Estaba quieta, y en silencio frente a aquellos disparos y las falacias, sujeta a lo que inventaban, mientras pensaban que no llega a sus oídos, estaba entre la espada que algunos que tenía por amigos y familiares tenían por lengua y la pared que suponen los comentarios en un sitio pequeño, con su corazón en medio, un mal movimiento y podría resultar herida de muerte para siempre.

Había aprendido, y creía que deberían aprender ellos también, que la envidia es mucho más zorra que ningún otro de los pecados a los que llaman capitales, y eso que muchas personas se abastecen de todos ellos.

Habia descubierto que algunas personas eran más adictas a su llanto que a todo lo demás que crea adicción y no le veía el sentido, pero parece ser que ellos sí.

Y no pensaba que fuera el ombligo del mundo, pero se había convertido en la diana favorita de algunos idiotas que conocía. No tenía complejo de diva, de diosa, lo que sí tenía era un nudo en la garganta, que decía que valía más por  lo que callaba que por lo que contaba.

Quizás el problema de aquellos que la usaban como diana, era que le ladraban demasiado para lo poco que podían morder su culo y lo que no sabían sobre ella para tratarle así, lo inventaban con total desfachatez y mayor impunidad,  ¡Qué cruel es la ignorancia para con quien la padece!

Que los demás pensaban que era sólo una chica, y en realidad había mucha mujer, y aun más corazón y experiencias, que le hicieron ser tal como era, y por eso sabía que pocas personas que le rodeaban alcanzarían sus metas.

Pero ella diseñó una hoja de ruta, se planificó, hizo que cada día fuera una experiencia maravillosa para guardar en su memoria.

Quizás durante un tiempo pensó que recibir balas fuera divertido cuando sabía que la única que podía terminar con su vida estaba en el arma que ella misma empuñaría si algún día se decidiera a terminar con esta vida que llevaba, pero aún no había tomado la cruel decisión porque tenía planes y miles de cosas que hacer, “ahí os jodan” pensaba.

Tenía el coraje tan bien puesto que ya había dejado de temer a las buenas lenguas, porque ellas también parlotean llevadas por las malas, y de las malas lenguas ya no temía ocuparse.

Estar en el punto de mira de según qué tipo de gentuza no era tan malo cuando ya había aprendido a bailar al son de sus disparos, pero cuando se cansaba era divertido ver cómo se escapaban como ratas cuando pensaba en la posibilidad de devolver la moneda que le tiraron hasta contar las treinta con las que le vendieron.

Pero era mejor regresar a cada lugar, viendo que cada sitio simplemente ya no era el mismo del que había partido, daba igual cuánto tiempo hubiera pasado, porque era ella quién había cambiado, aquel seguía siendo el mismo sitio, el mismo lugar. Y en el regreso podía contemplar cómo aquellas personas que habían traicionado todo cuanto representaban para ella, se han traicionado a sí mismos también, que bailan al son de sus propios disparos con sus propias armas, abandonando su dignidad por cosas.

Lo material no tiene valor.

Abandonando a personas por gente.

La gente tampoco tiene valor, las personas sí.

Había superado a todas aquellas personas que un día habían sido alguien y ahora eran un simple y sencillo nada.

ALBINONI – Adagio en G minor
https://www.youtube.com/watch?v=TpgI3yqGLsU

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©VictoriadelaFuente2018

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