Aunque la vida me fuera en ello no podría localizar aquel lugar donde nos besamos por primera vez, donde como si de un asedio se tratase te quité la oportunidad de ser el hombre y de llevar la iniciativa para dar tú el primer paso y con él nuestro primer beso.

Apenas un roce tibio enredado de nuestros sentimientos por medio de mis labios que aupada de puntillas tenté a la suerte para ver si me correspondías.

Y me correspondiste con tus finos labios tan dispares el uno del otro que te hacían parecer algo extraño, pero como siempre eso no lo vi hasta más tarde, hasta ser demasiado tarde.

Tarde porque no te veía como eras realmente.

Tarde porque tú ya te habías tomado tu tiempo para encandilarme con tus chorradas,  tus detalles de pueblerino al que no supe captar.

Me bañé en tus lagos de labia y me revolqué en aquellas tonterías que me regalaban aquellos labios en los oídos ávidos de necesidad de cariño y de calidez que era justo lo que tú supiste ofrecerme estratégicamente.

Y es que serías un tío pueblerino, pero de tonto tú no tenías un pelo.

No habías salido mucho de esa ciudad pequeña en la que habías nacido y tu familia sería una cochambre, según tú siempre, yo no digo nada, pero tú eras un tío que tenía un don especial para fijarse en las cosas, incluso para emularlas, era como si tuvieras un olfato agudísimo para detectar a según qué tipos de personas y moldearlas a tu gusto.

Y eso fue lo que hiciste conmigo, moldearme, como el alfarero que toma entre sus manos un taco de arcilla y lo ve en su mente siendo una vasija preciosa, tú viste en mí un diamante en bruto y tallaste un brillante, lo que no entiendo es por qué me dejaste abandonada. Abandonada a mi suerte y sin ti.

BLANCO WHITE – Olalla