Alma caminaba por la casa de su abuelo, entre el polvo y los recuerdos, las lamas anchas de la vieja casa crujían con cada uno de sus pasos, caminaba despacio como si cada vez que adelantase uno de sus   pies pudiera volver a la felicidad, a las risas, a los olores, a los colores de su niñez.

Cosas tangibles e intangibles que solamente vivió con su abuelo en aquella casa gigantesca de pueblo que únicamente visitaban en verano y cuando el señor del tiempo vaticinaba que otras vacaciones iban a tener un buen tiempo.

Alma recordaba cómo su abuelo había construido en el sotechado del jardín una especie de cocina, con una alacena, una mesa, un par de sillas y un par de fogones que eran alimentados por una bombona de gas.

Allí pasó los mejores veranos de su vida, jugando con sus primos, con amigos y amigas, aprendiendo a montar en bici, sin saber nada de cosas que la acosaban ahora.

Subió al desván y vio miles de cosas que sabía que su abuelo tenía como grandes tesoros y que ella no valoró siendo niña, pero que ahora décadas después entendía el motivo de su atesoramiento.

Vio entre todas aquellas cosas una cómoda de cuatro cajones sobre la cual había una especie de cuernos de madera torneados, a ambos lados de éstos sobre la superficie de lo que quedaría como mesa de la cómoda y al fondo vio cuatro cajoncillos, separados y apilados de dos en dos en las esquinas.

Mirando un poco por aquel desván polvoriento descubrió sin mucho esfuerzo qué encajaba en aquel hueco perfectamente, un espejo de forma ovalada con los mismos motivos torneados de estilo colonial que tenía la cómoda.

Por instinto cogió el espejo y lo posó sobre la cómoda, abrió un cajón pensando que los tornillos estarían allí guardados, y lo estaban, tardó medio minuto en enroscar ambos lados para poder ver cómo quedaba y saber si quería algo así en su casa de la ciudad.

Cogió un pequeño taburete del piano que ya había decidido que iba a restaurar y vender, no tendría espacio para tantas cosas, se sentó sobre él frente al espejo y se vio como era hacía tantos años, oyó sus alegres gritos en aquella casa rodeada de amigos, feliz, sus risas, recordó su pasión por hacer las cosas, se acordó del conocimiento que su abuelo le había transmitido, los ojos se le llenaron de lágrimas al recordar aquellos veranos en los que la complicidad con él eran más importantes que cualquier otra cosa, porque era feliz con cosas sencillas.

Lo que tenía en aquel espejo era ella, entonces pensó que debía hacer que las voces que había heredado de su madre deberían estar muertas para que no las hiciera caso y supo en aquel mismo momento cómo matarlas, mataría para siempre aquellas voces de su cabeza.

Cuando llegaron los de la mudanza organizó en dos tandas lo que iría por un lado a una amiga restauradora y por otro a su casa.

Cuando tuvo el mueble allí tomó las medidas del espejo, pero por detrás y fue a una cristalería para encargar uno, pero el encargo era realmente singular.

Les llevó el marco y el señor que regentaba el negocio pudo comprobar que no había espejo que reemplazar el que tenía estaba bien, a lo que ella respondió que las medidas eran de la parte trasera y que quería ponerlo como si alguien le hubiera dado un puñetazo y bien sellado a la parte trasera.

Cuando lo tuvo montado e instalado en casa, cada vez que aquellas voces la asaltaban giraba el marco de su cómoda, a la que había puesto iluminación para maquillarse y veía aquel espejo, roto, fracturado, que le devolvía una imagen en mil piezas, la que podría ser ella misma si se dejase llevar por las voces, los impulsos.

Su madre era una enferma psiquiátrica que no había consentido jamás que la diagnosticasen, uno de los rasgos característicos de los esquizofrénicos paranoides era su elevado coeficiente de inteligencia, aunque a su madre le hubiera podido el amor.

En su mayoría ese tipo de enfermos se agarraban a algún tipo de paliativo que apagasen esas voces, aunque luego lo pagasen con el propio paliativo, como hizo su madre al usar a su padre como relajante de sus voces interiores, pero años después lo molía con sus terribles cosas y él hizo lo previsible, marcharse.

Alba cada vez que tenía una crisis y oía esas malditas voces, voces malditas se sentaba para maquillarse como había visto que lo hacía su madre en las fotos de los años sesenta y giraba el espejo.

Era entonces cuando comenzaba el ritual en el que se desmaquillaba y se repetía con cada pasada del algodón empapado de producto:

  • Un espejo no tiene alma, Alma soy yo.
Alma sabía que cuando alguien reconocía sus problemas empezaba a ser imparable.

SIA – Unstoppable