Willy tenía  dieciocho años cuando decidió estudiar informática porque le apasionaban los ordenadores y, desde que cogió el de su hermano mayor con doce años y se lo arregló todos descubrieron que tenía magia en los dedos para manejarlos, “era como si tuviera un don para aquellos cacharros” decían sus padres.

Vivían en Canarias desde siempre, aunque su padre decía que algún ascendente nórdico había en la familia porque eran por parte de su familia todos rubios.

Fue en su fiesta de final de curso del primer año de la Formación Profesional en una de las discotecas de mayor renombre de la isla cuando se quedó prendado de aquella chica, era rubia, alta, esbelta, pero su piel estaba tostada como la suya, sus ojos eran una mezcla perfecta entre el azul del mar y el verde de las montañas. 

Eran como el agua turquesa de las playas allí.

No pudo evitar fijarse en  sus labios con forma carnosa, rosados que también le sonreían desde la barra entre sus amigas.

Aunque era un chiquillo tímido resolvió cruzar la pista de baile y tratar de hablar con ella, ante las carcajadas del grupo de amigas que le acompañaban se sintió ridículo cuando comprendió que eran turistas alemanas.

Willy no sabía hablar alemán, pero sí sabía hablar inglés y como de verdad se sentía deslumbrado por aquella belleza quiso intentarlo otra vez, pero en inglés, esa vez las risas cesaron y Mona accedió a bailar con él.

Bailaron hasta que pusieron las canciones lentas, entre compases se fueron presentando, él cuando terminase de estudiar empezaría unas prácticas en una empresa y ella empezaba a estudiar derecho en Múnich.

Cuando la discoteca cerró Willy se ofreció para acompañar a Mona hasta su hotel, al llegar a la puerta se despidieron con un suave beso en los labios, algo inocente que sin embargo selló los sentimientos que habían nacido dentro de su corazón, él se sentía enamorado hasta los tuétanos.

Mona y Willy se vieron cada día de aquellas vacaciones que ella había ido a pasar a Canarias, él se acomodó a la agenda que ella tenía, disfrutaron de unos días perfectos en los que Willy empezó a chapurrear alemán, era un chico inteligente que aprendía rápido, eso sorprendió gratamente a Mona.

El día que tuvo que acompañar a la que ya veía como su novia al aeropuerto, pensó que la mitad de su alma se iba en aquel avión, sabía que habían pasado solamente diez días juntos, pero en esos días le habían parecido que sus almas se habían soldado, unidas como si fueran parte de un todo, eran como piezas de puzzle que encajasen perfectamente, sabía que Mona era su alma gemela, pero Alemania estaba muy lejos.

Willy se decía a sí mismo que nunca había sido una naranja, y mucho menos una naranja cortada por la mitad, pero viendo a Mona caminando por el pasillo del aeropuerto se dijo a sí mismo que aquella chica llegaría a ser la mujer que era ya su media naranja, y se prometió ante el reflejo del gran ventanal que iba a casarse con ella, tardase lo que tardase, pero la vería caminar de vuelta para casarse con ella, llevando el vestido más bello del mundo que hiciera justicia a su belleza.

Pasó el verano bajando a la playa a jugar al voleibol con los amigos de clase, jugando a la consola por las tardes, haciendo deporte y después de cenar le escribía cartas a Mona.

Ella por su parte viajó de la casa de la ciudad a la casa de sus abuelos en el campo, lejos de sus padres, era una villa donde no hacía tanto calor le decía su padre, ella estaba enfadada con él porque sabía que le era infiel a su madre, cuando tenía 14 años le había pillado una mañana saliendo de un coche que no era el suyo y entrando en un hotel, iba muy acaramelado con una pelirroja que desde luego no era su madre.

No podía decírselo porque ella no debería haber estado fuera del carísimo colegio que sus padres le pagaban, aquello le parecía asqueroso.

También pensó en los pros y los contras de llegar a casa y soltar durante la cena que había visto a papá besándose con una mujer al salir de un coche para entrar en un hotel, con lo que aquello indicaba implícitamente.

A su edad nunca había cambiado de colegio, sus amigas siempre habían sido las mismas desde el kínder (la guardería), y muchas de ellas habían pasado por la dura experiencia de un divorcio en casa, sabía cómo era estar en un colegio y que los compañeros se rieran de ellas por lo que fuera que pasase en casa, daba igual qué fuera.

Al regresar aquel año a sus estudios se aplicó más a los libros y dejó de lado aquel comportamiento que había entendido que no beneficiaría en nada a su futuro, se volvió más racional, fría, calculadora, empezó por dejar de ser una adolescente en ciernes y de pedir permiso a sus padres para  salir todos los fines de semana con las amigas para aplicarse en los estudios.

Empezó también a ser metódica con la alimentación y a hacer deporte.

Cuando hizo aquel viaje en el que conoció a Willy era la mejor de su promoción y de su colegio.

Pasó el verano leyendo aquellas cartas, le parecía un chico tierno, estaba claro que se había enamorado de ella, era inteligente, se estaba preparando para trabajar en algo que estaba relacionado con la informática y no le pareció mal responder a sus misivas.

Montaba a caballo en la finca de su abuelo, aprendía a hacer tartas con su abuela, allí podía seguir haciendo muchas de las actividades deportivas que le gustaban, nadaba en el lago de Gelterswoog que estaba muy cerca, y sonreía recordando cómo eran las Canarias cuando leía las cartas de Willy.

El poder de soñar es lo más grande que tiene la mente humana.

Durante aquel verano Mona soñó y visualizó su vida de adulta siendo libre.

Pero no sabía si quería una vida en soledad, se planteaba si quería encontrar algún hombre con el que compartir su vida, la soledad que sentía en aquel momento era terrible, comía su alma como una gran nada que lo dejara todo vacío y negro, era como ver el espacio sin estrellas.

Pasaron un par de años y seguían en la misma situación, escribiéndose tres o cuatro cartas semanales, cartas en las que se contaban sus días, se contaban cómo avanzaban los estudios, los deportes que les gustaban practicar, quiénes eran sus amigos y si salían a algún sitio, se contaban cuáles eran sus grupos favoritos de música.

Incluso Willy le mandaba casettes grabadas de la radio con canciones románticas que le dedicaba, pero Mona pensaba, dentro de su inocencia, que eran canciones que le gustaban simplemente porque estaba muy centrada en sus estudios.

A Willy le gustaba ir de acampada, en realidad no tenía dinero para viajar y, acampar era lo que se podía permitir con su sueldo si quería ahorrar para viajar a Alemania, así que le mandaba fotos con su cámara Polaroid cuando iba de acampada con su grupo de amigos.

Como la familia de Mona tenía mayor capacidad económica ella viajaba a varios lugares al año y le mandaba postales de sus viajes a Willy, o fotos de lugares emblemáticos en los que salía ella, como ella posando haciendo muecas con la Torre de Pisa detrás, o la Torre Eiffel detrás, también le mandó una foto haciendo el pino en la Plaza de España de Sevilla, le dijo que como no tenía ninguna ciudad en la que fotografiarse pues hacía el pino, ella ya sabía que todo el mundo se hacía la pertinente foto en el banco con el nombre de su ciudad y así resolvió su falta de ciudadanía española.

Terminado el verano cada uno en su mundo se incorporó a su vida cotidiana, Willy había pasado de estudiante a adulto y empezó a trabajar y Mona como universitaria, pero continuaron con sus cartas, en ellas se iban contando lo que les pasaba en el día a día, como siempre.

Desnudaban sus almas.

Los años iban pasando, corrían más bien, Willy mantenía vivo el calor de aquel beso en su corazón, pero Mona mantenía las distancias mientras estudiaba duramente.

Hubo un año que Willy había ahorrado bastante dinero para ir a Múnich a verla cuando recibió una carta de Mona que decía que estaba ilusionada con un compañero de clase, que era muy guapo, muy listo, y que llevaban unos meses saliendo.

