Siempre  habían puesto un plato cada Navidad en la mesa y cada cena de Nochevieja para su hermano, a pesar de que él había muerto, era la especial forma que tenía su madre de recordarle. Su madre no llenaba con ninguno de los manjares los platos que ponía en su sitio vacío, pero ponía aquellos platos y los iba retirando como si él estuviera allí y cuando lo hacía el silencio se hacía en la mesa y a todos se les hacía un nudo en la garganta, a ella que era la que más unida estaba con él se le saltaban las lágrimas.

Sobre todo en los primeros años que faltó.

Era una especie de homenaje sentido y callado con el cual quería hacer ver  que no se olvidaba de él a todos los miembros de la familia allí reunidos en aquellas fiestas.

Cuando Jana creció y se independizó nunca fue capaz de mantener una relación por demasiado tiempo, nunca encontró un hombre con el que mantenerse unida por más de cuatro años. Tampoco fue capaz de mantener una buena relación con su familia.

A partir del segundo año, a todos los hombres les sacaba una pega, o muchas.

Era entonces cuando emprendía el camino del distanciamiento, el largo y aburrido camino del ninguneo, generalmente no era ella quien daba el paso de dejar a sus parejas, sino que les guiaba con astucia de alguna manera a que dieran ellos el paso.

Lo que hacía era irles conduciendo como si utilizara garbanzos por un arduo camino hacia la salida, con los granos de arena por un reloj del tiempo desde la parte superior a la parte inferior, donde finalmente quedarían condenados al ostracismo y a la desidia  junto con todos los demás que no habían pasado la criba. En realidad, ninguno pasaba la criba.

A medida iban entrando nuevos hombres en su vida en una larga procesión, en lugar de poner el plato del ausente vacío, como el de su hermano difunto, lo que hacía era quedarse con un plato que el  hombre turno hubiera cocinado en su casa como receta.

Jana iba apuntando las recetas en un cuaderno que había mandado encuadernar, con forma de libro y con folios negros, allí apuntaba con detalle  los ingredientes,  los tiempos de preparación,  todo lo necesario para cada receta, y si con el tiempo apreciaba que había algún truco para hacer esa receta también lo apuntaba y al final pegaba una fotografía de ella con el hombre que le hubiera enseñado cómo hacerlas, esa era una versión a su medida del plato del ausente que le había enseñado su madre.

Su propia versión.

El problema se le planteó cuando llegó a su vida un tipo que no sabía hacer nada, ni un huevo frito, lo único que sabía hacer era una triste tortilla de patatas que por supuesto ella ya sabía cocinar y además la hacía bastante mejor que él.

Por descontado, tuvo que enseñar aquel pobre chico que no daba la talla de hombre a hacer todos los platos de su libro de recetas y ni siquiera llegaron al cuarto año, después del primero ya se dio cuenta de que él era una farsa.

Aquel chico, porque no se le podía llamar hombre, no había crecido, seguía teniendo en muchos sentidos quince años y no le habían enseñado hacer nada de las labores de casa, así que lo único que sabía hacer era la cama porque se lo habían enseñado a hacer en el ejército.

Era un pobre chiquillo que no había podido crecer, tenía un extraño trastorno que sus padres por múltiples razones no se habían dado cuenta que tenía.

Estaba sin diagnosticar.

Era un tipo obsesivo que había caído en malos hábitos por culpa de que no estaba diagnosticado.

Su mente se había quedado parada a los quince años, podría tener el cuerpo de un hombre de treinta y cinco años, aunque tenía la cara de un hombre de cincuenta y cinco años, pero seguía siendo un adolescente que no sabía nada de la vida, y lo que era aún peor, no quería avanzar, ni crecer, y mucho menos evolucionar, porque como todos los adolescentes piensan que “ser hijo es fantástico”, mientras mamá me haga las cosas para qué las voy a hacer yo, pero Jana no estaba por la labor, si no había tenido hijos no iba a adoptar a un tío al que ni siquiera amaba.

Era el pobre chiquillo que en cuanto el padre o la madre se daba la vuelta le robaba el monedero a ambos, y cogía todo lo que podía para gastárselo en chucherías, solo que cuando fue más mayor ya no se lo gastaba en chucherías, y a Jana también la trataba como si fuera una madre que tuviera que consentirle sus niñerías.

Ella jamás quiso tener hijos, había visto el sufrimiento de la pérdida en casa y nunca quiso vivir nada de aquello, así que decidió romper con aquella relación tan absurda como tóxica, una vez que él había marchado preparó el plato favorito de él,  cogió  uno de los platos de su carísima vajilla, lo puso  en la mesa del comedor  e hizo lo que hacía su madre, el primer domingo en el que él ya no estaba compartiendo su vida con ella, sirvió la comida, puso un plato vacío para él, y cuando termino de comer tiró el suyo al suelo rompiendo el hechizo de todo lo que hubiera podido haber entre ambos.

Nunca más podría comer él de ella.

Al principio le veía vagar por los alrededores de su casa, pero no le hizo caso, porque sabía que lo había hecho bien con él, le había dado más de una oportunidad para crecer, para evolucionar y él las había tirado todas por el desagüe, las primeras semanas fue pesado y cansino machacándola con mensajes absurdos en los que le decía que la amaba con locura, pero ella sabía que no se ama con locura, sino con mesura, se ama bien o no se ama, se ama sin robar, se ama sin mentiras, se ama sin meter a otras personas y entregándolo todo y no reservándose cosas para hacer algo malo, cuando Jana se cansó del asedio le plantó cara y aprovechando la visita de su hermano mayor publicó una fotografía de ellos en las redes sociales y el engaño dio resultado.

Aquel pobre muchacho creyó que su hermano era su nuevo novio.

Nunca más supo de él, jamás volvió a molestarla, ni le vio por las calles.

GREG LASWELL – Your ghost