A veces la vida nos trae personas cuya amistad es un regalo, disfrutar de su compañía es una bendición. 

A veces la vida nos regala amistades de las que podemos aprender y cuya compañía es una oportunidad para crecer y como tal tenemos que ver esos ratos que pasamos con ellos, con ellas, momentos de enriquecimiento en los que podemos evolucionar a un plano superior, dejando de lado viejos hábitos que no nos llevan a ningún buen puerto y adquiriendo nuevas costumbres que resulten más saludables para nosotros.

A veces la vida nos pone a prueba con algunas  personas de las que llegan a nuestras vidas, de esas que creemos que son amigos, pero que finalmente nos demuestran que no lo son, porque están atrapados en malas situaciones y por más que lo intentemos no podemos ayudarles. 

No todos están en el punto de ser ayudados para salir de un pozo en el que desean estar y ni siquiera ven como un pozo, sino que disfrutan revolcándose en la ponzoña del fondo, les gusta el olor del fango, de lo podre del cieno en el que se han metido. 

A veces la vida nos pone en la encrucijada de dejar la amistad o volver a intentar ayudar a quien ya sabemos que no quiere salir de sus problemas, y finalmente gana nuestra propia vida. 

No gana por egoísmo, ni porque no seamos amigos, la opción gana porque los agravios son tan graves cuando el presunto amigo está perjudicado por su problema que puede llevarse por delante miles de cosas nuestras, planes futuros, nuestros proyectos, nuestra intimidad, secretos compartidos, otras amistades, otro tipo de relaciones como familiares o sentimentales y tantas otras cosas más. 

Es cierto que cada persona que se cruza en nuestro camino está librando sus propias batallas, pero si intentas ayudar a alguien y te lo paga con desagradecimiento quizás la respuesta es huir sin contemplaciones y no permitir que nadie nos haga daño, pues nosotros también estamos librando nuestras batallas. 

Ser amigos no es dar la razón al otro en todo lo que diga, es razonar con él o ella en todo lo que necesite en su cara y defenderle a capa y espada por la espalda. 

Cuando este precepto no se cumple por ambas partes es mejor dejar de ser amigos, porque eso no es amistad es ser colegas, hay que saber bien con quién se junta uno porque ya lo dice el refrán dime con quien andas y te diré quién eres.

Así si te juntas con borrachos la gente te tomará por un borracho. Esto es aplicable para lo bueno y para lo malo.

Tú puedes ser alguien inmaculado, pero si te juntas con gente que cometa delitos la sociedad verá el conjunto, no únicamente a ti, será todo lo triste que quieras, pero es así.

BRANDI CARLILE – The story