Willy viajó a conocer las cataratas de Iguazú, le pareció muy poético, su corazón lloraba un poquito menos que aquellas cataratas y él se veía ya dividido entre España y Alemania por aquel amor, pero ella estaba saliendo con otro, había estado años escribiendo a una chica por diez días que había compartido con ella,  pensando que ella albergaría los mismos sentimientos, qué idiota se sentía.

A su regreso de aquel viaje decidió que debería hacer vida de un chico de su edad, no la de un monje ermitaño, encerrándose a la espera de que una chica que vivía a miles de kilómetros se diera cuenta de que él la amaba porque creía en el amor a primera vista.

Dejó la rutina de escribir a Mona tres veces por semana y empezó a salir con los compañeros del trabajo y los de clase cuando le llamaban, también se apuntó a clases de buceo y al gimnasio.

Mona de vez en cuando le escribía, le hablaba de sus cosas, le contaba de sus problemas y sus progresos en la universidad, también mencionaba a Hans, aquel novio que aún sin conocerle él detestaba.

Willy por su parte respondía a cada carta intentando no dejar traslucir su dolor, que no se notase que se sentía traicionado, pero no iniciaba una cadena de cartas por su parte.

La situación cambió cuando la empresa en la que trabajaba Willy cerró su sede de Canarias y ofreció un traslado a sus trabajadores a la oficina de Madrid, algunos eligieron quedarse, pero él lo vio como una oportunidad para cambiar, mejorar, ascender, para cambiar de aires.

Se mudó a Madrid con una maleta en la que llevaba dos vaqueros, dos polos, dos camisas, unas mudas y su portátil.

Había escaneado las cartas, las postales y las fotos de Mona para meterlas en el disco duro de su ordenador antes de meterlas en un escondite que tenía para que no las leyera su madre, pero sobre todo su hermano que le veía muy capaz de coger la dirección y suplantarle escribiendo a Mona.

La nueva oficina estaba en la zona oeste de la capital y para ahorrar tiempo y dinero en desplazamientos buscó un piso compartido en las cercanías a la oficina, ante todo Willy era pragmático.

Le habían dado unas semanas para el traslado, y las usó para buscar piso, pero para comenzar cogió un piso compartido, buscó un gimnasio cercano, aprovechó para conocer la ciudad, ver qué parques tenía cerca para ir a correr antes de ir al trabajo, y hacerse a la idea de cómo iba a ser su día a día antes de empezar a trabajar.

Cuando se incorporó los compañeros fueron amables y cordiales, le acogieron muy bien, en unos meses estaba perfectamente integrado con todos y en un par de años le habían ascendido a jefe de departamento.

En dos años más se mudó a un apartamento, la casa compartida no era para él, allí cada uno llevaba sus horarios, no se respetaban las circunstancias de los demás, sus compañeros de piso solían llegar a casa cualquier día entre semana a las tantas, borrachos y con gente, eso le perjudicaba, y aún así había logrado aquel ascenso.

Las cartas entre Mona y Willy se habían limitado a las felicitaciones de sus respectivos cumpleaños, los christmas por navidades, y alguna más para compartir fotos de verano, de Halloween y poco más, habían pasado de una carta cada uno cada tres días a apenas media docena.

Willy no le había contado a Mona nada sobre su traslado desde Canarias a la península, había concertado con su madre que le mandaría la correspondencia a la oficina porque en su casa él no estaría la mayoría del tiempo y que él a su vez le mandaría algunas cartas para que mandase desde allí; cuando su  madre quiso preguntar y él levantó la mano con el mismo gesto que su solía usar su padre para zanjar un tema que daba por terminado, la mujer sonrió entendiendo que su hijo se había hecho un hombre, digno hijo de su padre que la hacía reír con aquel gesto heredado.

En Madrid Willy se organizaba muy bien en su apartamento de soltero, había aprendido a hacer cosas que antes hacía su madre, cocinaba, limpiaba, planchaba, llevaba la logística de la casa, a la vez que trabajaba, hacía deporte, salía con amigos, tenía una vida sana y saludable.

Mientras a kilómetros Mona había terminado su carrera de derecho con notas excepcionales, tanto que sus profesores la propusieron para una beca de Legislación Europea durante un año en Madrid en un centro universitario que a sus padres les saldría más barato que si lo estudiase en Múnich.

Ella ya tenía una edad en la que sentía que quería volar, ya no era aquella adolescente que vio a su padre magrearse con otra mujer que no era su madre, le resultaba insoportable mantenerse bajo el mismo techo que ellos porque sospechaba que su madre toleraba lo que él hacía y creía que ella era la causa.

Llegó a Madrid con muchas cosas, una gran maleta con todo tipo de ropa y calzado, creía que en un año podría darse la situación de tener que asistir a distintos tipos de eventos.

Llevaba otra maleta en la que llevaba un ordenador, una tablet, y otros aparatos que pensaba que necesitaría, había pasado todo el verano pasando sus libros y sus apuntes de derecho a PDF, así evitaría llevar peso y ocupar espacio en un apartamento compartido, ella no estaba acostumbrada a tener poco espacio y mucho menos a compartirlo.

Había una empresa que se encargaba de todo, localizar un alojamiento, el centro en el que iba a estudiar y una empresa en la que iba a hacer las prácticas.

Le facilitaron todo lo relacionado con su estancia allí, pero ella prefería ir por libre, enseguida buscó un trabajo para los fines de semana en una discoteca.

Hacer algo externo a su beca le daba independencia, no solamente de la universidad, sino también del dinero que  sus padres le mandaban, así conocía a más gente, y tener un dinero extra le hacía sentirse realizada.

Mona estaba a tope de trabajo en su día a día, por la mañana se levantaba a las seis para salir a correr, se duchaba, desayunaba y se vestía para ir a clase, volvía a su apartamento a comer, se cambiaba de ropa para  ir a un bufete durante la tarde, era un despacho de abogados de renombre en el centro de la capital.

A mediados del mes de octubre su jefe, Manuel, le dijo que iba a ser la encargada de las barras de la discoteca porque desde que llegó en agosto había sido muy eficiente cerrando cajas, que su forma de trabajar animando a los clientes con las copas, porque les decía que les pondría un chupito al pedir la segunda ronda, con esa medida hacía que no se fueran a otro sitio.

Ninguna otra camarera había tenido iniciativa.

Ella se llevaba bien con todas sus compañeras, era dinámica, bailaba toda la noche en la barra lo cual resultaba algo muy atractivo para los chicos que iban por allí, y curiosamente las chicas no sentían rechazo hacia ella, sonreía  a todos mientras atendía, pero no se enrollaba con nadie, sabía cómo mantener la tensión sexual para que se quedasen.

Estaba muy contenta con su ascenso,  el jefe le pidió ideas para la fiesta de Halloween y ella le dijo que cuánto tenía de presupuesto para hacer algo que tenía en mente si confiaba en ella, ante aquella sonrisa él quedó desarmado y le dio dinero. Llamó al resto de compañeras y se fueron de compras, unas cuantas cosas que nadie entendía y el martes en lugar de ir a correr abrió el local a las seis con otras tres de las chicas.

Cuando su jefe lo vio pensó que era imposible que con diez mil pesetas se hubiera podido hacer todo aquello, pero Mona le entregó el ticket y la vuelta, no había gastado ni la mitad, allí había telas de araña que habían hecho con cola, arañas enganchadas por todo el local, fantasmas, calaveras, todo tipo de utilería que cualquier teatro envidiaría.

Las expresiones de los clientes la noche de Halloween recompensaron el trabajo y el tiempo dedicado.

Mona había invitado a todos sus compañeros de clase y al profesorado, también a sus compañeros del bufete y fue un éxito que ayudó a que la vieran y valorasen más, su lado comercial era un valor en alza.

Su creatividad también era algo más a tener muy en cuenta, tanto por los profesores, como por los profesionales para los que la tenían que valorar en el curso.

Había preparado una sorpresa para todos aquellos que estaban allí.

