LA VIDA ES UN BOOMERANG

Se paró a observar su comportamiento y se dio cuenta de que era un cobarde, de que sus comentarios eran resultado del complejo que le dominaba, un complejo de inferioridad que intentaba esconder bajo una capa de chistes y pretendido buen humor que no le salía del todo bien. Al principio se reía pero después de un tiempo se dio cuenta de lo burdo de su sentido del humor.

Era un hombre apocopado sin confianza en sí mismo que cuando discutían siempre le echaba la culpa de todo lo que sucediera a ella, así una discusión que empezaba por una nimiedad pasaba a ser un embolado de dimensiones estratosféricas, en algún momento de todo el proceso el punto de partida se desdibujaba y perdía nitidez dejando de importar para entrar en una guerra de reproches que él siempre ganaba.

En una de esas espirales él agarró la puerta y desapareció durante días, como tantas otras veces.

Aquella historia era como ver el dibujo del palpitar de un corazón en la máquina, un día bueno un día malo, un día regular, otro peor.

Siempre se repetía el patrón.

El dibujo era el mismo.

Tic.

Tac.

Y tic otra vez.

Y tac de nuevo.

Todos percibían el hedor del maltratador aunque no dejara marcas que tatuaran la piel de aquella mujer eran visibles sus cambios de actitud, cómo ella se estaba hundiendo y cómo la iba sometiendo.

Hasta que en una de esas broncas ella descubrió el motivo de porqué montaba aquellos teatros.

Él se marchó, sabiendo que era la comidilla entre los vecinos por las discusiones había empezado a bajar la voz en cada discusión así sólo se la oía a ella defenderse de sus acusaciones, desprecios y humillaciones.

Solía hacerle hincapié en los kilos que había ganado, en los años que tenía y cómo iban haciendo mella en su físico, en lo vieja que era.

Iba minando su capacidad para verse como una buena persona y sobre todo como la mujer valiente, bella, inteligente, y muchas cosas más que era y los demás veían en ella.

Eran cosas que incluso él había visto en ella, por las que se suponía que se había enamorado de ella, pero al pasar del tiempo no quería que nadie más las pudiera ver y menos disfrutar, y para eso lo mejor que se le había ocurrido era ese plan perfecto, perfecto en su ignorancia, en su limitada capacidad, si ella se veía fea, inferior, tonta, gorda, vieja y todas esas cosas negativas que pudiera meterle en la cabeza no vería cómo era él en realidad ni intentaría irse de su lado, y si le surgiera una buena oportunidad diría que no.

Entonces tras una de sus estampidas ella se quedó llorando en casa y sola.

No sabía si estar a gusto con su soledad o temerosa por el momento en que volviera, y por eso se puso a limpiar toda la casa mientras lloraba y entre sus cosas para lavar, de sus pantalones cayó un rollo de papel de los que te dan en un supermercado, un ticket de la tarjeta de crédito.

Puso la lavadora apartando aquel papel y un día después, aún sin tener noticias de  él, antes de ir a tirarlo a la basura lo leyó para descubrir que la última vez que se había marchado había ido a una casa de señoritas. Un prostíbulo, un lupanar, un burdel.

De inmediato cesó el lloro para empezar una batería de análisis del tiempo que había compartido con aquel tipo, hizo un rápido balance mental que pasó a papel y analizó las posibilidades.

Sabía dónde guardaba su cartilla del banco e hizo algo que jamás se le hubiera pasado por la cabeza, cotejar los gastos de su pareja y revisar los de la tarjeta y coincidían, cada vez que él había marchado de casa tras una bronca diciéndole que lo dejaban había ido a uno de esos locales, mientras ella se quedaba hundida en casa.

Si lo denunciaba por malos tratos psicológicos iba a ser un escándalo, para ella y su entorno así como para él y el suyo.

La iban a señalar por mucho tiempo.

No tenía posibilidades económicas para marcharse de donde residía.

Una orden de alejamiento en realidad era una prisión que cercenaba sus movimientos ya que cualquier cambio que hiciera lo debía notificar y le podría llegar a él. Ya lo había visto en amigas que habían pasado por lo mismo.

¿Cuáles eran las alternativas?

Su teléfono sonó.

Era él.

Estaba pensando que si ella se tenía a bien avenirse a razones y pedía disculpas por sus faltas de respeto él volvería a casa.

Claro que pidió perdón.

Siguió siendo sumisa.

En cada compra incluía uno o dos productos para hacer una buena despensa, buscó trabajo y no le dijo nada salvo que le había salido un curso al que tenía que ir porque era del paro.

Cuando fue a la entrevista y fue seleccionada supo que era la puerta de salida de aquella situación.

Había estado ahorrando dinero de las monedas de la compra de diario, apenas sumaban unas decenas de euros que servirían para cambiar la cerradura.

Cuando él llegó del trabajo ella estaba ahí, en el quicio de la puerta esperando para evitar que él introdujera su llave en la cerradura nueva, vestida provocativa, como para una cita muy prometedora, le sonrió y le invitó a pasar, la cena estaba servida, unas velas coronaban la mesa, cenaron juntos y él parecía encantado, incluso halagó su buena mano a los fogones.

Ella creía que se debían oír sus latidos en el salón que había cerrado para tener la intimidad que necesitaban, bueno, que necesitaba ella. Creía que él podía leer sus pensamientos y saber sus planes, intentaba no sonreír demasiado, no ser demasiado complaciente, no ser muy simpática, ni muy nada.

Mientras cenaban había puesto un concierto de su grupo favorito en la televisión.

Y sus amigas aprovecharon el ruido de fondo y la llave que ella tenía del coche de él para meterle en el maletero cada bolsa de ropa y enseres que ellas había pasado el día preparando.

