Una persona le regaló un poema por su cumpleaños que decía cosas que le removieron el corazón, le hicieron pensar en los años que había desperdiciado y los que había vivido feliz, en las personas que había conocido y desconocido, y por supuesto en las personas que había dejado por el camino de la vida.

El poema decía:

“Muere lentamente quien no viaja, quien no lee, quién no escucha música, quien no halla encanto en sí mismo.

Muere lentamente quien destruye su amor propio, quien no se deja ayudar.

Muere lentamente quien se transforma en esclavo del hábito, quien no cambia de rutina, o no conversa con desconocidos.

Muere lentamente quien evita una pasión.

Y su remolino de emociones.

Muere lentamente quien no cambia de vida cuando está insatisfecho con su trabajo o su amor, quien no arriesga lo seguro por lo incierto para ir detrás de un sueño, quien no se permite al menos una vez en la vida huir de los consejos sensatos.”

Leyó que era de Pablo Neruda.

 

Le pareció muy profundo, conciso, concreto y en muy poco texto. Así eran los grandes autores.

No había leído mucho de Neruda, pero coincidía absolutamente con aquel escrito.

Releyó cada punto e hizo un recuento, estaba muriendo porque no viajaba, desde hacía años viajar había sido uno de sus mayores placeres, había visitado ciudades, había conocido lugares y conocido gentes de todos los lugares de su país.

Se sentía rica porque desde que era pequeña solía dormirse leyendo.

De esta forma el tanteo quedaba uno a uno.

Ella escuchaba música, era una fanática de la música, acudía a una aplicación que reconocía la canción en unos pocos acordes si no sabía de qué canción se trataba, sabía el nombre de las canciones con que sonaran unas pocas notas y eso era motivo de mofas entre sus compañeros de trabajo o de clase, incluso en su familia le decían que era tremenda.

Así que dos a uno en su personal tanteo.

Últimamente no lograba hallar encanto en sí misma cuando se contemplaba en el espejo y hacía que su mirada se rehuyera cuando se intuía ante el reflejo en un cristal o un escaparate.

Eso hacía un dos a dos en el recuento, pero veía que realmente este último punto tenía un valor mayor, porque se trataba de su autoestima, sus valores hacia sí misma y sin eso estaría perdida para con lo demás y con los demás.

Debía reconocer que en más de una ocasión no solamente había destruido su amor propio, sino que además había permitido que algún imbécil lo hubiera sometido a niveles por debajo de la infra-dignidad.

Y si era honesta consigo misma también debía reconocerse, aunque no se mirase al espejo, pero cuando tenía mudas conversaciones con su yo interior que no era persona que se dejara ayudar, y no en temas referentes a lo económico, sino en lo referente a temas etéreos, a los que son relativos al alma, al carácter.

Esas dos últimas ya dejaban el contador muy lejos de que pudiera ganar, por goleada perdía.

Bien sabía ella que hacerse esclavo de un hábito es morir y a veces no tan lentamente.

También sabía que no cambiar de rutinas es morir por dentro y por fuera, porque la rutina es mortal, mata de aburrimiento.

Y tenía conocimiento de que una buena charla con un desconocido en cualquier lugar, aunque fuera conocido aportaba más que otras muchas cosas por ser novedosas y enriquecedoras.

Había comprendido que cada vez que había evitado alimentar sus pasiones algo dentro de ella había muerto un poco, pero que por el contrario cuando alimentaba cada una de esas pasiones, como escribir, pintar, dibujar, cantar, bailar, hacer artesanías, caminar, aprender lo que le gustase o cualquier cosa que le satisficiera a ella y a sus emociones.

Recapacitó sobre los años que pasó muerta e insatisfecha, hasta que finalmente el valor salió rugiendo dentro de ella y entonces vivió y dejó de morir lentamente y marchó huyendo de aquel mal amor galopando tras un sueño, aunque presentía que pudiera salirle mal, pero al menos no tendría que mirarse años después mirándose las arrugas sin reconocerse para reprocharle a la vieja del espejo cada uno de los “y si…” de entonces porque entonces tuvo valor.

Huyo de todos los consejos sensatos que le recomendaron quedarse con un marido que le era infiel o que aprendiera ella a llevar una doble vida también y prefirió aprender a no contar ninguna mentira nunca más porque las mentiras no llevan a ningún buen puerto, parecen tener las patitas muy cortas y aunque te parezca que viajas muy deprisa gracias a las mentiras debes saber que eso es falso, siempre hay alguien que te descubre en tu falsedad, que sabe lo que hay del otro lado y se lo cuenta a quien no debe.

MO -Mercy

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©VictoriadelaFuente2018

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