Estaba compinchada con todas sus compañeras que llevaban unas semanas ensayando una versión a la madrileña de El Bar Coyote, le hizo una señal al  DJ para  que pusiera la canción y todas las camareras se subieron a la barra e hicieron su número entre los anonadados clientes que estaban disfrazados.

Uno de esos clientes era Willy.

Nunca la habría visto entre tanta gente, jamás la habría reconocido con lo lleno que estaba el local si no hubiera subido a aquella barra a bailar, pero cuando el DJ paró la música, bajó la intensidad de la iluminación para subirla únicamente en la barra principal no pudo quitar sus ojos de ella, como la primera vez que se vieron hacía ya tantos años en una discoteca en Canarias.

Ver a Mona bajo la luz de los focos bailando, como si fuera una cantante famosa en uno de sus vídeos, verla otra vez en Madrid, dónde menos cabría esperársela, verla sonreír, bailar, reír, feliz, haciendo aquella coreografía al compás de la música y de otras cuatro chicas le hizo recordar de golpe todos sus sentimientos.

Se quedó petrificado.

Era el único ser de toda la sala que no se movía.

Indemne a los empellones de los que se movían al son de la canción.

Tenía la mirada fija en Mona.

La sorpresa era tal que no dejaba que se moviera.

Mona estaba absolutamente concentrada en la canción, los pasos, ir al ritmo de sus compañeras, dar un paso tres centímetros fuera de lo planeado supondría para ellas caer dentro o fuera de la barra, y no sabía qué era peor.

La gente tras el numerito estaba enfervorizada, querían copas, chupitos, cervezas, querían su teléfono o mejor su email, pero ella sólo quería hacer un pis, un minuto de tranquilidad en el baño.

Cuando salió se encontró con una larga cola de chicos esperándola con los más variopintos disfraces animales, caballeros, pintores, policías, médicos, y todos con una temática común: el terror.

Como pudo se abrió paso entre la multitud  para llegar a la barra y seguir trabajando. Aquella noche al hacer caja le dijo a su jefe que en el almacén haría bien en poner un servicio para el personal, se ahorraría horas en idas y venidas, su jefe quedó fascinado con lo efectiva que era aquella chavala.

Cuando iba a salir eran las seis de la mañana, pensaba que unos días a la semana se levantaba a esas horas y otros desayunaba al amanecer con las compañeras y los de seguridad del local para irse a su apartamento cuando le vio, apoyado en un coche, le reconoció al momento, pero se dijo a sí misma que era imposible que aquel chaval de las vacaciones de hacía años fuera aquel hombre que tenía delante.

Ya no era aquel muchacho que ella recordaba, era todo un hombre, podía ver la transformación que los años le habían conferido, antes era un chiquillo imberbe y ahora podía ver algo de sombra donde la pelusilla de la barba en su cara debía estar, cuando se conocieron era un chico delgado y ahora los músculos se adivinaban bajo la camiseta negra ajustada que llevaba.

Willy tomó una bocanada de aire, intentando infundirse fuerzas y dejar la timidez a un lado, se levantó pensando que le flojearían las rodillas y que sus piernas iban a ser como gominolas, sin embargo, cada paso que le acercaba a ella le infundía un valor que no sabía que tenía.

Estaba a punto de abrir la boca cuando la puerta de la discoteca se abrió y salieron media docena de chicas y cuatro maromos de anchas espaldas hicieron que enmudeciera, Mona se giró y les dijo que esa mañana pasaba de desayunar, que estaba demasiado cansada, uno por uno la abrazaron y besaron, le felicitaron por sus ideas y el trabajo que había hecho ante la perplejidad de Willy.

Ella iba disfrazada de vaquera, vaqueros oscuros ceñidos, camisa vaquera entallada con botones de turquesas, la llevaba atada a la altura de las costillas, dejando a la visita su vientre y haciéndola más atractiva si cabía, llevaba  botas altas de cuero con puntera y tacón cubano, adornadas con turquesas engastadas en los laterales externos, la altura de las botas hacía que su trasero quedase visualmente más ancho, y no era una mujer sin curvas, más bien todo lo contrario, era una mujer bien proporcionada que había combinado ropa normal para hacerse un buen disfraz un gorro de cowboy que en la banda llevaba turquesas, y a juego llevaba un cinturón de cuero con más turquesas y una hebilla tremenda que hacía que la mirada se centrase en su ombligo, como para no fijarse en ella se dijo al verla a la luz del día.

Él iba disfrazado de submarinista, pero sin traje de neopreno, se había puesto las mallas de correr en invierno, una camiseta ceñida de color negro, y para completar aquel no-disfraz a un cinturón de uno de sus trajes normalitos de color negro les había hecho unas pesas en cartón,  unas aletas,  unas gafas con su snorkel.

Se miraron y una carcajada surgió con toda naturalidad y se fundieron en un abrazo que duró más de lo que dura un abrazo normal, él cerró los ojos y disfrutó de su olor, la estrechaba entre sus brazos firmemente, tanto que a ella le hizo sentir algo que no había sentido antes, con nadie, y terminó por separarse cuando notó que algo crecía entre los dos.

Ella propuso ir a desayunar, él quería saberlo todo de ella y a su vez ella quería saber cómo era que su amigo estaba en Madrid.

Entraron en un bar, se sentaron en una mesa apartada y ella pidió comida que Willy pensó que no cabría en tres chicas como ella, pero se lo terminó todo.

Mientras desayunaban se pusieron al día en sus aventuras de los últimos años, Mona había dejado a Hans porque le había pillado con una prima un verano en él que viajó a la casa de su familia y ella fue para darle una sorpresa, resultó que su novio y la prima mantenían una relación que ella catalogaba de incestuosa.

Mona siempre había tenido una idea muy clara del tipo de hombre que buscaba para una relación y qué quería que cumpliera ese hombre para casarse, porque pese a haber visto cómo era la unión que mantenían sus padres ella aún creía en el matrimonio.

Willy le contó que había salido con alguna que otra chica, una compañera de trabajo, alguna otra que había conocido casualmente, un compañero incluso le había montado una cita a ciegas con la hermana de su mujer, pero él no había olvidado a la mujer de la que se había enamorado cuando era un chiquillo, le confesó bajando la mirada.

La conversación había sido distendida hasta ese momento, Mona ató cabos, el amor de juventud, el amor de la inocencia, el primer amor, el amor platónico del que él hablaba era ella, allí tenía ella al hombre que soñaba, al que en su mente había diseñado.

Metió  sus labios hacia dentro ayudándose de los dientes,  era un gesto que ya aprendería Willy que era típico de ella cuando pensaba, y sonrió.

Le dijo que se les había pasado buena parte de la mañana del domingo allí charlando y que si le parecía bien se acercaba a su casa para darse una ducha, que su casa estaba allí cerca y podrían ir al rastro a dar una vuelta, Willy quedó perplejo ante la posibilidad de seguir disfrutando un rato más de su compañía.

Acordaron verse en una hora en la puerta de la discoteca y viendo que ambos que eran prácticamente vecinos estaba encantado, en el breve viaje de metro ella apoyó la cabeza sobre el hombro de él.

Caminaron por las calles del rastro madrileño, se compraron una camiseta de Los Ramones para los dos, estuvieron de tapas en varios bares, pedían cerveza y Mona le soplaba la espuma a Willy y estallaban en carcajadas.

Willy la llevó a comer caracoles en un bar que ella no conocía y aunque pensó que le iban a dar mucho asco los probó y contra todo pronóstico le encantaron.

Se rieron comiendo pimientos del padrón, intentando adivinar cuál picaría y cuál no.

Aunque el uno no sabía lo que pensaba el otro, los dos pensaban lo mismo, que no recordaban cuándo habían sido tan felices con cosas tan sencillas.

Entre el trabajo de él como jefe de departamento y todas las responsabilidades que eso suponía, entre los estudios de ella por la mañana, el trabajo como becaria por la tarde y el trabajo como encargada los fines de semana apenas les quedaba tiempo para verse, pero eran muy ingeniosos a la hora de encontrar tiempo para quedar.

Empezaron a salir a correr juntos cada mañana por el barrio a las seis.

