entre sus compañeros de clase porque no le interesaba que se supiera a qué se dedicaba.

No era elegante como fémina porque se crio en un hogar roto en el que la pugna por cualquier cosa hizo que se cerrase en sí misma, solamente tenía capacidad para ver que el vil metal era más importante que cualquier otra cosa o persona para ella.

Las enseñanzas que recibió por parte de sus mayores fueron que las cosas daban felicidad y que para obtener cosas debería  ser “una niña” cariñosa con quien la rodeara.

Aún no siendo elegante ni estridente sabía bien cómo atraer a los hombres, porque para ella todos los hombres eran iguales, bajo su hábito todos tenían el mismo badajo.

En el instituto se procuró un tonto al que llamaba novio y continuó con él en la universidad porque así tenía quién la sacara de casa, de las palizas de quien más la debería amar y sin embargo no lo hacía.

Siempre tuvo muy claro el camino a seguir.

Se llevó lejos al tonto Pascual buscándole un trabajo que le distanciara de la familia,  así ella podría hacer los fines de semana lo que le diera la gana en su profesión cuando él no estuviera porque le gusta volver a casa con la familia.

En sus ausencias ella lograba dinero que apartaba para irse en el futuro, algún momento, soñaba con alejarse de todo aquello que la amargaba, su pasado, porque la historia que la rodea desde pequeña es una prisión peligrosa que le tenía encogido  el corazón, lo veía  en la mirada de varias personas que sabían por accidente lo que hacía y la chantajeaban por debajo de la mesa, la sobaban y la mandaban mensajes al teléfono para que cediera a acostarse con quien fuera.

El tiempo discurre más lento para quien espera.

Mientras ella esperaba se desesperaba y conspiraba para  saber qué sabía el pobre tonto y si sabía lo que había, miraba su móvil a hurtadillas, con quién quedaba y si la conocía.

Pensaba lo fácil que era gastar el dinero que le daban y no el que ganaba trabajando en cualquier sitio mientras veía amanecer y atardecer, dinero que tenía que justificar en la casa que compartía con un tipo que era justo devoto de la virgen del puño prieto.

A la vez que escatimaba horas a su trabajo oficial para su otro trabajo, el que tenía  de linaje, pues todas las mujeres que había conocido en su familia se dedicaron a lo mismo, era el trabajo al que su propia madre la metió en cuanto cumplió los trece años y se vieron en la calle, pero los tiempos habían cambiado desde que su madre ejercía, ella era otro tipo de  mujer y se vendía bien, mejor que su madre a la que odiaba y ganaba bastante más, además sabía cómo esconderle a Pascual el dinero, porque manejaba bien el arte de las aplicaciones informáticas como buena milenial.

Al principio le daban asco si eran hombres muy mayores, si no estaban fornidos, si no eran de su gusto físicamente hablando, pero con el tiempo se acostumbró a cerrar los ojos y pensar que estaba con aquel único chico del que se enamoró y solamente piensa en que cuando termine la universidad hará unas prácticas en el extranjero que supondrán su salto a no regresar a esa vida detestable, como ya hizo una hermana materna de la que no ha vio jamás una foto y delante suyo no se hablaba nunca de su hermana perdida, la que se desterró.

Lo tenía todo perfectamente pensado, todo programado, lo tenía casi al alcance de los dedos para marcharse, pagado y mirado, cuando se dio cuenta de que sus modelitos de la primavera anterior no le entraban, fue a pesarse inmediatamente y ya sobre su balanza se relajó porque pesaba lo mismo de siempre, aunque últimamente estaba comiendo a base de caprichos.

Unas semanas más tarde empezó a notar unos extraños movimientos en su tripa y lo achacó a gases, aunque no fuera de ello.

Pero al ir a despedirse de su viejo tío Julio, antes de marchar aquel viejo medio memo le dijo “¿Y para cuándo el bebé, pequeña Lara? Que ya se te nota la panza”.

Lo negó categóricamente frente a su padre y su tío que se reían a carcajadas, pero para cuando llegó a casa su padre ya había felicitado a Pascual y él la esperaba con su tarta favorita, la de avellanas y limonada, porque ahora no iba a poder beber alcohol.

Fingió estar de buen humor y muy feliz, comió tarta y brindó con limonada por aquel bebé que sabía que no iba a tener con aquel imbécil, ¡pero si ni siquiera sabía si era suyo joder!

Al día siguiente se presentó en la consulta del médico y fue a planificación familiar para quitarse “el bulto”, pero tras hacerse las primeras pruebas le dijeron que estaba embarazada de veintinueve semanas, la ginecóloga que la atendió le preguntó que cómo era posible que no se hubiera dado cuenta de que le faltaba el periodo.

A lo que ella respondió que no le había faltado.

Son pocos los casos de embarazos ectópicos, pero se dan más en casos de primerizas como era su caso, le explicó la ginecóloga.

Al saber de su estado el jefe decidió despedirla alegando en su conversación que no era una buena imagen en la empresa una mujer embarazada, pero en el motivo del despido se alegó que venía retrasándose y teniendo una bajada de rendimiento desde hacía ya varios meses, curiosamente desde dos antes de quedarse embarazada.

