Llegó el cumpleaños que me parecía que no iba a llegar jamás, el que siendo pequeña y joven decía que era imposible que yo me hiciera tan mayor, y sin embargo aquí estoy frente al espejo y también frente a una mujer que no reconozco. 

Han sido muchas las experiencias que he pasado desde aquellos días en los que iba por el pueblo sin preocupaciones y toda sonrisas. 

Más bien mi vida ha cambiado a todo lo contrario, me he enfrentado a todo lo que jamás pensé que tendría que hacer frente, y en estos últimos años más.

Fue entonces cuando me abandoné y no quise seguir usando mi sujetador, empecé a usar ropa holgada, fue entonces cuando dejé de vestirme para ellos y empecé a vestirme más para mí, de forma más cómoda,  sin tacones ni excentricidades. 

Cambié miles de cosas en mi vida y en mi día a día, compré ropa interior más confortable  y no tanto para lucir. Poco a poco dejé de tener para quién lucirla.

Empecé a caminar porque había un dolor que no se iba. 

Mi doctora me dijo que me derivaba a traumatología, pero como todo aquello se demoraba mucho mientras llegaba una posible solución yo iba buscando mis propias alternativas, intenté hacer Yoga, miraba canales de YouTube para aprender cosas sobre cómo moverme, probé a hacer Pilates, lo intenté con un quiropráctico que era maravilloso, probé con el fitness, el gimnasio… 

Sin embargo, aquel  era un dolor que iba más allá de lo que yo podía tolerar, había movimientos que cada día me eran más difíciles, aquel dolor era un peso muerto para mí, una carga que cada día se volvían más pesada para mi espalda porque de todos es sabido que no el problema no es cuánto pesa lo que portamos, sino por cuánto tiempo somos capaces de portarlo. 

Quizás un vaso de agua no pesa mucho en nuestra mano extendida si lo sujetamos por medio minuto, pero si lo sujetamos por medio año podríamos llegar a llorar por un segundo más que lo sujetásemos o por una gota más que alguien metiese en el vaso.

Al final aquella molestia se transformó en  un dolor que no me dejaba hacer casi nada, estaba siempre presente, sentada, tumbada, de pie, dormida, despierta y me impedía hacer una vida normal, llegó un momento en el que me había vuelto un ser huraño por culpa de mi eterno compañero, mi dolor.

Algunos días me encontraba tan mal que sentía que no podía seguir viviendo,  lo cierto era que no podía ni dormir de tanto que me dolía y, a veces ni respirar, agacharme a coger cualquier cosa era la muerte para mí, levantarme de la cama o del sofá era oírme en un mudo chillido que callaba para que en casa no me tildasen de loca ni de exagerada, atarme el calzado era un remake de Misión Imposible. 

Un día empeñada en bajar peso convencida de que bajándolo aliviaría parte del problema coincidí con una vieja amiga que no veía desde hacía tiempo y me dijo que me veía bastante mal, le expliqué frente a un café cómo me sentía y todo lo que estaba pasando, me contó que así estaba ella hacía algunos meses con una situación muy parecida, pero con sus rodillas y me dio una tarjeta. 

Al leerla mi escepticismo debió dibujarse en mi cara y mi amiga tomó mis manos diciéndome que si ya había visto a todo tipo de médicos no tenía nada que perder por ir a ver a esa persona. 

Llamé unos días después y solicité una cita. 

Había pedido ver a una mujer que en su tarjeta decía que era bruja, sinceramente me preguntaba si habría enloquecido. Y peor aún, me preocupaba qué me dirían en casa al saber que había ido a aquel sitio, porque ya que había llamado iba a ir. 

Decenas de veces mientras llegaba pensé en no ir a la cita, llamar y decirle alguna excusa, pero eso no iba a dejarme tranquila ni solucionar mi problema con mi dolor. 