Comían de lunes a viernes en el mismo restaurante para compartir un rato y contarse qué tal su día.

Establecer una rutina entre ellos dos hizo que ella afianzara la idea de que él era el hombre que podría ser el idóneo, y más cuando él no presionaba para llevarla a la cama, había besos, había roces, pero dejaba que la iniciativa fuera suya, los tiempos los marcaba ella.

Cuánto más le conocía más se forjaba en su mente la idea de que era ese hombre.

En navidades Mona dijo a Manuel, su jefe de la discoteca, que iba a marchar a casa, pero no tenía intención de volver a aquel hogar que le parecía lúgubre y triste, para pretender que no sabía nada, reencontrarse con la gente de siempre cuando allí tenía un mundo nuevo que le parecía tan alegre.

Tenía vacaciones en el despacho, así que tenía unos días libres igual que él.

Le preguntó a Willy qué tenía pensado para aquellas fiestas y dedujo que él tampoco tenía muchas ganas de volver a casa, en ese momento ella sacó las reservas que había hecho para ir a un hotel en Andorra y él pensó que no se podía amar más a una mujer.

Viajaron en su viejo Renault, Mona ya se había sacado el carné de conducir español y se turnaron al volante; un rato cantaban, otro charlaban, al siguiente iban contando chistes en un concurso de ver cuál era el más gracioso.

Fue en aquel viaje cuando hicieron el amor por primera vez.

Ella había cuidado que todos los detalles fueran perfectos.

La habitación era muy espaciosa, tenía un gran ventanal en forma de U que les permitía ver las puestas de sol como los amaneceres, el baño tenía una ducha y también un jacuzzi, era una bañera en la que cabían los dos.

El hotel estaba emplazado en una zona de esquí y rodeado de las mejores tiendas y discotecas de todo el Principado.

Hacer el amor con Mona fue para Willy como estar suspendido en las nubes, descubrió la ingravidez, y ella descubrió que hasta aquel momento había estado retrayéndose en el aspecto sexual, que era multiorgásmica.

A los dos meses de regresar de su viaje a Andorra Willy haciendo gala de su pragmatismo le propuso que vivieran juntos y ella aceptó.

Junio llegó en un suspiro y las notas de Mona fueron excelentes, tanto que le ofrecieron un puesto para que continuara en el bufete, uno de los socios le explicó que en algo más de una década podría verse como socia, Mona aceptó a condición de que le permitieran ir una semana a Alemania a arreglar ciertas cosas, documentación, situación familiar, etc., a lo cual el pleno de los socios estuvo de acuerdo porque les pareció razonable y comprensible.

Mona viajó alegando ante Willy que tenía a su madre enferma, pero en realidad estuvo allí arreglando papeles para su doble nacionalidad, visitó a sus padres y les informó de su decisión de no regresar a casa, ni a Alemania, iba a quedarse en España, se iba a casar con alguien especial que había conocido hacía años.

Sus padres no entendían nada.

No alcanzaban a comprender aquel odio, su frialdad.

Marchó dándoles un correo electrónico y al darle un abrazo a su madre le dijo que se liberase de aquel hombre que le ponía los cuernos.

La mirada de su madre indicaba, tal como ella sospechaba, que ya lo sabía y la rabia que había en sus ojos denotaba que una vez que las palabras habían sido pronunciadas todo se había roto.

La mirada de su padre reflejaba cómo el castillo que llevaban años manteniendo en el aire se había desmoronado por una frase suya.

Algunas personas creen que las cosas no existen si no se verbalizan, pero una vez que se dicen empiezan a existir.

Lloró durante todo el vuelo de vuelta y cuando llegó al aeropuerto se maquilló para que Willy no notase nada, pero no contaba con que el amor conoce a la persona amada más que uno se conoce a sí mismo y nada más verla identificó que algo iba mal.

Tan  pronto como ella  llegó a su altura metió la mano en el bolsillo y sacó la caja que había comprado al volver del viaje de Andorra, creía que los días que habían estado separados en este viaje le había dado la oportunidad de darse cuenta de que no era un amor cualquiera, era el amor definitivo, quería pasar con ella el resto de su vida, así que allí mismo en el aeropuerto se  puso de rodillas, no le importó toda la agente que llegaba en el mismo vuelo y le miraba, no le importó la gente que esperaba ansiosa por sus seres queridos, cuando Mona estuvo frente a él abrió la caja para que viera lo que contenía y le pidió en un alemán impoluto si deseaba compartir el resto de su vida con un compañero de viaje que se esforzaría por ser la  mejor versión de sí mismo que pudiera imaginar.

Ella sonreía, pero su mirada hablaba de su sorpresa y de una tristeza que él no alcanzaba a imaginar.

Tenía a un montón de personas pendientes de su respuesta, pero ella no era mujer que le importase la gente, y menos que fuera a tomar una decisión tan importante por la presencia de la gente.

Vio en un ráfaga una vida en soledad, éxito, se vio como abogada y socia del bufete, se vio viajando tanto como su trabajo se lo permitiera y se planteó otra vida junto a aquel hombre que la amaba, la llevaba a un clímax que no había soñado que existiera antes, que le demostraba que era confiable, y con el que podía hablar de todos sus sentimientos, un hombre que no solamente era su novio sino que también era su mejor amigo.

Fueron pensamientos fugaces que pasaron por su mente en apenas unos segundos.

Se agachó y besó a Willy, le tomó por los codos haciendo que se levantara, cogió el anillo y se lo puso volviendo a besar a su hombre.

No hicieron falta palabras.

La gente que les rodeaba rompió en ovaciones y aplausos.

Cuando se reincorporó al bufete, ya como trabajadora y no como estudiante becada, todo el mundo se fijó en el precioso anillo de platino y diamantes que llevaba, todos la felicitaron.

Era un solitario con un diamante inmenso y en el cuerpo del anillo tenía varios diamantes más que iban de más grandes a más pequeños, Willy le explicó que había elegido aquel en  la tienda de Tiffany porque cada diamante representaba cada año que se habían estado escribiendo, años en los que habían ido menguando, pero gracias a aquel reencuentro habían empezado a agrandar hasta culminar su amor en matrimonio.

Mona pensó que era el anillo perfecto, el hombre perfecto y el amor perfecto.

Sin embargo, cuando Willy regresó a la oficina el regalo que Mona le había hecho por su compromiso no había llamado tanto la atención entre sus compañeros como el de Mona, era un reloj de una firma muy exclusiva Jaeger  LeCoultre, ella era tan cuadriculada que había hecho un cálculo de lo que había costado el anillo y compró un regalo por un valor semejante al de su regalo de pedida.

Hicieron una fiesta de compromiso a la que invitaron a amigos y compañeros de trabajo, fue en la discoteca donde ella trabajaba los fines de semana.

En algún momento de la noche ella fue al baño y estando dentro escuchó como varias chicas comentaban lo extraño que era que ninguno de los invitados fuera de ninguna de las familias.

Salió del baño y con la templanza nórdica que le había enseñado su madre se presentó solicitando los nombres de aquellas chicas y les explicó que sus padres estaban en aquel momento en un crucero por Los Fiordos y su hermano estaba en Nueva York y dado lo repentino del compromiso no le había dado tiempo a viajar, eso con respecto a su familia, y con respecto a la familia de Willy deberían de preguntarle a él, pero quizás era un tema demasiado personal como para hablarlo en un sórdido baño de una discoteca y menos con gente que no tenía la valentía de pedir explicaciones de frente sino que lanzaban habladurías cobardemente por la espalda tras haberse puesto unos tiros en la fiesta a la que habían sido invitadas.

Cuando iban a negarlo una de ellas puso el dedo sobre sus labios haciendo el gesto de silencio y un mutismo invadió el baño y en ese momento otra mujer entró, cosa que aprovechó Mona para marcharse.

Se casarían un verano más tarde.

Aquellas arpías no estarían entre las invitadas. De hecho, ni trabajaban ya en las empresas, fuera la de él o la de ella, qué más daba.

