Melisa no entendía la forma de actuar de su marido Juan, solían discutir muy a menudo, demasiado para su gusto, desde el portal se oían los gritos, las voces que se daban eran la comidilla de todos los vecinos.

Cada poco tiempo tenían una discusión para sumar a las muchas que tenían.

Llevaban poco tiempo casados y no tenían niños, eran nuevos en aquella casa y no los conocían, ella ya tenía mala prensa porque solamente se la oía a ella, él solía callar y marchar.

Aquel sábado por la tarde fue tal la bronca que Juan se marchó a casa de sus padres y tardó en volver unas semanas, lo hizo a petición de ella.

Le llamó y le dijo que le extrañaba.

Él se hizo de rogar, aunque en realidad no se atrevía a dar el paso de independizarse y coger un piso por su cuenta, si se lo decía su mejor baza se iba por el retrete.

El mismo en el que su propia madre no le dejaba ni cinco minutos a solas para cascársela a gusto y tampoco le dejaba tener unos minutos el teléfono encendido después de cierta hora, aunque ya tuviera más de cuarenta años porque decía que era su casa y la  luz encendida después de ciertas horas no era lo que se tendría en una casa decente.

Lo que su madre callaba era que sabía perfectamente qué veía su hijo en aquel móvil y sabía el resultado de lo que hacía bajo las sábanas porque lo veía cuando le hacía la habitación al día siguiente.

Así que Juan aceptó volver a casa con Melisa, aceptó porque era muy inteligente y le dio la vuelta a la situación aprovechando que ella tenía un carácter muy efervescente y ya le tenía cogida la medida, sabía cómo hacer que gritase para que quedase siempre como la mala aunque fuera él el culpable de las discusiones, el que se agarraba a todo tipo de vicios que le hacían cambiar de humor, de estado, de todo y lo pagaba con ella.

Cuando volvió lo hizo manteniendo un perfil bajo.

No le interesaba sacar a Melisa de sus casillas, por lo menos no tan pronto, porque no podría volver a casa de sus padres si no quería que todo le reventara en la cara.

Durante los primeros días como suele ser habitual las reconciliaciones son un camino dulce pero también un terreno lleno de baches.

Ella ya había recorrido ese camino más de una vez, con más de una persona, y sabía que estaba jugando bazas que no quería que se supieran, así que empezó a dar palos de ciego a ver qué sacaba.

Y como su madre le decía siempre saca de mentira verdad.

Le dijo lo que había hecho ella durante los días que él no había estado él en casa y él calló en la trampa contándole lo que ella quería saber.

Le soltó que había quedado con un compañero de clase y que no había estado su compañera o novia.

La suma era muy fácil.

Si aquella estúpida pueblerina no había estado el día que aquel cerdo borracho y drogadicto había quedado con su marido significaba una única cosa: habían ido a una casa de alterne.

Podría preguntárselo directamente o tratar la cuestión indirectamente, pero ella no era una mujer que se anduviera por las ramas, así que lo preguntó sin miramientos.

La respuesta fue abrumadora, él adujo que como no estaban juntos se había sentido libre de subir a una habitación con una negra despampanante y que también había estado en contacto con su ex.

En aquellos segundos los años que llevaban juntos se desmoronaron en la cabeza de Melisa, la confianza que le tenía se diluyó, pero decidió fijar su mirada en un punto de la cara de Juan y no mover ni un músculo.

Él esperaba una bronca monumental, que Melisa le dijera que lo dejaban, pero aquella mirada fija era imposible de interpretar, si hubiera sido una jugadora de póker habría podido marcarse un farol de lo que fuera.

Esperaba gritos, estaba posicionado con un pie delante en forma de defensa por si ella se abalanzaba sobre él con rabia, la misma que sintió cuando a él se la jugaron así en su primer matrimonio, pero en lugar de esa rabia hubo silencio por parte de Melisa.

Cenaron y ella salió a pasear con la perra diciéndole que hiciera el favor de dejar los platos fregados ya que ella había cocinado.

Melisa no pudo evitar sonreír cuando aquella noche él marchó a trabajar una hora y media antes de su horario de entrada a trabajar, porque sabía dónde iba y ella marcó un teléfono que tenía escrito en su agenda hacia el centro, con un bolígrafo que no escribía para que no fuera detectado a primera vista.

A las diez sonó el timbre de su casa y pese al paso del tiempo, pese a las cosas que habían pasado y las personas que habían pasado entre ellos una mirada entre ellos en aquel recibidor fue suficiente para reavivar todo el amor que tuvieron años atrás.

Guardaba su número con un nombre que él no conocía incluso compró un teléfono nuevo que Juan no veía, y quedaba con su ex cada vez que sus horarios le daban la posibilidad, en su casa y en la de él, en cualquier lugar que les fuera propicio.

En alguna ocasión incluso estuvieron a punto de cruzarse todos, su marido y la ex, ella y su ex, ya que él alegaba que iba a visitar a sus padres, pero estaba en cualquier lugar con aquella mujer comprándole cosas que a ella le decía que eran imposibles. O cuando él le decía que tenía comidas de empresa y estaba con su ex que le cobraba por cada cita, y Melisa aprovechaba a su vez para quedar con el hombre de su vida, por amor, un amor que se fortalecía con cada minuto que pasaban juntos.

A Melisa ya no le importaba aquel tipo que tenía todos los vicios posibles, era mentiroso, putero, le había dado a la cocaína, al alcohol, al tabaco, y por si fuera poco era jugador, así que ¿ahora que ella había vuelto a encontrar el amor verdadero a quién le podría importar el tipo que había abierto la veda a la infidelidad?

Aunque en realidad ella no se acostaba con el hombre que amaba, sencillamente había retomado su amistad, recordó que cuando se conocieron años atrás Él había basado la relación en ser primero amigos, fue una estrategia que consolidó su amor por los cimientos, y eso fue lo que quiso hacer, pese a que se moría por volver a estar entre sus brazos y la tensión sexual era más que evidente con aquel hombre le bastaban algunos roces, sus miradas, algunas palabras y que él siempre decía que sí a cuando ella le llamaba.

Melisa simplemente aguantó la comedia de su matrimonio mientras montaba una empresa partiendo de su mayor activo, su talento y su creatividad.

Cuando lo tuvo todo dispuesto destapó los años de mentiras a los que Juan la había sometido, las infidelidades, le pasó por WhatsApp las capturas que había ido recogiendo de sus citas, las fotos de sus mensajes, y le puso en la calle como se merecía con una bronca de las de antes que a él le pilló desprevenido.

A ella, a la ex, le dejaba un buen regalito, un hombre que únicamente pensaba en sí mismo, que era tacaño, que solo quería cosas para sí y nunca pensaba en nadie más, que cuando recibía 100 daba 10 y que jugaba con los sentimientos de los que le amaban, quizás porque era lo que aquella mujer de pago le había enseñado. 

Al final quien vive en el submundo aprende a vivir como un subhumano, sin sentimientos, sin personas que te quieran, te rodean por lo que pueden sacar de ti.

Al final Melisa se dio cuenta de que no podía salvar a quien no quería ser salvado, no podía salvar a Juan de nada de lo que le comía por dentro, que eran sus propios fantasmas, o su propio cáncer el que le devoraba y que ella por más que se hubiera empeñado en amarle solamente le había querido mientras se había hecho la ciega a las evidencias, pero no desaparecían por más que cerrase los ojos fuerte, y decidió vivir su vida intentando ser feliz. Decidió salvarse a sí misma.

TURIN BRAKES – Save you