LA ESENCIA A MANZANAS Y CANELA

Aún la recuerdo porque mis retinas la conservan en mi memoria, la oigo en mis oídos con su voz unas veces cascabel otras estridencia, pero sobre todo la recuerdo por su sabor único y su especial olor.

Ambrosía de la piedra, elixir que locura despertaba y tanto ataba.Ella tenía nombre de piedra y era una mujer de regia educación, pero de alegre carácter y cultas maneras.

De elegantes andares, anchas caderas y generosos pechos.

Aquel olor era ella.

Era intenso. Ella era intensa.

No era un perfume, era su esencia.

Aquella mujer olía según se sintiera, como si fuera magia que expelian sus poros.

Igual que esas personas que les cambia el color de los ojos según el clima del día o la cercanía del mar, la claridad del sol o la luz, o de la estación.

Yo sabía si tenía buen día, porque se olían las flores en su pelo y en su cuello.

Podía saber si estaba de mal humor, porque se detectaba olor a avellanas requemadas a su alrededor.

Podía saber si estaba excitada porque detectaba en su piel el dulce olor de la canela mezclados con el ácido, pero atractivo, aroma de las manzanas cortadas en finas láminas, sobre césped recién cortado y eso me hacía feliz y me contagiaba la alegría y, abría los alerones de mi nariz para olerla más ampliamente, respirando todo lo ancho que me diera de sí el pecho.

Y tú al leer esto me dirás «¿A qué te huele a ti la alegría?»

Si la hubieras conocido y olido lo sabrías, identificarías ese olor mirándola a los ojos y no lo olvidarías jamás, nunca olvidarías su mirada lujuriosa, ni su sonrisa al pedirte más.

Todo en ella era extremo. La forma de amar y la de pasar de la gente cuando ya no trataba con alguien, porque si había algo de lo que pasaba era de odiar.

O te quemaba o te dejaba en estado gélido.

Y el hielo también quema.

Y el hielo de los glaciares se derretía cuando yo olía sus ganas de mí.

Era el olor más atrayente que he olido, no podía huir de él.

Una vez, tiempo después de romper nuestra relación nos encontramos en un café y le pregunté si podíamos ser amigos, mirando hacia abajo me dijo que no, porque por mi culpa había perdido su aroma natural, aquel que me volvía loco. Supe que estaba siendo terriblemente sincera.

Había perdido su esencia por cómo yo la había hecho sentir, mis desprecios, mis mentiras, lo que le había hecho en los meses de relación habían borrado la esencia de una vida.

Salí del lugar dónde me la encontré, cabizbajo, reflexionando sobre los últimos años y cuánto la echaba de menos.

Extrañaba a la única mujer que había amado y por la que me he sentido amado.

El tiempo mitiga el dolor, o eso nos dicen, pero aún así mi dolor no remite y cada vez que la recordaba recurría a mi ordenador y miraba sus fotos y si tenía mucha nostalgia de ella la buscaba en las redes sociales para ver fotos más recientes.

Una vez, unos años después de aquel fugaz encuentro en aquel café, la encontré en una red social, en una foto la vi feliz en una fiesta con gente y mi curiosidad pudo más que mi escaso autocontrol, miré, leí ávidamente todo lo que pude todas las publicaciones hasta que la vi luciendo un anillo de compromiso y debajo había escrito:

«Gracias mi amor por traerme de vuelta tantas cosas que creía perdidas, gracias amo de mi corazón por devolverme la fe en el amor, la fe en la gente que dice la verdad, en las personas, en que la lealtad existe, y en traer la sonrisa a mí de vuelta. Gracias mil, por ser el hombre hecho a mi medida que pedía y que soñé. Sí. Simplemente

Entendí que ese hombre que la hacía sonreír y le había devuelto su esencia le había pedido que se casaran, algo que no tuve valor de hacer y menos de llevar a cabo nunca.

Recordé aquel aroma a césped recién cortado, fresco, con manzanas, y aliñado con canela, ese dulzor suave y algo se removió en mi alma.

Apagué el ordenador y me fui a dormir llorando.

Tardé una semana en reunir el valor para volver a enfrentarme a aquella foto, pero ya no estaba, ni la fotografía, ni el perfil, ni ella. Había desaparecido toda referencia a su persona en internet.

Fui a su casa y estaba cerrada.

Es como si nunca hubiera existido.

Había perdido a esa persona para siempre.

Sólo existía en mi mente pues al encender la siguiente vez, mi ordenador se quemó.

Todo lo que me quedaba de ella era aquella canción que me ponía cuando me había pillado en algún renuncio.

CHRISTINA AGUILERA – You lost me

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©VictoriadelaFuente2018

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