Cada vez que subía al desván se quedaba mirando aquella  caja de cartón que había dejado en una estantería, la tenía  llena de cajas a su vez y en cada una de ellas había algún recuerdo, los tenía todos catalogados.

Cada vez que subía al desván intentaba evitar mirar hacia aquella esquina porque creía que aquella maldita caja la deseaba o la atraía de alguna manera, pero tenía la fortaleza suficiente como para resistirse al pasado, sabía dónde le podía llevar emocionalmente abrir aquella caja, las consecuencias de abrir cada una de las que había dentro sería la de volver a muchos años atrás en su vida y eso era algo que ella no se podía permitir.

¿Hasta dónde puede llevarte la decepción? – se preguntaba.

Supuso  que la respuesta la tenía clara. 

A ella la decepción la llevó hasta dónde quiso creer, hasta donde dejó de creer en él,  hasta dónde dejó de depositar su confianza en la persona que amaba.

Porque esa persona fue defraudando su confianza y tirando a la basura cada una de las oportunidades que le fue dando, una vez, tras otra, tras otra, tras otra, tras otra…

Entonces se dio cuenta de que esa persona no era amor, no era confianza, no la edificaba, no aportaba nada a su vida, sino más bien todo lo contrario, era algo así como  una china dentro del zapato que se puede sacar cuando  te molesta y entonces puedes volver a caminar, puedes coger un ritmo mejor, hacer cosas que antes no podías porque tenías un parapeto y se dijo: ¡Hasta aquí!

Ese era el borde del precipicio de la decepción que le llevó a decir basta en el que dejó de creer en aquella persona y en sus “dame una oportunidad” y en las veces que a sí misma se decía “tengo que darle una oportunidad y seguir intentándolo con él porque puede que cambie”, pero es que la gente no cambia.

En aquella caja, con aquellos recuerdos estaban todos sus talones de Aquiles y todos sus «y sí…» guardados, con las fotos de aquel individuo que no supo valorar a la única mujer que de verdad lo había amado.

No quería abrir la caja y que el mundo empezase a girar a su alrededor con una velocidad tan  vertiginosa que todo su pasado regresase a ella, y de repente desapareciese en la caja y en sus memorias quedando únicamente  la ponzoña del corazón de aquel ser que te la mató desde dentro  corrompiendo su alma.

LENE MARLIN – Sitting down here