Cuando llamé al timbre y me abrió aquella mujer que quizás yo me la esperaba con un disfraz, o alguna cosa extraña, no sabía muy bien qué, si detecté una atmósfera rara, sin embargo, aquella mujer nada más abrir la puerta de su casa me transmitió calma y paz. Sus ojos me dieron  sosiego y serenidad. 

Sus ojos eran de un extraño color verde que me recordaba al agua de los pantanos a los que solía ir de pequeña con mis hermanos y en ellos brillaba la intensidad de la luna. 

No llevaba ningún disfraz, ningún vestido especial que la pudiera tildar de bruja a mis ojos y aquello me hizo sentir un poco ridícula, sonreí.

Se presentó como Verdia y ella también me sonrió, me explicó que la gente solía hablar de ella como bruja, y que no le molestaba porque aquella definición porque quería decir sabiduría. 

Estuvimos hablando un poco, en un primer momento pensé que sus preguntas eran triviales y sin importancia. 

Entonces me explicó que mis dolores se debían a que llevaba  cargando demasiado tiempo con algo que me perjudicaba en el alma que lo que le había contado era mucho más de lo que yo me había imaginado, mis ojos se cerraron porque no deseaba que las lágrimas se derramasen, solamente con mirarme Verdia ya sabía qué me pasaba. 

El tiempo volaba y Verdia me preguntó si le permitiría ver y tocar mi espalda, realmente el lugar en el que estábamos era muy acogedor, me encontraba muy bien allí, estaba a gusto con ella, tranquila y en calma, así que asentí. 

Me quité la ropa siguiendo sus instrucciones y me quedé descalza y con la ropa interior, seguí su mano y me tumbé sobre un diván alto que tenía en la sala en la cual me había recibido, allí posó sus manos tibias en mi espalda tensa y contracturada.

Verdia era una mujer atemporal, no habría sabido decir cuántos años tenía, por un lado, sus manos me parecían viejas y sus ojos me parecían contener toda la sabiduría del mundo, pero no había arrugas en su cara ni en sus manos, era más bien un concepto al ver lo erudita que era. 

Solamente al tacto de sus cálidas manos sobre mi piel desnuda ella ya supo ver todo lo que yo no le había contado de mi historia, aunque yo había sido bastante sucinta en todo lo que le había respondido a sus preguntas, las cuales tampoco habían sido excesivamente inquisitivas. 

Ella terminó de hacerme el relato vital que yo había callado en aquel rato y todo lo que aquellas presiones que había cargado con los años me habían supuesto, tanto dolor, tanto rencor que había perdido la cuenta, y todo ello innecesario, me explicó cómo el peso que había estado cargando sobre mis hombros me estaba haciendo un daño que no podía superar, el peso de mi propio mundo y del ajeno, entonces exhalé todo el maldito aliento que llevaba reteniendo desde hacía tantos años, tantos que no recordaba el principio del dolor y de la carga, las razones o de quién fue. 

Verdia tomó mis manos en las suyas y me fijé que aunque yo me veía vieja en el espejo de mi casa, la juventud de mis manos desentonaba con la de sus manos de mujer llena de sabiduría pero no de años, en ese momento me di cuenta de que aquella mujer se movía con la grácil agilidad que podía ser una muchacha de quince años, me indicó que bajara las manos, que moviera mis hombros, cogió mi cráneo con aquellas manos y me pidió que relajara el cuello para poder levantar mi mentón entonces se puso detrás de mí, apartó mi pelo que a pesar de las canas yo me empeñaba en dejar largo y no teñir como hacían el resto de mis amigas, sus labios rozaban mi oído y su voz ahora me parecía un canto de sirena, y me recitó un encanto mágico susurrando:

