EL SILENCIO DE VERDIA

Antes de ser una bruja Verdia provenía de un clan que estaba asentado en un valle y las normas en cada casa en los clanes las marcaba el hombre de la casa.

Aquella sociedad patriarcal controlaba lo que la mujer podía hacer, cuando lo podía hacer y hasta cuando. Incluso aunque no hiciera nada malo. El hombre tenía derecho a controlar que la mujer de su recién creado clan por medio del matrimonio, estudiase y qué era lo que podía o no estudiar, trabajase y en qué tipo de lugar podía hacerlo, cuánto tiempo, y sobre todo si podría seguir haciéndolo después de tener hijos, tenía derecho por encima de todo a controlar si salía con amigas, o con amigos, sobre todo con amigos, porque en aquella sociedad arcaica no se creía que pudiera existir la amistad entre los hombres y las mujeres.

Quizás ése fue el primer motivo por el que Verdia quiso salir del clan, pero no era por aquel entonces la bruja que años después llegaría a ser, en los años que pertenecía al clan de los Grubbs era una chica con ciertos potenciales, una chica que veía cosas antes de que pasasen, una chica que recién casada estaba dispuesta a estar bajo el dominio del jefe de la casa, pero él no podía ser un buen cabeza de familia cuando incumplía sus propios preceptos.

Los Grubbs eran temidos en el valle, el jefe del clan era el que mandaba sobre todos los miembros de la casa, sobre eso no había discusión, si la mujer de la casa osaba salirse de las normas que un Grubbs hubiera puesto era perseguida allá donde fuera, no importaba lo lejos que marchase,

Cuando aquella chica dejó de ser pusilánime y le plantó cara él todo lo que hizo fue reírse de ella y amenazarla con que si daba un paso fuera del territorio del clan de los Grubbs la perseguiría sin importar cuánto tiempo le costase, un año, diez, o cien, le quitaría aquello que pudiera importarle por poco que representase.

En algún momento entre tanta tormenta un rayo de sol le dio esperanza y rompió los lazos rojos del sagrado matrimonio, aquel que él a fin de cuentas ya había roto y se fue con lo que ella más amaba.

Después de casi diez mil días y noches, creía que podía haber un final de la guerra, creía de verdad que podía haber una situación de tregua, o quedarse en tablas.

No quería una victoria, en aquella situación tras tantas luchas no deseaba ni ganar, ni vencer, ni verse vencida, ni tener a un contrincante lleno de orgullo creyéndose el ganador, ni verse ella ganando viendo a otro perder creyéndose humillado, ésas no eran sus creencias ahora.

Las personas cambian, la gente no.

Y ella había sido capaz de cambiar, mientras que él seguía anquilosado en sus creencias, en sus mismas formas de pensar que siempre, que su clan, que hacía años o siglos.

Quedar en tablas era mejor, salían todos ganando y todos beneficiados, sabía que era una posibilidad entre un millón, pero cabía la posibilidad de que aquel ser inmundo la dejase en paz, dejase de regar ponzoña por sus tierras.

Era lo que le habían enseñado en su clan, allí en el clan de los Grubbs solían ser todos iguales, decían una cosa para hacer otra, solían estar contra las brujas, gustaban de sabotear sus cultivos, las casas, las amistades, y todo lo que tenía relación con ellas.

Había que usar todo lo que se pudiera para quemar a quien se salió de la norma que alguien marcó, aunque fuera ancestral, fuera justa o no, aliándose contra natura y utilizando cuantas malas artes fueran necesarias para tener los aliados que fueran necesarios en aquella contienda.

Sobre todo, lo que no había era perdón.

Para quien se saliera de un clan el destierro no era suficiente, la norma era perseguir a quien se atreviera a revelarse se les solía perseguir como pasatiempo y si presentaba batalla ante algún hombre de paz (un juez que arbitraba entre partes que litigaban por tierras o motivos variados) era muy habitual pagar treinta monedas a aquel hombre para que silenciase aquella mala mujer pagana y la dejase sin voz en cualquier plaza que quisiese hablar y si hablase que la tomasen por trovadora de taberna, esa sería buena chanza para ella.

A los ojos del Grubb Verdia tenía que pagar por cada vez que le había dicho «no» o que le había hecho sentir menos siendo ella más, y es que el problema no lo tenía ella sino él por su tremendo complejo de inferioridad.

Ella siempre preferiría su mundo a las contiendasde un palacio de falsedadesen el que no estaba destinada a vivir, en el que se sobrevivía a base de mentirase infidelidades,un castillo construido sobre los huesos de miles de almas traicionadas que clamaban justiciay a las que habían acallado como a ella, con traiciones, con vendettas, con mentiras y pretendiendo ser las personas perfectas e intachables a los ojos de un dios que vendían a todos como quien vendía indulgencias plenarias.

A los ojos del Grubb Verdia tendría que pagar por el inmenso ridículo que él pensaba que le había hecho pagar delante de los demás clanes y de los miembros del suyo propio.

No sabía aquel hombre que ella había pagado esa deuda y la de siete vidas más… Verdia nunca pensó que el odio pudiera ser la bandera para nadie.

Al ver aquella situación Verdia retrocedió a su amado bosque, a su reino, y volvió a hablar sólo con los árboles, sólo con el agua, sólo con la luna y a escribir en sus hojas teñidas con té y café en su Libro de las Sombras, aquel que sus hermanas del Akelarre un día leerían cuando ella llegara a trascender al mundo de las ánimas. Al ver aquella situación Verdia se recluyó en su silencio para no seguir sangrando por sus dos heridas que no cerrarían jamás, su silencio sería su bastión.

THE CHIEFTAINS -The morning dew

Si te ha gustado tienes otras publicaciones para leer en:

Voy pasando páginas

©VictoriadelaFuente2018

¡SI TE GUSTA COMPARTE EN TUS REDES SOCIALES!

Fuente de la imagen Pixabay