Una vez me replegué en mí misma asustada del mundo, me refugié en un palacio figurado al que llamé CATARSIS, era “mi palacio de invierno”, era un lugar frío e inhóspito en el que nada podía crecer porque yo había detenido el tiempo, estaba fría, congelada, detenida en algún lugar de mi memoria, era un palacio inmenso y sus paredes aunque eran de dos metros de ancho, lo cual le hacía infranqueable, eran transparentes, pues eran de hielo.

Un hielo tan gélido como cristalino, tan férreo y aferrado a aquel suelo como se había tornado mi corazón por lo que había sufrido.

Tenía una sala por cada persona que me había dañado y en ella revivía constantemente lo que me había llevado a mi palacio, disgustada con lo que algunas personas de mi pasado me habían hecho sentir,  porque necesitaba curarme de las heridas que tanta gente me había infligido, de lo que yo consideraba que no estaba bien y que me habían hecho.

Pero es que reviviendo los momentos de dolor nadie se cura, te lo digo yo que viví en aquel lugar mucho tiempo, demasiado; contemplando cómo la gente era feliz allí afuera donde las primaveras se sucedían, la gente reía, todos bailaban y las parejas se enamoraban y yo me veía azul porque la luz del sol no atravesaba ni los tejados ni los muros de mi gran palacio, mi maravilloso y patético palacio.

Me costaba demasiado recuperarme de aquellas heridas, grietas que me parecían inconmensurables y me hacían sentir frágil, aunque si salía alguna vez sonriera para el resto de los mortales, pero mi mirada me delataba, porque el hálito del frío seguía consumiéndome por dentro.

Me costaba en esfuerzo, me costaba en tiempo, en lágrimas, me costaba en aquella soledad que me devoraba por dentro.

Quizás era una persona demasiado sensible, hipersensible me decían.

Al final resultó que aquellos momentos en los que me replegué fueron una decisión de la que saqué una experiencia constructiva de la que resurgí gracias al autoconocimiento y el conocimiento sobre algunas personas que no entendieron que me habían dejado reducida a cenizas.

Lo que para unos es banal para otros es mortal en el corazón.

Ya no hay una igualdad en las directrices de lo que está bien y lo que está mal, pero además es que están los que se libran de lo que hacen mal.

No tuve otra salida que convertir esas cenizas en un resurgir de mí misma, convertirme en un ave fénix, gracias a una transformación interior que me había costado tiempo, esfuerzo, y una alquimia especial que quizás otras personas no tienen o no quieren utilizar para cambiar sus vidas y su espíritu.

Porque  hay quienes disfrutan revolcándose en la pena y es muy lícito. 

Pero yo tras pasar un tiempo dando vueltas sobre mi propio eje en aquella peste marrón licuada vi lo inútil que era permanecer dando vueltas allí, era improductivo y decidí salir de allí.

Si vas a pasar un tiempo, malo, por cierto, revolcándote en la mierda de la autocompasión y el inmundo olor de la herida que te come desde dentro hacia fuera con un extraño sonido: tic, tac, tic, tac… descubrirás que nada te puede devolver el tiempo que perdiste o que malgastaste.

Es el reloj que no puedes manejar para devolver al punto en el que te equivocaste, como me equivoqué yo ojo cuando te cuento que tuve que replegarme a mi palacio del norte donde la frialdad era todo lo que podía sentir.

El reloj jamás vuelve atrás.

El tiempo vivido ya fue vivido. No se podrá volver a vivir.

Lo hecho, hecho está.

Pero la vida es sabia y si te pones a la faena ya, ahora mismo, podrás evitar que tengas que regresar a ese palacio de invierno espiritual y emocional en el que nada crece salvo la desesperación, las frases inconclusas y las palabras que no llegan, y una pregunta que se repite en nuestra mente como un eco ¿por qué no hice las cosas mejor cuando podía?, pero ahí están los recuerdos de lo que está ya hecho y no se puede cambiar.

Una vez se termina el duelo por lo que haya pasado, una vez nos desprendemos de las culpas y los pesares, y pasamos por la negación aceptando que hay que empezar una nueva etapa, después de atravesar la dura etapa de la ira en la que estaremos enfadados con nosotros mismos y con el mundo, para mas tarde querer volver a tratar con la persona que nos ha hecho daño o no, quién sabe porque quizás esa persona fue quien más nos amó y movió todos nuestros esquemas y los cimientos de nuestra vida y es por eso que buscamos una negociación para regresar a sus brazos aún sabiendo que si ya hubo decepción la volvería a haber porque la gente no cambia sin alicientes; para tener un motivo hay que pasar por el palacio de invierno, someterse a una catarsis que mueva los cimientos, las raíces, los huesos en los que habitamos y ser capaces de renunciar a todo lo que nos haga mal y en lo que nos convierta en malos para nosotros mismos.

Quizás este proceso nos parezca que nos lleve a una situación de depresión, porque es duro aceptar que lo que se ha hecho durante mucho tiempo sea lo que nos estaba corrompiendo desde las raíces, pero después llegará la claridad para ver que eso que se estaba haciendo no era lo normal, era tan solo una tormenta.

Y tras la aceptación llega el momento de reiniciar la vida.

Sal. Entra. Ve. Vuelve. En resumen: ¡Vive! 

Sueña. Y hazlo siempre despierta o despierto.

Llénate de experiencias positivas, de risas, pero de las de verdad y no de chistes vacíos; de amor, pero no recurras al sexo casual y del que es vacío de cariño y solamente contiene físico sin tener argumentos mentales que conduzcan las manos del interlocutor en los besos y caricias, y a esa persona si es la adecuada cuídala y mímala; llena tus días de personas y no de gente. 

Puedes cambiar tu vida empezando por dejar de lado aquellas cosas que te perjudican y te llevan a cometer los mismos errores que te condujeron al punto de partida, que hicieron que te tuvieras que replegar a un palacio de hielo en el norte, en soledad, con la incomprensión por única compañera y haciendo chistes delante de gente que no te conoce ni sabe cómo eres, aunque quién conoce a quién en esta sociedad. ¿Verdad?

A veces no nos queda otra opción que extraer la obligada enseñanza de una mala experiencia y no dejar que otra persona nos hunda con sus malas acciones, que se hunda cada cual con lo suyo, porque cada uno ya tenemos lo nuestro.

Lo peor es decir que aquí no pasa nada y echarle la culpa a los demás, aunque sea tan normal esa actitud y tan pueril, de lo que nosotros hacemos mal aunque nos lo hayan enseñado desde la cuna, lo peor es decir aquí no pasa nada y volver a hacerlo porque no pasa nada y los demás me arropan, es mejor hacer una catarsis y recapitular para enmendarse y no buscar más falsas lunas.

EXTREMODURO – Buscando una luna