No puedo ayudarte, porque tú no te dejas ayudar, te niegas a ver la realidad, la gente no hace esas cosas que tu ves como normales, la gente no está enganchada a todo eso de lo que tú estas colgado.

Pero sobretodo, la gente no juzga a todo el que tiene alrededor cuando tiene tanto que callar. 

No paras  de engañarte a ti mismo y mentir a los que te rodean, a los que te queremos, no paras de usar al que se te acerca en nombre de tu adicción.

Un adicto miente para que su adicción sobreviva, porque ella es lo más importante para él.

Cuando  quieras ayuda quizás debas  comenzar por reconocer que estas mal, que lo tuyo es una enfermedad, que sufres una adicción, o dos, o tres en realidad y que todas están relacionadas porque todas son adicciones terribles porque las que no lo son se llaman hobbies. Cuando quieras ayuda deberás pensar en curarte, pensarlo en serio, no ir a rehabilitación pensando en consumir moderadamente.

Porque esas adicciones que te dominan te han hecho adicto a varios males de los que consumen a la sociedad en estos tiempos y hacen a la gente menos personas, menos humanas y más animales, de su mano vienen la negación, la prepotencia, la dejadez, el decir “piso al que tengo al lado para sentirme yo mejor” o peor aún «lo pago con quien tengo al lado porque me fue mal en eso que hago y no debería hacer» pero tengo que decirte que eso se puede consentir durante un tiempo, pero al final no funciona, la suciedad interior y exterior tiene que erradicarse, no hablo de suciedad física, sino de la que corroe el alma, la mezquindad, y otras tantas cosas que van degradando las relaciones que vas teniendo y hacen que pierdas a todos aquellos con los que te relaciones a lo largo de tu vida; pero de entre todas estas características que ya has hecho tuyas para que tu adición sobreviva la peor es la del maltrato psicológico que además niegas.

En aras de poder seguir consumiendo aquello que crees que te hace feliz te has dedicado a machacar, despreciar, humillar, mentir, ningunear, atacar sistemáticamente a aquellos que te querían, que se te acercaban, que intentasen ayudarte, pero… ¿Para qué iba a querer ayuda un adicto si tenía su droga?, sí, sí, he dicho droga.

Tu baja autoestima, tus complejos, el estrés que te causa y sientes  por tu adición, la ansiedad que te genera no poder conseguir lo que quieres cuando lo quieres te lleva a la desesperación que pagas con quien menos debes.

La intolerancia que se percibe en ti para con ciertas situaciones que no son otra cosa más que odio que  pone los pelos de punta.

No llegas a las reacciones agresivas, aunque tus gestos son violentos porque la ansiedad te domina, estás resentido con todos por causas que sólo tú sabes, pero tienes templanza y sabes dónde no querrías volver, a aquel lugar oscuro del que no se puede salir, para eso es más fácil provocar la reacción en cualquier interlocutor para así tú pasar por el bueno de la historia, que ya fuiste el malo en otras ocasiones.

Encantador al principio fuiste cambiando poco a poco y de forma sutil, como todo adicto que pasa a ser maltratador, para mostrarte finalmente como alguien autoritario, pero no como cualquiera pudiera pensar sino de forma que nadie podría imaginar, sin levantar la voz, sin decir una mala palabra, sin dar un portazo, era mejor una palabra estudiada en el momento justo que derribase años de autoestima de quien tuvieras delante.

Hay muchos tipos de maltratadores, no todos son los que le dan una bofetada a una mujer, o un puñetazo, los hay que a base de palabras van minando estratégicamente todas y cada una de las capacidades de la persona que tengan enfrente.

Lo que tú no sabías era que lo que tú comprabas otras personas lo encontraban por derecho propio desde siempre, por simpatía, por don de gentes y quizás, por qué no, por belleza, pero no de la que se caduca, sino de la que conquista, de la que hace sonreír y de la que no se ve, pero va creciendo con los años porque se cultiva desde el interior.

La belleza de la que hablo es la que años después hace que un hombre viaje a mil kilómetros a ver a una mujer para pasar un rato con ella porque los recuerdos hacen que tres décadas después de conocerse jugando al futbolín en un bar de moda, la vea preciosa, aunque esté más gorda, más vieja o más lo que sea, porque no elige de un catálogo en un salón al previo pago para saciar una de sus adiciones.

Jamás has hecho autocrítica, siendo por tanto incapaz de pedir perdón aún en las situaciones más complicadas para ti en las que habías cometido faltas de educación, atropellos a la convivencia, y a quien te quisiera enseñar o corregir en cualquier ámbito, pero es que a quien se pretenda perfecto no se le puede corregir.

Recuerdo tus días resaltando características de ciertas amistades para criticar sus acciones, horas machacando con sus formas de hacer intentando que me sintiera mal, pero tu forma de criticar no era una acción orientada a que aquellas personas mejorasen en sus vidas, no, más bien era una actitud encaminada a que yo renunciase a disfrutar de su amistad, por un lado y, por otro al poner de manifiesto esos presuntos defectos a que me sometiera a estar únicamente contigo y estar aislada como lo estabas tú que no tienes ni un solo amigo.

Ver tus cambios de humor al principio me dejaba desarmada hasta que entendí el motivo y que te dominaba la adición y que de eso dependerían mis días, yo no podría vivir sometida al azar.

Quédate tú con él, con el azar, porque yo prefiero labrarme mi futuro, aunque ya en la palabra “labrar” está contenido el esfuerzo.

La relación que mantuvimos fue una sucesión de vaivenes en la que te ibas porque tu buen humor estaba sujeto a que tuvieras buena suerte en lo que hacías, y yo por lo tanto estaba sujeta a tu buena estrella, hasta que un día le dije a tu buena estrella que para estrella yo, YO, la estrella de mi vida soy yo.

Pero como no te gusta perder al verme tranquila, sosegada y ganadora con amigos y quizás hasta con otra persona tuviste que intentar ganar tu última mano sacándote de la manga dos cartas, El Ahorcado, un fantasma de mi pasado al que usaste como amenaza luego negada, y el amor que pensaste que siempre sería una baza que llegaría a mi corazón. Quizás hasta fue una apuesta contigo mismo.

Tengo que confesarte que a estas alturas del partido de mi vida me valen verga las amenazas, los chantajes y los subterfugios porque yo, te recuerdo que soy mi propio destino, llámame Diamante, llámame Victoria, llámame como tú quieras, pero ya estaba en los brazos del ahorcado, llegabas tarde una vez más y lo estabas oyendo aún sin saberlo; me oías reír en sueños casi todas las noches porque soñaba con él, pero estabas tan centrado en tu adición que no eras capaz de sumar los números que la vida te ponía delante.

Podías seguir inventando excusas para ver a quien tanto molestó que cuánto más ausencias tuvieras más libre estaría yo, y entre lo que una cosa te entretenía y la otra te obnubilaba yo construía, o más bien reconstruía, lo que antaño se me rompió.

Accedí a volver contigo al principio por miedo que él me quitó, también por inocencia ya que te creí, pero una vez que él entró otra vez en escena y recordé su amor tu querer de azar no tenía nada que hacer porque un adicto nunca cambia, siempre seguirá mintiendo.

Ser adicto a la victimización es otro rasgo de las personas que no asumen que hacen las cosas mal, las personas que creen haber hecho bien todo, las que siempre tienen la razón. Tú.

Nadie puede ser víctima de todas sus relaciones.

Con alguien sujeto a una adición no se puede tener un proyecto de futuro.

AITANA – Teléfono