Mona le explicó la situación y fue Willy el que tomó la decisión, aunque no estuvieran muy unidos a sus familias y no hablaran mucho del tema había que mantener una imagen de cara al exterior.

Ella aprovechó la circunstancia para explicarle cómo había sido el matrimonio de sus padres, que nunca los había visto ser cariñosos, que jamás los vio darse un beso o un abrazo, tener una palabra de aliento y que por lo tanto ella si iba a dar ese paso con él quería tener la absoluta certeza de que él era el hombre adecuado y ella la única mujer para él.

Le contó cómo fue aquel día que con catorce años se había escaqueado del colegio y vio a su padre, pero no se lo contó a nadie, porque era más importante su posición social en el colegio y que no empezasen una guerra por posesiones.

Por eso le presentaba un convenio prematrimonial que quería que se firmase ante notario y antes de la celebración de su matrimonio, él la tenía por una mujer organizada, que buscaba la perfección, pero no se hubiera esperado aquel detalle. Aquel feo detalle.

Se leyó el documento.

Estaba en sintonía con la vida que habían llevado desde que el destino o lo que fuera les había juntado en aquella fiesta, los términos que Mona requería eran bastante razonables.

Pedía que en caso de que su matrimonio llegase a término y hubieran comprado una casa o cualquier otra propiedad ésta quedaría automáticamente fuera de su nombre pasando a estar a nombre de los hijos y corriendo ambos con los gastos de la donación.

Se mencionaba que al menos una vez cada cinco años se visitaría a cada una de las familias para que los niños tuvieran arraigo familiar, aunque lo mejor sería ir anualmente. Veía que las cláusulas del contrato, porque eso es lo que le parecía, eran bastante razonables, Mona veía su unión como un contrato más de los que gestionaba en el bufete, mientras que él lo veía únicamente como una unión por amor.

Ella cuantificaba.

Él se hablaba a sí mismo de calidad, no de cantidad.

Le resultaba difícil concebir el final de un matrimonio que aún no se había celebrado, imaginar en qué términos se podría desarrollar un final cuando no habían empezado su vida juntos, aunque todo lo que pedía era razonable y pensó que, con sus traumas, los de su padre y su novio Hans el único objetivo que perseguía era asegurarse de que la felicidad no se pudiera escapar tras otra mujer.

Firmó el convenio sin dudar y se casaron. 

Las familias de ambos recibieron sus invitaciones y sus respectivos billetes con una semana de antelación indicándoles que tenían un hotel en Madrid, obviamente no el mismo.

Los padres de Willy eran gente maravillosa, llana, sencilla, cuando vieron qué hotel les había reservado su futura nuera quedaron encantados, vieron que ella no había escatimado en gastos para ellos.

Los padres de Mona se alojaron en otro hotel,  no era un hotel mejor ni peor, simplemente Mona no quiso que sus padres coincidieran con los padres de Willy, ya se imaginaba cómo iba a ser todo aquello y no se equivocaba, ellos pusieron pegas a todo, no les gustaba la zona, ni la comida, la habitación, ni el hotel, la cama, todo era motivo de quejas y suspicacias y la noche antes Mona fue a buscarlos para presentarles a sus consuegros, llevaba un traje de noche espectacular, llamó a la puerta y encontró a su padre con una copita de más y a su madre en la bañera llorando.

Abofeteó a su padre y le dio una pastilla que le quitaría el punto que llevaba.

Abrió el grifo de agua fría para hacer que su madre reaccionara y la duchó como si regara una planta, y vaya si lo hizo.

En veinte minutos salían los tres perfectamente arreglados por la puerta del hotel para tomar un taxi y acudir a cenar al Palace con Willy y sus padres, con sus respectivos jefes, algunos compañeros y amigos.

Pasó el trayecto explicándoles la situación, iban a comportarse como una familia feliz que ella había vendido que eran, su puesto en el bufete era de una abogada reputada y no les iba a consentir que un adultero y una imbécil tirasen por la borda tantos años de trabajo duro y su futura familia.

Sus padres no la conocían ya.

La conocían como niña que fue, como la  adolescente que tuvieron por casa estudiando para convertirse en lo que se había convertido, pero no como mujer, no como abogada y no como trabajadora responsable, como futura socia de un bufete, empresaria de la noche ya que tenía pensado comprar un local de copas y como madre que pensaba ser, si sacaban los pies del tiesto esa noche iban a saber quién era su hija a la que no conocían.

Enmudecieron.

De hecho, a su padre el pedete lúcido que tenía se le pasó cruzando de norte a sur la Castellana.

Lo último que le dijo Mona a su padre antes de bajar de aquel Mercedes fue: te prohíbo beber nada con alcohol en este fin de semana, especialmente en esta cena, salvo que quieras que arruine todas tus compañías, compórtate como si fuera una reunión de negocios porque eso es para mí.

El hombre dio un respingo y ajustó los labios al oír la amenaza directa que su hija le acababa de hacer. Se colocó mecánicamente las gafas redondas de pasta, mesó su rubio bigote y ajustó su pajarita.

Mona creyó ver una sonrisa en la cara de su madre y cómo intentaba contener la carcajada. Inmediatamente se giró hacia ella y con aire marcial como si con aquel gesto le indicara que también tenía para ella, porque si su marido se arruinaba… ¿cuánto tiempo iba a tardar ella en perder su posición social y económica? Su madre comprendió qué significaba aquella mirada y todo rastro de sonrisa e incipiente risa quedó ahogado por las chispas que vio salir de los ojos que ya no reconocía como los de su dulce niña en aquella mujer.

Cenaron en un salón ubicado en la azotea, todo era muy exclusivo, pensado para dar una imagen frente a todos los asistentes a la cena, una imagen proyectada al futuro para los socios del bufete, una imagen para el presente para sus suegros, y una imagen que quería que se quedase grabada en la retina y en la memoria para siempre en sus padres.

A la salida de la cena Willy y Mona despidieron a los invitados y se fueron a su casa a hacer el amor, como la primera vez, antes de convertirse al día siguiente en marido y mujer.

Fue una boda lujosa, bonita, tierna, entrañable.

Viajaron a Fiyi, 18.000 kilómetros de viaje para llegar a un paraíso.

Una luna de miel de ensueño.

Y a la vuelta una vida común que también resultaba un sueño.

Así pasó un año, otro, y otro más.

Se compraron una casa y dejaron el apartamento de soltero de Willy.

La pasión no les abandonaba, pero los niños no llegaban.

Willy no podía llegar más arriba en la empresa en la que estaba y cuando le surgió una oportunidad en otra empresa arriesgó los años de antigüedad para empezar como jefe de departamento en otra empresa nueva.

Al noveno año habían perdido la esperanza de ser padres, Mona incluso había adquirido la discoteca en la que se habían reencontrado, ya no trabajaba en ella, pero pensó que era una buena inversión, aunque fuera algo romántica la idea y ella no podía ser otra cosa que no fuera pragmática y razonarlo todo en términos contables y futuribles.

En verano fueron de vacaciones a Estados Unidos, llegaron a Chicago un grupo de amigos, parejas, habían alquilado motos Harley Davidson que tanto le gustaban a Willy, iban a hacer la ruta 66 desde Chicago hasta Los Ángeles y cuando llegaron allí Mona le dijo que estaba embarazada.

Fue la primera vez que vio a Willy enfadado, le dijo que debería haber cancelado el viaje, que en su estado había sido una locura montar en moto durante casi 6000 kilómetros jugándose a su bebé.

Cuando apaciguó el enfado del futuro papá, él cayó en la cuenta de que iba a ser padre, que sus vidas iban a cambiar radicalmente, y que no cabía en sí de felicidad.

Le dijo a Mona que sería el último avión que cogería hasta que terminase de dar pecho y ella asintió, era raro que ella estuviera de acuerdo con él en algo a la primera.

El embarazo se desarrolló con placidez, Mona no tuvo las típicas arcadas que tienen las preñadas en los primeros meses, engordó los kilos exactos, tuvo un parto perfecto, indoloro porque había concertado que fuera un parto por epidural.

