No fueron las mentiras lo que mató el amor, fue la esperanza que me dabas en cada ocasión que prometías un cambio.

Fue la esperanza que escondías detrás de cada intención de futuro que según pronunciabas ya sabías que no ibas a cumplir y aún así seguías diciéndome porque el brillo de mis ojos te parecía adictivo.

No fueron las mentiras, fue la esperanza lo que me apartó de ti, la esperanza que día a día iba muriendo dentro de mí cuando iba dándome cuenta de que tú no ibas a cambiar.

Los mentirosos no cambian.
Los mentirosos se vuelven adictos a la mentiras.

Mientras que la gente con ganas de vivir nos volvemos adictos al optimismo, a ayudar, a creer, a querer, aunque no haya motivos, a seguir intentándolo porque “y si…” pero los “y si…” no pueden seguir rigiendo la vida de alguien solamente porque esperen que otra persona cambie de vivir autodestructivamente.

Al final la esperanza se vuelva como una bala que nos explota en toda la cabeza reventándonos la vida, y el corazón destrozándonos para mucho mucho tiempo.

Las mentiras hacen que nos volvamos más precavidos, más analíticos, más desconfiados cuando conozcamos a más gente, pero la esperanza, o más bien la falta de ella,  hace que nos sintamos muertos por dentro, sin ganas de vivir, que seamos como una persona en coma que vive gracias al respirador.

Así me han dejado tus acciones, viviendo por inercia y preguntándome qué pasará cuando se me acabe la fuerza del impulso que tenía antes de que te tropezaras en mi vida, porque lo tuyo fue eso, un tropiezo.

THE DRAMATICS – Your love was strange