Su jefe le explicó que si aquel caso llegase a un juez el empresario bien podría alegar que sabía de sus otras actividades extra laborales por algún anuncio, que algún compañero la había pillado, que incluso alguno se había acostado con ella, que la había apercibido, que ella al sentirse descubierta para acallar las habladurías había decidido proponerle por aquel entonces a su novio tener un hijo que reforzara su relación.

Se quedó en casa y ejerciendo de ama de casa, lo cual a sus veintitrés años era lo peor que podría pasarle según ella.

Casi tres meses más tarde nació una preciosa niña, mulata.

Pascual salió como alma que lleva el diablo del paritorio al ver a la niña, morada, la estaban poniendo sobre la barriga de su madre ante el silencio absoluto de todos los allí presentes, la ginecóloga, las enfermeras y el anestesista enmudecieron al salir el cráneo del bebé.

Ante el silencio sepulcral ellos creyeron que algo malo pasaba con ella.

En cuanto Pascual vio a la pequeña comprendió que lo malo que pasaba estaba en los años que había pasado junto a la que creía que era la mujer de su vida, Lara, que de alguna manera que no quería comprender, ni ahora ni en mucho tiempo, los años que había pasado con aquella persona eran años perdidos, que la que yacía allí tumbada era una desconocida.

Llegó a su casa y como si de un tornado se tratase sacó todo lo que era de Lara y de su hija de la que era su casa y lo dejó en el garaje, aquella noche apenas durmió.

Los mensajes de felicitaciones no paraban de llegar, ya llegarían las burlas al día siguiente, no podría superarlo, ser el cornudo cuando le había dado todo a la chica que tenía aquel historial, no entendía cómo había podido…

Al día siguiente bajó al trabajo y se despidió.

Volvió a su casa con intención de desmantelar todo lo que tenía allí y regresar a su pueblo, pero cuando iba a meter algunas cosas de Lara en una caja y el ordenador de ella en el garaje, una notificación apareció en la pantalla y salió todo a la luz, ella cobraba sus servicios por una aplicación y estaba enlazada a una cuenta que él no conocía, tenía en aquel mundo bancario virtual unos cuarenta y ocho mil euros.

Allí vio los pagos de sus clientes, el billete de ida que había comprado a un lugar distinto del que le había dicho que era el de las prácticas de la carrera que le estaba pagando él, ahí fue dónde descubrió que era PUTA, no era una cerda que le hubiera sido infiel con algún negro, ¡no!

Era que tanto lo que decía Lara que  le daba asco su madre, porque había sido una prostituta y el día que había encontrado a su padre la habían tenido por intereses económicos de ella hacia él, si esa niña no hubiera sido mulata él hubiera sido su padre quizás hasta su muerte.

Era tanto lo que Lara decía que odiaba a su madre que siempre la había oído decir que jamás tendría hijos, pero cuando llegó a casa después de cenar y follar le dijo que llevaba una semana sin tomar la píldora y que podrían aprovechar para hacer un pequeño Pascual no la vio venir y echaron otro más porque se emocionó imaginándose de padre.

Viendo aquellos pagos que coincidían con cada fin de semana que él se había ido a ver a su familia, con cada fin de semana que ella le decía que no podría acompañarle porque tenía exámenes, se le nublaba la vista y la razón.

Llamó al dueño de la casa para informarle de que aquel mismo día dejaba la casa y le entregaría las llaves, lo que no le dijo era que él mismo iba a cambiar los bombines de la llave de la entrada principal y la del jardín del chalet que Lara y él habían compartido esos cinco últimos años.

Todavía no estaban prohibidas las quemas de rastrojos, sacó todos los muebles que había pagado mientras estuvo con ella, sacó al garaje todo lo que fuera de ella, dejándolo bien embalado y preparado.

Hizo fotografías de todo porque sabía cómo se las jugaba aquella arpía.

Como tenía pagada la wifi usó antes de salir por la puerta su ordenador para cambiar su contraseña en todo, claves de bancos, correos electrónicos, y cerró todas y cada una de sus redes sociales.

Cuando el fuego estuvo bien apagado, con el coche lleno de sus pocas pertenencias esenciales, algo de ropa, una cámara de fotos, su portátil, su teléfono, unos patines, una tablet, y una bolsa de aseo se puso en camino cerrando la puerta para ir a ver al dueño de aquella casa y decirle que en el garaje estaban las cosas de Lara, el coche y un montón de cajas, que ella vendría a recogerlas en cuanto pudiera.

Paco extrañado le cosió a preguntas, pero él le dijo que le había salido trabajo en Madrid y que diera el contrato por terminado, que le firmase el cese allí mismo que era causa de fuerza mayor y por el bien de todos.

Aquel hombre se atuvo a razones porque ahora ya eran una familia y lo entendía, claro que sí. Firmó y cogió los tres juegos de llaves que le entregaba Pascual, si bien entendió que cuando ella saliera de la maternidad recogería del garaje el coche y lo que allí quedase.