No tenía remordimiento alguno, cuando empezó aquella relación ella añoraba un amor de verdad, alguien que la amara, dormir con alguien con quien despertar enredada, pero no deseaba que le dijeran cosas que eran obvias porque tenía ojos y espejo en el que veía cómo el paso del tiempo iba haciendo mella en su cuerpo.

Deseaba una persona que la ayudara a reconstruirse de daños pasados y no que la hiciera más daño, y menos conociendo esos males, males que por otro lado todos hemos tenido, son inherentes a la vida y a la convivencia, al amor y al desamor.

Porque en realidad cuando amas a alguien no hace falta que digas una palabra para que sepa que estás mal, con un silencio es bastante, te apoyas en esa persona y todo va bien, pero cuando te quieren poseer te vas consumiendo.

Pero si ése tipo de verdad la hubiera amado jamás habría visto una de sus arrugas y sí habría visto una mujer sabia y buena, capaz de amarle pese a todas sus incapacidades, a toda su ignorancia.

Terminando la cena él se puso cariñoso y ella propuso dar un paseo, de mala gana aceptó y llegando a la altura de dónde estaba aparcado su flamante coche ella paró y sacó el llavero para sacar su copia del vehículo.

Él no entendía muy bien qué pasaba.

Le entregó la llave y le informó que daba por zanjada su vida en común.

La cara de él fue cambiando de la mera estupefacción a la ira absoluta.

Sus frases fueron oscilando entre los porqués a acusaciones de infidelidad, el consabido «no me lo puedo creer» y «esto ya me lo dijo mi madre en cuanto te conoció» y lo que ella más esperaba, «eres una puta desagradecida».

Del cero al mil.

Adujo que debería dejarle subir a recoger sus cosas a lo que ella respondió que estaban todas dentro del maletero perfectamente colocadas.

Ira. Que no podía contener pensando que su víctima perfecta había diseñado el perfecto plan para sacarle de su vida sin que él se percatara de lo que estaba haciendo.

Llegados a ese punto ella sabía qué pasaba por su mente y le previno.

– Si se te ocurre acercarte a mí de alguna forma vas a saber lo vieja que soy, porque vejez suele ser igual a sabiduría. Si pasa algo en alguna de mis pertenencias… no te gustará saber qué gente tan amable me quiere. Si oigo que has hablado sobre mí como sueles hacer de tus ex parejas… destapo todo lo que sé de ti, prostitución, drogas, alcohol, tabaco, juego, carreras, y de todo tengo pruebas. No me importa lo que piensen en tu entorno de ti al saber todo eso y sé perfectamente que no saben nada. No me vas a joder ni un solo día más.

Todo esto se lo dijo mirándole fijamente pasando fotos en su móvil de todo a lo que hacía referencia. Y eso era algo que él jamás hubiera esperado y le pilló con la guardia baja.

Aunque él no lo sabía había un nutrido grupo de amigas y amigos bien distribuidos estratégicamente en portales y recovecos aledaños por si aquella conversación se desbocaba y él reaccionaba de mala manera.

Pero para sorpresa de todos se giró y activó el mando del coche, subió y se alejó haciendo rugir más de lo recomendable aquel motor de un coche de quiero y no puedo.

De vez en cuando se permitía el lujo de regresar a aquella casa, pero nunca la volvió a ver.

Espiaba su perfil de Facebook ya abandonado por si lo retomaba.

Hasta que un día por azar la vio entre miles de personas, estaba delgada, casi tanto que le costó reconocerla. Su cuerpo estaba torneado, sus piernas y muslos eran como las de una chica de veinte años, su pelo ya no tenía el mismo color, era blanco pero le hacía parecer más joven paradójicamente.

Estaba rodeada de gente y sonreía mucho. Era feliz.

Estaban sentados en círculo en una playa porque había ido a la misma fiesta que él.

Un hombre se levantó y le ofreció la mano y ella la aceptó, se incorporó y ambos sonriendo se despojaron de algunas de sus ropas y empezaron a hacer algo que no sabía qué era pero le resultó maravilloso.

Al finalizar el hombre, alto, de musculatura definida, moreno, anchas las espaldas y piel tostada la estrechó entre sus brazos y la besó fuerte pero con ternura. Sus amigos aún sentados les jaleaban entre aplausos y risas.

Una voz le sacó del trance y un codazo directo a las costillas le hizo cambiar de lugar.

– ¿A ver usted qué diablos mira? Ya le tengo dicho que nada de mirar mujeres por ahí que no sean yo.

Era una voz estridente de una mujer bajita, con buen tipo que había conocido en uno de los burdeles que frecuentaba y con la que se había ido a vivir, mucho mejor opción que regresar a la casa familiar.

Aquella voz siguió atronando sus oídos por todo el paseo marítimo mientras que él no podía quitarse la imagen de su ex de la cabeza y recibió una buena colleja por estar ausente.

– A ver mijo usted me demuestra respeto escuchándome o nos regresamos a la casa, usted verá. El huerto me lo tiene a medio hacer.

Era bajita pero tenía más valor que muchos de los hombres que había conocido en su vida, de hecho le manejaba como si fuera un niño de cinco años, aunque cuando se fue a vivir con ella le exigió que dejara su trabajo en el prostíbulo ella le dijo que por nada ni nadie del mundo abandonaría sus metas y él tuvo que tragar con una mujer que trabajaba con su cuerpo, mientras que a su anterior pareja no le consentía tener ni amigas.

Ahora era esta mujer la que controlaba cada aspecto de su vida, incluso dónde miraba.


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©Victoria de la Fuente

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia

los  hechos  aquí relatados y los personajes

son invención de la  autora

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Fuente de la imagen Pixabay