Fue un niño, lo llamaron Iván.

No fue por nadie de la familia, simplemente les gustaba el nombre.

Era un bebé sano, fuerte, precioso, rubio como sus padres y sonrosado.

Iván hacía muy feliz a sus papás, cada logro que conseguía llenaba sus vidas de felicidad, cuando cogió por primera vez su chupete, cuando agarró el biberón la primera mañana, la tarde que se quedó sentado en la bañera… todo eran logros.

Cuando Iván empezaba a caminar Mona volvió a anunciarle a Willy que estaba embarazada otra vez y se repito la escena de alegría que tuvo lugar hacía casi dos años.

Bailaron los tres abrazados en el salón, aunque el bebé no sabía qué pasaba.

Al final del primer trimestre Mona había llevado al bebé a la guardería, iba al trabajo cuando en el ascensor sintió un dolor punzante en la parte de abajo del vientre, uno de sus compañeros la cogió al vuelo cuando se desmayaba.

Ingresó en la clínica donde le diagnosticaron desprendimiento de la placenta, y el médico les informó de que las soluciones que había pasaban por probabilidades, podía someterse a un aborto e intentar quedarse embarazada más adelante, podía intentar que el embarazo llegase a término, pero no le garantizaba al cien por cien que se llegase a las cuarenta semanas, para ello tenía que quedarse ingresada en la clínica las 24 semanas que quedaban de gestación.

Mona aceptó sin dudarlo mirando a su marido que asentía.

Willy pasó cada minuto que tenía libre con Iván visitando a mamá, le llevaba todas las tardes al salir de trabajar, y le recogía de los brazos de la canguro.

Mona no trabajaba mientras estaba allí, oficialmente, lo cual hacía que el tiempo se le hiciera eterno en la clínica, tenía pautado reposo absoluto y estaba monitorizada las 24 horas para observar el sufrimiento fetal si lo había, pero tenía el ordenador, el teléfono y la tablet con ella, e iba haciendo algunas  cosas del trabajo que no tenían prisa y en las que todos sabían que era la mejor.

Las semanas iban pasando, el aburrimiento de Mona iba derivando en que se convirtiera en una mujer malhumorada, ya no era una cuestión de hormonas, era algo más.

Willy no sabía identificar qué le pasaba a su mujer, lo achacaba todo a aquel embarazo que estaba siendo bastante complicado.

Tampoco sabía que desde que había cogido la baja por maternidad unos días antes de que naciera su hijo mayor su esposa había puesto un sistema de vigilancia en la casa, y cuando regresó de parir se había dedicado a aprender a manejarlo, controlar que funcionaba con todos sus dispositivos en cualquier lugar del mundo, con wifi, con tethering, en roaming, bajo Windows, bajo iOS, o bajo Linux.

No siempre que viajaba lo hacía con sus dispositivos, pero si no iba a tener a Iván con ella quería tener la certeza de que su hijo estaba en las mejores manos, la canguro que habían contratado parecía sensata pero nunca se sabía.

Estar en la habitación de la clínica era desesperante para una mujer tan independiente y activa como ella, estaba acostumbrada a salir y entrar, a hacer deporte, era una mujer que deseaba volver a casa, pero no a costa de la vida de su segundo bebé.

Uno de sus jefes le estaba pasando asuntos del despacho, temas que sabía que no le iban a poner nerviosa ni a poner en peligro al niño… o a la niña.

Se entretenía viendo a Iván gateando, dando sus primeros pasos sin apoyarse entre el sofá y la mesa auxiliar del salón, se perdía viendo cómo dormía la siesta y cómo merendaba.

Descontaba los minutos para ver a los dos hombres de su vida cada tarde.

Miraba a través de la pantalla a su marido dormir hasta que caía rendida al compás de su respiración y ella también se dormía.

Llevaba ocho semanas allí instalada, la placenta seguía siendo un problema y sus nervios estaban cada día peor.

Aquella tarde Willy le llevó a Iván como todas las tardes, el pequeño hizo las delicias de sus padres caminando, agarrado de las manos de papá quien tenía que caminar a demanda del niño arriba y abajo por toda la habitación.

A las seis le dijo que se iba para bañarle y darle la cena, que estaba agotado porque llevaba unas noches durmiendo fatal, que se notaba su ausencia en casa, se despidió de ella y se fue.

Ella en aquella sórdida habitación observó cómo su marido metía al niño en el cuarto de baño, pero allí no había puesto cámaras, por privacidad, sobre todo. Unos veinte minutos después Willy sacó a Iván vestido con su pijama amarillo, listo para cenar.

Mona pasó a la cámara de la cocina y observó cómo su marido hacía de papá y se congratulaba por la elección que había hecho hacía más de una década.

Después contempló a Willy cenando, sí que debía estar cansado porque era temprano para cenar, verlos así despertó su lado más tierno y se quedó adormilada.

Un rato más tarde un tipo entró para poner sobre la mesa de ruedas que había al lado de la cama una bandeja con su cena.

No quiso poner la televisión, prefería ver a Iván en su tablet, cambió a la cámara de la cocina y vio a su marido preparando dos copas de champán sobre la isla de la cocina, ponía dos velas y las encendía con el encendedor que ella tenía guardado en uno de los cajones.

Quizás había quedado con alguien, bueno, estaba claro que una cita tenía, pero no era de trabajo porque ¿en qué clase de cita de trabajo pone uno velitas? Su indignación empezaba a crecer por segundos.

Jamás había tenido dudas sobre Willy, sobre su relación, tras lo de Hans ella se había visto débil, pero él había logrado que su auto confianza fuera en aumento cada día, pero era rencorosa, era vengativa, no olvidaba y pensaba que si un hombre se la había jugado cualquier otro podría hacer lo mismo y nunca había bajado la guardia y ahí estaba la posibilidad de que sus miedos podrían ser certezas.

Un rato después vio a una mujer entrar en casa, en SU casa, su hogar, el hogar que había construido desde hacía casi veinte años con su marido.

Aquel marido que metía a una mujer en aquel hogar que ahora veía deshonrado por cada paso de aquella mujer que iba vestida con un vestido rojo y ceñido, escotado por delante y por detrás, de larga melena morena y grandes ojos negros, enmarcados en largas pestañas que podía apreciar incluso en la tablet y a juego con unos turgentes labios rojos como su vestido… a  Mona le costaba respirar.

Willy y la mujer del vestido rojo pasaron al salón, ella se sentó en el sofá cruzando las piernas como si fuera la protagonista de aquella película de instintos bajos y básicos, cruzaba las piernas como una invitación, a lo que él respondió con su lenguaje corporal de sobra conocido por ella, lo tenía calado.

En menos de media hora su marido y la intrusa estaban desnudos sobre el sofá convertidos en dos pulpos, besándose, sobándose, apretándose, abrazándose, todo entre ellos era pasión en aquella escena, mientras que cuando ellos hacían el amor últimamente era algo frío y mecánico, era un acto en el que ella era la dominadora de la situación.

Mona era cualquier cosa menos cariñosa, era calculadora, cuantificaba, sentía, pero  no era capaz de  expresar sus sentimientos porque mantenía el trauma que le creó ver a su padre ser infiel y a su madre subyugada por mantener una situación económica y social, así como la esperanza de que el hombre de que se enamoró volviera a verla como mujer deseable.

Las alarmas se dispararon y el equipo médico asistió a Mona, tuvieron que medicarla para evitar el parto, la mantuvieron sedada para calmarla, le retiraron todo tipo de comunicación externa, los dispositivos con los que hablaba con su jefe, estaba agradecida porque cuando empezó a sonar la primera alarma plegó la funda de su tablet y la puso a un lado, pero la furia que nacía dentro de ella ya era imparable.

En aquella cama junto con su segundo bebé nacería una determinación.

Iba a hacer todo lo necesario por reconquistar a su marido o eso o ataría todos los cabos para que no se riera de él jamás.