A las siete pasó por una tienda de telefonía y pidió darse de alta en un contrato de telefonía nuevo, porque no deseaba que aquella persona pudiera localizarle por ningún método. También pasó su viejo número a prepago y cambió el mensaje del buzón de voz, el mensaje decía:

“Si llamas para una entrevista de trabajo déjame un correo o tu teléfono  y tu nombre para que te contacte.

Si llamas para cualquier otra cosa no hace falta que dejes ningún mensaje, yo tengo los teléfonos de las personas con las que quiero contactar, he cambiado de número, ya te contactaré”.

Desactivó la mensajería instantánea y la geolocalización de su dispositivo viejo y lo metió en la guantera del coche poniéndolo en silencio.

Había traspasado el dinero de la tipa que le había estafado su vida a su aplicación, y como había sido desde el propio ordenador de ella, con la wifi habitual y con un sistema que no tenía cabida a reclamaciones porque no contemplaban devoluciones no cabría reclamación porque pasaría como un traspaso propio y más siendo pareja, y creyendo todo el mundo que esa niña era suya, si él no la denunciaba ella tampoco, a ver cómo justificaba tener casi cincuenta mil euros sin tener de dónde haberlos sacado.

Fue conduciendo hasta llegar a un pueblecito del sur donde las barquitas se usaban para hacer sardinas a la brasa, se enamoró del espíritu de la gente, la sencillez, lo fácil que era todo allí.

Llegó el segundo verano y conoció a María que bailaba como si volara y follaba como si no hubiera un mañana.

María le dijo que cuando llegara el solsticio de verano iba a comprarse un billete para viajar durante lo que quedase de verano y buena parte del otoño, o qué sabía ella, que lo improvisaría todo, que iba a coger un tren y a conocer toda Europa.

Pascual ya no se llamaba Pascual allí, estaba usando el segundo nombre que le habían puesto sus padres por su abuelo, así se sentía más libre, más fuerte, mejor.

De vez en cuando, cuando tenía que hacer la compra, al aparcar, abría la guantera de su coche y volvía a encender aquel móvil que recargaba con cinco euros dos veces al año y revisaba los mensajes del buzón de voz.

Al principio los mensajes de Lara fueron constantes, pasó de la incredulidad a la rabia, de la rabia a la pena, de la pena al chantaje emocional, del chantaje a la frustración, y por una larga cadena de emociones que, a fin de cuentas, a Pascual, ahora Pedro, le daban absolutamente igual.

Alguna vez entró en su correo electrónico y vio fotos que le había mandado intentando que él se apiadara de ella, de su situación, le contaba que tras su marcha no habían tenido más remedio que regresar a casa de su madre, la madre que ella tanto detestaba, porque no tenía dinero ni posibilidad de trabajar hasta que la niña creciera un poco.

Alguna vez la culpa quiso asaltarle, pero luego pensó en los años que él estuvo a oscuras con ella, en la inopia, viviendo engañado.

Alguna vez el remordimiento quiso llevarle de vuelta con ella, pero entonces recordó cada fin de semana que él se iba a hacer algún trabajo para tener más dinero para su casa mientras ella estaba trabajando como puta, solo para ella y pensando en dejarle atrás tal como descubrió al ver aquel pago de un billete de avión.

Poco a poco los mensajes se fueron espaciando.

Justamente fue a hacer la compra antes de marcharse con María, compró un poco de pan, algo de fruta, ya no comía carne, y algunas semillas, metió todo en el maletero, iba pensando en sus cosas,  cuando se acordó de que quería revisar el viejo teléfono antes de marcharse quería tirarlo al mar o donarlo a alguna asociación, lo sacó y estaba revisando correos aprovechando la wifi de la cafetería cercana cuando sonó.

Casi se le cae de las manos.

Respondió por inercia.

  • ¿Pascual? – Reconocería esa voz en el mismísimo infierno se dijo. – Soy Lara. Por fin te localizo, he estado muy preocupada por ti, sé que la niña no es lo que esperabas, sé que descubriste cosas que te escondía, pero yo todavía te quiero, dime dónde estás y me acerco cari. – Él no podía evitar la añoranza al oírla, pero en aquellos meses la cabeza le había dado mucho de sí para pensar y analizar cada uno de los pasos que ella había dado cuando salían y convivían.
  • Lo siento, Pascual murió, se equivoca. – y colgó.

Pedro y María hicieron un interrail por toda Europa, inicialmente iba a durar un par de meses o tres, pero tiraron de los ahorros de Pedro y viajaron durante un año.

A su regreso se casaron en Algeciras de donde era la familia de María, él invitó a toda su familia a condición de que no dijeran nada en el pueblo para que no le llegara nada a la loca de Lara.

Cuando Lara se enteró de su felicidad tuvo que ser atendida de un ataque de ansiedad, cada vez que tenía noticias de lo bien que la vida le trataba volvía a tener un ataque, pasó su vida entrando y saliendo de la quinta planta del hospital, la planta de psiquiatría.

PHIL COLLINS – A groovy kind of love