“Deja de pensar que hay culpables en lo que te haya pasado, porque si los hay ya no lo son, el tiempo es otro. 
En esa misma línea de pensamiento deja de pensar que algo de lo que pasó en tu vida o en la de los tuyos fuera por tu culpa. 
Deja de pensar en la responsabilidad. Si es de uno o de otro, si es tuya o si se pudo hacer algo. Deja en paz el pasado, no hay nada que puedas hacer ya en él, trabaja como mucho en el presente para cambiar el futuro.
Deja de pensar en abarcarlo todo, porque eso nunca te va a dar buenos resultados, trabajar pensando que puedes abarcarlo todo es como pensar que puedes apretar el agua con tus manos, pero debes ser consciente de que se escapará entre tus dedos, siempre. 
Haz únicamente lo que esté a tu alcance, para lo que no esté a tu alcance confía, delega y después supervisa. 
Tienes un tiempo limitado en este mundo y debes disfrutar más y preocuparte menos. ¡Vive!
La solución de las cosas no siempre está a tu alcance, por lo tanto, debes aceptar las cosas tal como te vengan si no puedes hacer algo para cambiarlas y en caso de que puedas lucha por ese cambio, pero no cargues con nada ni de nadie.”

En ese momento ya no pude ni supe contenerme más, empecé a llorar todo lo que no había llorado en todos aquellos años en los que me había contenido y en los que había cargado con miedos, rencores y odios, eran lágrimas negras  pero con un cierto grado de transparencia visible sólo para mí,  me parecía como si fueran cristales que me recordaban a los que tenían las lámparas antiguas de la casa familiar, en aquella negrura ponzoñosa pero semitransparente podía ver el motivo de por qué caía cada una de aquellas lágrimas. 

Quizás en algún momento mientras lloraba lo que no había llorado en décadas pensé que tanto sufrimiento se transformaría en lágrimas de sangre, sentía el dolor abandonándome y poco a poco cada uno de mis huesos, tendones y músculos regresaron a su sitio, nunca me había visto como una mujer jorobada, pero en aquel preciso momento mi cuello y mi espalda se distendió, y me pareció que todo en mí se había corregido por fin. 

Me vino a la mente la imagen de una madeja de lana enmarañada, la madeja era de las que hacía mi madre para hacer labores, punto y ganchillo sobretodo, aunque se le diera francamente mal, en aquella visión veía el gato que teníamos en casa jugando con la madeja, y él era la representación de todos aquellos problemas que había tenido y que obviamente no había sabido cómo gestionar y mi vida era la madeja. 

Verdia me indicó que debía levantarme del diván, la verdad fue que lo hice con algunos reparos porque desde hacía ya algún tiempo mi espalda me daba mucho dolor y bastantes problemas a la hora de incorporarme. 

Sin embargo, fui capaz de erguirme  como hacía años no había sido capaz  y escuché una larga procesión de huesos emitiendo crujidos al colocarse en su posición original. 

El peso de mi mundo había sido eliminado de mis hombros, ahora ya sabía cómo gestionar el peso del mundo y qué hacer con todo aquello, no se trataba de ayudar a todos ni de cargarme con las cosas de los demás, sabía qué dolores del pasado habían marchado y seguirían lejos siempre que yo los mantuviera a raya gestionando bien mis cosas. 

Aquella mirada del color de los pantanos me escrutaban expectantes:

"Debes saber que hay dolores que se cargan dentro del corazón y esos no hallarás manera de sacarlos con facilidad, tendrás que aprender a soltar el pasado o terminarás ahogando tu futuro y matando tu presente. 
Tienes que entender que la falta de perdón únicamente lastima a aquél que es incapaz perdonar, pues el que no es perdonado sigue adelante con su vida ignorante del odio y los sentimientos negativos que despierta en la persona que lo odia. Y es quien odia, es el resentido, a fin de cuentas, el que porta con semejante tipo de carga negativa, putrefacta, dolorosa que le corroe el alma, el corazón y sin duda alguna el cuerpo.” 

Salí de aquella casa con una espalda nueva y muchas enseñanzas que poner en práctica para el comienzo del resto de mi vida.

ROBINSON – Don´t trust myself