En cuanto amaneció buscó en internet cómo calmarse y encontró técnicas de yoga, buscó una buena profesora que pudiera asistir a la clínica y enseñarle a controlar la tensión y la respiración.

Den llegó a mediodía, era como una mujer aniñada, se presentó diciendo que su nombre significaba “legado de los antepasados” y que había decidido estudiar yoga cuando de adolescente tuvo una lesión jugando en su equipo de jockey sobre ruedas, Den vio la impaciencia en el gesto de Mona, y se lo dijo, con estas clases aprenderás a escuchar, oír no es bueno, escuchar es mejor porque las palabras calarán tu alma.

Poco a poco Mona entendió gracias a Den que había estado castigando su psique inconscientemente por algo que había cometido su padre, pero la rabia de ver a su marido con otra mujer interfería con la gestión de los males del pasado.

Ahora quería centrarse en su bebé.

Respirar.

Las semanas avanzaron, Willy seguía llevando a Iván cada tarde a ver a mamá y al hermanito que tenía dentro, él no percibió  el cambio que se había producido en su mujer, los quehaceres diarios absorbían su mente y además estaba muy ocupado con otras cosas.

A las 37 semanas nació Kassandra, una niña rubia, rosada, de ojos azules, boquita regordeta como la de su madre y que midió 53 centímetros, lo cual era ser muy larga.

Tres días después Mona ya estaba en casa.

Lo primero que hizo fue despedir a la canguro y contratar una señora para llevar la casa, una mujer de unos cincuenta años, interna, la antítesis de la belleza y lo que le pudiera atraer a cualquier hombre, especialmente a Willy.

Lo segundo re-decorar el salón, compró un doble sofá con dos chaiselongue que alegó ante Willy que sería más cómodo ahora que eran cuatro en casa.

Otra de sus medidas fue reducir su jornada laboral, sin hablarlo con su marido les dijo vía email a sus jefes del bufete que se incorporaría al trabajo 16 semanas después, cogiéndose la baja de maternidad como le correspondía y tras ese periodo iba a acogerse a su derecho a una reducción de jornada de trabajo, acudiendo a su lugar de trabajo de 9 a 14 horas, sin embargo, estaría disponible en su correo electrónico y el teléfono en horario de tardes.

Según la información de que disponía el tiempo que una madre podía hacer esto era de seis años desde el nacimiento de su bebé y a esto se acogía Mona teniendo un contrato indefinido y una antigüedad de más de 15 años en la empresa.

Las tardes iban a ser para ella.

Cuando se incorporó el ambiente al principio estaba un poco tenso, los pioneros siempre tienen algo de reticencia al principio,  pero montó una fiesta en el local y supo cómo manejar la situación, siempre sabía cómo había que hacer para distender los ánimos cuando el ambiente se podía cortar con cuchillo y tenedor. Por descontado Willy no estaba invitado, simplemente le dijo que tenía trabajo fuera.

La rutina volvía a ser la protagonista en casa.

Pero ella no podía borrar de su memoria las imágenes que vio aquella noche.

Al salir de trabajar volvía a casa para comer con los niños y Willy, y a la hora que él marchaba ella también se iba, pero no al despacho, iba a su clase de yoga, había vuelto a correr, quería recuperar la figura que tenía antes de ser madre, y así hacía tiempo para entrar en la clase de la universidad, se había matriculado en Ingeniería Informática.

Cuando Iván cumplió los tres años y empezó el colegio se vio algo más libre, Kassandra caminaba, corría, y empezaba a hablar, eran dos niños preciosos que le daban la alegría de vivir, pero cuando miraba a su marido veía todas las traiciones de su vida, pero callaba, no quería romper el equilibrio de sus hijos.

Fue en aquellas fechas cercanas a las navidades  cuando Willy le plantó sobre la mesa una idea, comprar un terreno en El Valle de Iruelas, al oeste de Madrid, allí podrían construir una casa y las salidas los fines de semana les quedarían bien, la llegada no sería conflictiva porque no saldrían ni llegarían por una carretera nacional de las que tenían atascos kilométricos.

Al principio Mona era reticente, pero Willy preparó una visita para el puente de la Constitución, la zona estaba nevada, era todo precioso, ella quedó prendada del lugar y en cuanto vio el terreno visualizó una casa del estilo de las que se construía en la zona de Alemania que eran sus abuelos, se veía allí los fines de semana, los puentes, las vacaciones, disfrutando de sus hijos y… ¡entonces cayó en la cuenta! Su marido y la mujer morena del vestido rojo debían haber terminado su relación.

Mona supo que era su oportunidad.

Accedió a la petición de Willy de comprar el terreno después de ver cómo estaba ubicado, estaba cerca de todo pero tenía cierta distancia con el vecino más cercano, en el pueblo había todo tipo de servicios, banco, supermercado, biblioteca, algún bar, hoteles y casas rurales, centro cívico y centro de salud, todas ellas características que le hicieron pensar que aún siendo un sitio apartado no era un lugar despoblado carente de servicios que pudiera poner en peligro las vidas de los niños cualquier fin de semana que se desplazasen a su casa allí y se quedasen aislados.

Cuando los niños se quedaron dormidos se sentó en una butaca que había en la habitación de la casa rural a la que Willy los había llevado para convencerla de comprar el terrero. Willy estaba sentado en la cama descalzándose y se detuvo, la miró preguntándose qué pasaba y ella le respondió que había tomado una decisión, estaba de acuerdo con él en que era una zona maravillosa, aceptaba la idea de comprar el terreno, pero debería dejar que mirase unas cuantas cosas, ver si tenía agua para saber si el terreno sería independiente, ver los metros cuadrados y él le explicó que se medían en áreas al ser tan grande la extensión, asintió como si no le importase la corrección, Mona le dijo que quería encargarse personalmente de la construcción de la casa, elegir al arquitecto, al equipo que se encargase de cada cosa, lo quería todo perfecto, como siempre.

Willy no se percataba por la ilusión del momento de que a Mona le reventaba que la corrigieran y aceptó sus condiciones.

Mona compaginó sus estudios de informática en la universidad con desplazamientos a distintos sitios oficiales, la Cámara de la Propiedad para saber sobre la propietaria del terreno, cargas del mismo, si había herederos, no quería cabos sueltos.

Finalmente lo tuvo todo preparado y redactó el contrato de compraventa.

Se lo pasó a uno de los socios del bufete sin rellenar los nombres de las partes, ni tampoco dónde estaba el terreno para que no hubiera comentarios, el socio le dijo que era un trabajo impecable.

Ella fue hasta la provincia donde vivía Doña Ursula, la propietaria, y le presentó el documento que sellaría la compraventa del terreno, quien estuvo encantada de tener dinero en el banco por fin en 2 días tras la firma del documento y saber que una buena persona tenía un proyecto para aquel terreno que había estado en su familia desde hacía generaciones. Acordaron la firma para una semana después en una notaría.

Cuando tuvo que presentarle la documentación a Willy aprovechó que su empresa estaba en el momento de más trabajo del mes, le llevó a la oficina la documentación y le pidió que firmase en cada hoja.

Una vez que lo tenía todo firmado le sonrió y le dijo que empezarían las obras en unas semanas y para las navidades siguientes estrenarían casa en la finca, su marido se levantó de un salto y la abrazó estrechándola como al principio. Pero ella no iba a recular, su decisión era firme, como lo fue la de él al meter otra mujer en su hogar.

Kassandra empezó el colegio después del verano y el siguiente puente de la Constitución fueron a ver a los abuelos en Alemania. Para navidades la nueva casa estaba lista para que la estrenasen cuando los niños empezaron sus vacaciones.

Llegaron  el 23 de diciembre, vieron con sorpresa que era una casa perfecta, de una sola planta, Mona había contratado un buen arquitecto y éste se había encargado de que todo fuera muy rápido, la casa tenía todos los detalles que se pudieran pensar, un salón con chimenea, ventanales que lo hacían muy luminoso y espacio para que los niños jugasen, un comedor con una alacena maravillosa, una cocina amplia para cocinar y equipada con todo tipo de electrodomésticos y accesorios para hacer todo tipo de platos, con una despensa totalmente llena, toda esa parte de la casa estaba orientada al este, para que la salida del sol acompañase el inicio del día .

