La primera vez que te vi estaba agotada y dolorida, pero aún así tenía muchas ganas de conocerte.

Tenía ganas de cogerte en mis manos y abrazarte, y no soltarte nunca.

Recuerdo que tenías los piececitos casi tan largos como las piernas y eras un poco más pequeño que los niños que estaban naciendo por aquel entonces, pero es que tú habías nacido algunas semanas antes de tu tiempo.

Cuarenta y siete centímetros de vida.

Si yo salía de la habitación se te oía llorar en toda la planta, de la habitación y de tu ángulo de vista, y eso que me habían dicho que los bebés no ven las primeras semanas.

La primera vez que te tuve en los brazos te llamé bichito, naciste a los ocho meses y te habías pasado  intentando salir desde los cuatro meses, supongo que no aguantabas más para vernos a todos.

Me chocó mucho que una de tus piernas estuviera torcida por la posición que había tenido dentro de mí y alguien me dijo que eso se corregía en poco tiempo.

Naciste por cesárea y no tenías la cabeza como suelen tenerla al pasar por el canal estrecho que supone pasar por la llegada a la vida.

Al llegar así a la vida, a mí, no estabas amoratado sino sonrosado y todos éramos felices por verte con nosotros.

Hoy hace mucho tiempo de eso, y se nos ha pasado en un abrir y cerrar de ojos.

Hoy han pasado diecinueve años de un día muy especial en la vida de todos los que te conocemos, en mi vida, en la de tu padre, en la de tu hermana, en la de tus abuelos, y tus tíos y primos.

Eres un ser muy especial que me ha hecho mejor persona y que cada día me haces ser más reflexiva, que me enseñas mucho.

Gracias hijo.

Feliz cumpleaños.

BRANDI CARLILE – Oh dear