La primera vez que María se acostó con él tenía una pequeña costra cerca de su areola izquierda que él confundió con un lunar.

Con su característico sentido del humor que iluminaba al mismísimo sol él hizo hincapié en aquel presunto lunar que iba a ser su objeto de deseo y el de todos los hombres de la vida de María, estaba seguro, pero nunca se volvió a fijar en que las siguientes veces que tuvo a María desnuda en su cama de adolescente estudiante de ingeniería aquel lunar había desaparecido.

Sin embargo, aquella anécdota del lunar fue algo que ella siempre recordó, tanto era así que cuando treinta años después volvieron a verse, sintiéndose tan jóvenes como cuando no sabían que lo eran, se la comentó y él también recordaba aquel lunar, pues claro que sí y a cuenta de aquello echaron unas cuantas carcajadas.

¿Cuántas veces no había pensado María en pintárselo?

Aquel amante suyo de juventud era un aliciente en sus días de madurez, aquel novio de los años de la inocencia, el que iba a verla cada vez que su trabajo lo requería allí donde ella vivía a cientos de kilómetros, y se reunían furtivamente una o dos veces al año.

Esta vez cuando entró en la habitación del hotel más lujoso de la ciudad se sabía segura de sí misma y se había pintado en el ascensor con su lápiz de ojos un círculo, pero esta vez sobre la areola derecha, girando el lápiz sobre sí mismo hasta dejar un lunar marrón.

Llamó a la puerta con el número que él le  había indicado, la 108, y tras un abrazo caluroso y un beso largo y apasionado se sentó en la silla  de la habitación para comenzar a quitarse las botas que le llegaban hasta medio muslo y dejaban su clarísima piel a la vista desde la falda hasta la bota.

Era una habitación que la empresa le había reservado en un hotel de cinco estrellas, él viajaba mucho, y por todo el mundo.

Ella creía que tendría una amante allá por donde fuera, pero qué le importaba lo que hiciera allá dónde fuera si lo suyo era verse dos veces al año unas horas, amor fugaz, amor veraz.

Mientras se quitaba las botas y le contemplaba, pensaba que él no había cambiado apenas en aquellas tres décadas, pensó en cómo había tenido que disimular su cara en casa cuando leyó su mensaje que decía:

  • María, Mari-ita, mi niña, el miércoles estaré en tu ciudad por trabajo y querría verte, ¿te va bien?, yo quedo libre a media tarde, ¿cómo lo tienes para que nos veamos?, ¿reservas mesa en un buen restaurante para que vayamos a cenar y nos pongamos al día?

Era obvio lo que aquellas frases decían, aún sin decirlo, el mensaje implícito que había en “querría verte”, y en la cena, y es que, aunque hubiera sido un café ella ya sabía lo que vendría después.

Hay cafés que en realidad son subterfugios para decir “quiero llevarte a la cama”.

Él sencillamente quería volver a ver a su antigua novia a la que tanto había amado, a su amiga, su compañera, su amante, su cómplice.

Quería ver a la chica a la que entre juegos desinhibidos le puso el nombre a su parte más íntima, haciendo uso del diminutivo de su propio nombre María, Mari-Ita, y con Ita se quedó aquella zona que tanto él adoraba.

Ita fue el nombre del centro de los placeres de ella, aquel con el que hacía maravillas, pero solamente con los hombres que sabían encenderla de forma adecuada.

Se levantó de aquella silla y extendió una mano a modo de invitación que él aceptó encantado, sonriendo pícaramente, se abrazaron y se fundieron en un beso abrasador, ella empezó a acariciarle en su abrazo la espalda.

La forma en que María usaba las manos le hacía volar porque sus caricias eran apenas un leve susurro de los dedos sobre la camisa que hacía que él se estremeciera, sacó la camisa de dentro de los pantalones, lo cual hizo que él respondiera a sus estímulos.

Tenía la piel erizada y los sentidos más despiertos que si estuviera en un peligro aterrador porque ella era como una droga.

María no quería ir demasiado deprisa y usaba las uñas para que sus caricias de pluma tomaran cierta consistencia y cuando veía que él quería tomar la iniciativa le paraba con besos apasionados.

Hasta que él quiso quitarle el sujetador y ella que estaba presa de la excitación del momento recordó que se había decorado un pecho con aquel lunar que la primera vez le pareció tan apetecible para borrárselo a besos y, se apartó un poco para abrir una camisa negra con la que se había vestido, negra pero semitransparente con raya diplomática que dejaba intuir un sujetador balconette con un ribete de encaje que se intuía bajo sus pechos y alrededor de la espalda.

Dada la forma de ese tipo de sujetador la areola quedaba justo en el borde de la confección, eso a ella le parecía muy sexy y cuando desabotonó el segundo botón y abrió la camisa, pero no del todo, simplemente lo justo para  dejarle ver su pecho derecho, grande, turgente, aún contenido por el sujetador, levantó con su mano izquierda la carne lo justo para que el respingón pezón saliera, fue todo lo que  él necesitaba para  la arrojarla sobre la cama como si fueran niños en una fiesta de pijamas. Solo que no emprendieron una guerra de almohadas, sino una batalla de besos a cada cual más encendidos, una contienda de caricias atrevidas que elevaban los gemidos.