Los niños tenían cada uno su habitación con su cuarto de baño, y ellos también tenían su habitación y un baño con jacuzzi, la casa tenía un pequeño altillo en el que había habilitado una habitación para juegos y un desván.

La casa no tenía ninguna habitación para invitados intencionadamente.

Mona no quería a nadie allí, ni a sus padres, ni a sus suegros, no quería cargas.

Para la cena del 24 todos colaboraron en la preparación de los platos, a los niños les gustaba aprender a cocinar y a Mona le parecía buena idea que aprendieran a saber lo que costaban las cosas para valorarlas.

Acostaron a los niños antes de la media noche para que Santa pudiera bajar por la chimenea y Mona le dijo que quería quedarse en el salón charlando, a Willy le pareció perfecto y preparó unas copas de cava rosado.

Empezaron a charlar, él comenzó a alabar el gusto que había tenido al decorar la casa, al elegir la orientación de las habitaciones, y fue cuando ella le detalló los sistemas que había elegido para que la casa fuera sostenible.

Tenían ciertos sistemas de trituración de basuras que alimentarían la huerta, porque Willy iba a tener una huerta, el tejado tenía unas tejas que eran solares fotovoltaicas, lo cual convertía la casa en independiente y autosuficiente en lo referente a energía.

También había puesto wifi, no sería como en plena ciudad, pero para trabajar o para que hicieran cosas normales sería suficiente.

Además, y a aquel punto quería llegar ella, había contratado un sistema de alarmas igual que el de la casa de Madrid, con cámaras de vigilancia en las zonas comunes de la casa, como las que había en el local, y así Mona destapó todo lo que había pasado mientras había estado en el hospital y el pobre de Willy supo que en su casa había cámaras y que su mujer le había pillado.

No hicieron falta gritos.

Mona no necesitó montar una escena de celos, con sus reproches y sus respectivas disculpas que sabía que eran inútiles porque no iban a ser creídas.

Willy bajó la cabeza y asumió la culpa que llevaba esperando años que llegara como un yugo, sabía que Mona iba a enterarse antes o después, así como sabía que había sido su única condición a la hora de casarse, la única.

En voz baja preguntó qué iba a pasar a partir de aquel día.

Cuando levantó la cabeza el gesto condescendiente de su mujer hizo que su sangre se helase más que si hubiera estado fuera toda la noche, bajo la nieve, su mirada helada petrificó su expresión.

  • Ya está todo hecho, ¿No te parece, mi amor? – dijo sonriendo y entornando los ojos en voz muy muy queda.

Willy no entendió su respuesta.

Cuando regresaron de las vacaciones de navidades a casa Willy encontró el ordenador con el que trabajaba en casa en el salón, ante su mirada interrogativa la respuesta de Mona fue que los niños necesitaban un ordenador para sus trabajos de clase, pero creía que la mejor opción era que estuviera allí, a la vista de todos, el control parental a esas edades era fundamental y él podía encargarse de ello, le dijo con una sonrisa amplia acompañada por la misma mirada que le heló en la casa del campo.

Antes de incorporarse al trabajo el smartphone de Willy se cayó misteriosamente y Mona le ofreció un teléfono para sustituirlo, un viejo Nokia 3310, cuando la miró intentando negarse ella ladeó la cabeza y volvió a sonreír del mismo modo.

Willy cogió el teléfono que le pareció antidiluviano y metió la SIM de su número en él.

Cuando Iván cumplió los 14 años le pidió ayuda con un trabajo sobre Egipto a su padre y entre los dos se pusieron al ordenador a buscar información, para su sorpresa el mundo había cambiado mucho y gran parte de la información ahora se publicaba en blogs, se daba cuenta de que estaba muy encerrado en sí mismo y en su trabajo.

Llevaba años sometido al castigo de Mona y había aprendido a ser casi como un autómata, iba al trabajo, volvía a casa, iban a la finca, iban a la compra, hacía los trabajos de la huerta, prácticamente hacía lo que ella designaba cuando ella decía.

Pese a que había estudiado un módulo de informática su trabajo era algo mecánico en el que se encargaba de coordinar un equipo de 12 personas que estaban más preparadas que él para mecanizar datos de la fusión de dos empresas, cuando ese proyecto terminaba pasaban al siguiente, con sus características específicas.

En los años en los que se había auto sometido a aquella situación había descubierto que su mujer cuando compró el terreno en el que se había construido la casa, cuando redactó el contrato y se lo dio a firmar lo que le había dado en realidad era un contrato de disolución de la sociedad de gananciales que representaba su matrimonio para cederle  pleno poder por una donación de todos los bienes que habían adquirido desde que habían contraído matrimonio hasta que cesase, cualquiera que fuera la causa, por valor de un euro.

Revisó su cuenta bancaria y vio que el día 26 de diciembre de aquel año efectivamente tenía una entrada desde la cuenta de ella por valor de 1€ y en el concepto ponía «Donación«.

Además, una de las cláusulas que estipulaba en aquel maldito convenio era que autorizaba a tener videovigilancia en todas sus casas, que no tendría redes sociales, y que el número de teléfono que tuviera sería de titularidad de Mona, en caso de incumplimiento podría abandonar su casa, con su ropa.

En caso de hacerlo se divorciarían por lo que se conocía por divorcio express y él tendría derechos de visitas de los menores una vez al mes si estaban en ese en España o cada seis meses si residían fuera. Salvo que se pudiese desplazar por sus propios medios allá donde los menores estuvieran en cada momento.

Su mujer tenía la sartén por el mango, el mango, los huevos y la tortilla entera.

Había tenido la desfachatez de invitarle a la ceremonia de graduación cuando terminó su carrera de Informática, ahí fue cuando vio el tamaño del monstruo que hasta entonces había intuido por su sombra.

Viendo cómo funcionaba aquello de la blogosfera hizo un blog en el que iba compartiendo cosas sin importancia, pequeñas historias que esperaba que no despertasen la ira de Mona, pero no contaba con que poniendo su foto en su perfil una chica que escribía allí le iba a reconocer del colegio en el que había estudiado en Canarias, rápidamente se reconocieron y aunque no había nada en los comentarios públicos que dejase al descubierto que hubiera una relación previa Willy prefirió tratar con Lili por correo electrónico, creó uno en la oficina y se lo dio.

Lili le hacía alguna llamada de vez en cuando, preguntó por qué no usaba WhatsApp y a sus estúpidas excusas no dio signos de no haberle creído.

“Soñar es gratis” se decía, “podría firmar el divorcio y volver a empezar en su antigua casa”, entonces aquella compañera de infancia quiso mandarle un regalo de cumpleaños que Mona encontró semanas después.

Le prometió que iba a hacer de su vida algo muy interesante, le sonreía mientras lo decía y aquella sonrisa volvió a congelar su corazón.

La siguiente vez que fueron a ver a los padres de Willy,  Mona fue a ver a aquella chica, Lili, se hizo la encontradiza y la invitó a un café, charló amistosamente con ella como si su marido le hubiera contado todo aquello que se contaban en los emails, y no como si ella no lo hubiera leído todo fraudulentamente y en un momento de la charla le preguntó por qué le mandaba regalos, a lo que Lili le respondió que era simplemente una forma de darse a conocer fuera de las islas, ya que ellos vivían en Madrid y él podría echarle una mano ya que conocía tanta gente y era alguien tan relacionado.

Pero Mona no podía creer aquella estúpida historia pese a que en sus emails no hubiera una sola palabra de amor, aunque no hubiera una sola insinuación y todo fuera una bonita amistad del colegio.

A su regreso a Madrid Mona le mandó a hacer la compra, pero a su regreso Willy ya no pudo entrar en casa.

Escena del Bar Coyote

https://www.youtube.com/watch?v=UrK9um80zzo&list=PLD8umOEq55lSLIWcw3JOEfRkZZzbLFS_d&index=14