Según las caricias se sucedieron, los besos fueron templando a María y por concatenación a  él que  fue subiendo la temperatura de Ita a la vez que también se elevaba, y juntos hicieron que el termostato de la habitación pareciera un juguete que algún niño hubiera roto, porque ellos subían a lo más alto del ardor y del deseo mutuo.

La poca ropa que les quedaba ahora molestaba.

Juntos hicieron que sus perfumes y aromas se entremezclaran, maderas con frutas, sándalo con limón, deseo con sudor, semen con flujo, besos con caricias, recuerdos con anhelos, miradas cómplices con risas, confidencias con comprensión, sonrisas con gemidos, almizcle con  flores, palabras con orgasmos que parecían ser infinitos.

Fueron unas palabras que no eran de amor, sino de recuerdo, de respeto, de cosas del pasado, un pasado compartido en el que ninguno de los dos albergaba nada parecido a un reproche, tanto era así que ni siquiera recordaban por qué se habían dejado de chavales.

Allí, en aquella cama de la habitación 108 hubo un poco de todo lo bueno que dos personas pueden tener cuando se aman de verdad y sin que quedara nada por hacer.

Hicieron algo que era sublime, hacer el amor no describía lo que habían hecho, había habido sexo, claro que sí, pero aquello era algo más, era el reencuentro de dos almas que se amaban a través del tiempo y con el tiempo a cuestas, que se reencontraban y se volvían a amar con todo y a pesar de todo y de todos, a pesar de la distancia, de las situaciones personales, de los años, de las circunstancias de cada uno… y dejando todo a un lado para tocarse, sentirse, verse, disfrutarse, amarse, oírse, besarse, lamerse, desnudarse…

Cuando el sexo les dejó extenuados se tomaron un rato para descansar, ella sobre el pecho de él haciendo dibujos con el poco  pelo que allí tenía y trazando caminos invisibles en sus pezones, mientras él masajeaba su espalda y ella se estremecía.

Entonces los colores del atardecer tiñeron los cristales de la ventana contándoles que era una buena hora para salir a disfrutar de la playa, de la noche en la ciudad, del jaleo metropolitano y de la sorpresa que ella le había preparado al reservar en aquel restaurante.

Se vistieron mutuamente, como se habían desnudado, lentamente, por cada movimiento un beso que sabía casi a despedida y lo sentían en cada poro de la piel, pero qué más daba si aún quedaban unas pocas horas más de complicidad por compartir.

Una caricia que pretendía retener en las retinas lo que las manos no podían contener, abrazos contenidos porque les gustaría estirar aquellos momentos, aunque sabían que sus vidas eran otras.

El trayecto entre el hotel y el restaurante lo hicieron charlando abrazados aprovechando que era una zona que, pese a ser plena ciudad era poco transitada, siendo él un turista quién le iba a reconocer, siendo ella poco conocida en aquella ciudad qué le podría importar.

Fue algo totalmente consensuado.

Aquel paseo abrazados, pasando ella la mano bajo su cazadora iba dibujando letras sobre su camisa en el costado, T  E – Q  U E  R  R É  – S  I E  M P  R E.

A él la cena le pareció deliciosa, era un restaurante de renombre que estaba premiado por sus platos en no se sabía cuántos certámenes de la provincia, si ella había elegido el lugar, él eligió el menú y el vino, conocedor de los gustos de su amante, María Mari – Ita, que gustaba de los caldos de Ribera del Duero o los Rioja, pero siempre un buen reserva.

Por supuesto que estando ambos casados y, viéndose con regularidad, anual, pero con regularidad, no querían tener nada que hiciera saltar la liebre y habían llegado al mutuo acuerdo de borrar sus llamadas, sus mensajes y habían acordado que jamás se harían fotos juntos bajo ningún concepto.

Ojos que no ven… corazón que no siente.

“Y también hostiazo que te llevas”, pensaba ella.

Sin embargo, siempre se llevaba, petición por delante, alguna instantánea de sus encuentros, un recuerdo de aquellos breves momentos de amor y paz que vivían.

Nunca hacía una foto en ninguno de los hoteles, siempre en otros lugares.

Quizás era una imagen de sus sombras caminando por una plaza, quizás eran sus reflejos de espaldas en un cristal al salir de cualquier local de moda al que iban a bailar, a lo mejor era una foto de la botella de vino con la que habían regado la cena en aquella ocasión.

Aquel miércoles sin darse cuenta intentando captar aquella botella le captó a él también, fue casi a traición, en un quiero y no quiero, le captó despistado y atesoró la imagen para ella, aunque nunca pudiera compartirla en ninguna red social, la miraría cuando nadie la viera.

Aquella noche después de la cena él la acompañó hasta su coche para despedirse sin despedidas, sin pena, sin adioses que empequeñecieran lo que habían vivido y cómo lo vivían cada vez que se veían.

Porque de vez a vez que se veían no había incertidumbres, no había mensajes, no había obligaciones, ni esperadas respuestas.

BRUCE SPRINGSTEEN – Hungry heart