Alguien que conoció cuando era pequeña decía que quería una máquina del tiempo para volver a su pasado, pero con lo que sabía de su presente.

Entonces no lo entendía, supongo que era demasiado pequeña.

Hoy con todos los errores vitales que ha cometido lo entiende perfectamente.

Alguna vez que está baja de ánimos repite “me encantaría volver a aquel día que me crucé con esa persona en unas escaleras y él me preguntó si había visto a un grupo de amigos suyos, le respondí que no y él y otros dos amigos que iban con él se quedaron en el bar en el que yo trabajaba a tomar algo”.

Entonces ella no lo sabía, pero esa persona iba a jugar un papel decisivo en su vida, no iba a ser un gran amor, ni mucho menos, pero siendo alguien como es no iba a permitir que ella se saliera con la suya cada vez que decidía cambiar de rumbo.

Allí comenzó la relación que como a muchas personas nos cambia la vida, aunque no sea el amor de nuestras vidas.

El matrimonio.

Era un tipo con el pelo negro como el azabache a conjunto con sus ojos, negros como un abismo, eran tan negros que Enma insistió durante los primeros años de relación en que le había costado sus dos primeros años de relación concretar dónde diablos miraba aquel cabrón.

Sus amigas le decían que si iba puesto de algo porque era imposible saber dónde miraba.

Había estado en el Ministerio del Aire destinado cuando hizo su Servicio Militar y hablaba de aquellos años como si fueran tiempos felices, porque se sentía importante.

Sin embargo, era un tipo que tenía problemas, serios problemas afectivos, odiaba a su padre y detestaba a su madre, era envidioso, pero lo tapaba con amabilidad hacia las personas que tenía envidia, además tenía problemas en el terreno sexual, el máximo tiempo que era capaz de mantener una relación era entre tres y cuatro minutos.

Y así estuvieron quince años y dos niños.

Años en los que él se fue a buscar otras opciones y ella se iba agriando porque en un máximo de cuatro minutos nadie alcanza nada, ya no te digo el clímax.

Cuando Enma supo que él andaba de turista sexual siendo un puto eyaculador precoz montó un follón en casa, le costó superarlo dos años, un tiempo en el que estuvieron constantemente a la gresca, discutiendo, pero él aguantaba porque se sabía culpable y la culpa le retenía como si fuera una lápida que le atrapara las piernas y le impidiera caminar.

A fin de cuentas, ella le pilló en su primera infidelidad.

Enma tenía ese don, veía las cosas, veía las cosas antes de que pasasen, veía todo, Enma era como si fuera bruja.

Mantuvo lo que él definía como un “perfil bajo” durante aquel tiempo, y acató lo que ella decía o reclamaba, al menos de cara a la galería.

Qué fácil es decir sí a todo para luego hacer lo que te sale de los cojones.

Una vez se calmaron las aguas y ella bajó la guardia él volvió de caza, empezó a tantear a varias chicas con las que tenía contacto.

Al final hubo una que le entró al trapo, había una que necesitaba lo que él tenía, un dispensador de semen y una nómina, a fin de cuentas, físicamente no estaba tan mal.

Enma no daba crédito cuando lo vio con sus propios ojos.

Otra vez se la había jugado.

Otra vez le había sido infiel.

Otra vez había pasado a ser el segundo plato, ahora entendía lo que le decía su madre de “la primera escoba, la segunda señora”, creía que eso era lo que le iba a pasar a ella.

Su marido decía que iba a torneos de dardos que se celebraban en bares por toda la ciudad mientras ella quedaba en casa cuidando de sus dos hijos pequeños después de trabajar, jamás permitía que su esposa Enma se acercara a ver los torneos con él, claro, porque ya tenía quien fuera de pareja con él.

Enma lo supo de casualidad, como la primera vez.

Un antiguo amigo del barrio era jugador de dardos y su novia era íntima amiga de la amante de su marido, llevaban ya un año y cuatro meses liados cuando se enteró.

Aquello no era una aventura como la vez anterior que le pilló cuando llevaban un mes viéndose los viernes para follar en parques al salir de beber y bailar en afterhours de moda en la ciudad, no, aquello era ya una relación consumada, consensuada, y de verdad.

Una relación de las que a él le mantenía vivo al ser prohibida y a ella le estaba enamorando porque al ser prohibida para él todo lo que él hacía en aquellos ratos prohibidos era mucho más entregado, más amoroso, con más detalles, pero era a fin de cuentas una mascarada porque de entre todas las tías que tenía a su alcance la eligió por una serie de características que tenía.

Esta vez Enma no montó el follón, no hubo gritos, no le llamó cabrón.

Simplemente jugó al mismo juego que jugaba él.

Jugó al mismo juego que juegan muchos hombres.

Jugó al juego de «vivamos a las dobles vidas».

Y no contó con que uno de los escarceos que tuvo iba a ser de los que se enamorase, pero Enma en cuestiones de amores tuvo un problema, como una enfermedad degenerativa, cada amante que elegía sería peor y peor.

Mientras que su marido se granjeaba un futuro muy brillante pese a ser un delincuente ella tiraba su vida por la borda sin darse cuenta pese a ser de una familia de clase media alta. Siempre había tenido esa mala costumbre de ser como una avestruz y meter la cabeza en la tierra para salir corriendo ante determinados problemas.

Enma en unos pocos años tras el divorcio vio como un tipo como su ahora sí, su exmarido, un idiota de clase media se cargaba todo por lo que ella había luchado y soñado desde siempre, le había robado absolutamente todo, honor, patrimonio y hasta sus hijos que fue con lo que le amenazó aquella putita con la que iba a jugar a los dardos y a la que seguramente también le era infiel a estas alturas, porque si hay algo que está claro, es que los humanos no cambiamos.

Cuando un hombre descubre el morbo de la infidelidad es como una tenia que le devora por dentro y no le abandona jamás.

Mientras Enma sólo podía pensar en su imaginaria máquina del tiempo de la que me habla, de si pudiera volver a aquel día, de lo que haría si sabiendo lo que sabe del presente, de su presente.

Un presente en el que aquel retorcido había jugado con todo lo que se puede jugar: familia, honor, matrimonio, hijos, valores, promesas incumplidas, amor, sexo…

Volvería a aquel día para ser educada y decirle que sí había visto a sus amigos, que estaban en un bar a tres manzanas más abajo y como él no era especialmente guapo, ni atractivo y le despacharía, y la siguiente vez que se encontrasen fingiría no reconocerle, y así sucesivamente.

Impidiendo por norma que le jodiera la vida. Impidiendo que hubiera una relación que ya de antemano sabía que iba a hundir la vida de varias personas que él iba a manejar sistemáticamente.

Siempre insiste que iba a empezar con aquella faceta de hombre antes, esa que él le obligó a desarrollar cuando descubrió que le había engañado por segunda vez, porque las infidelidades no se perdonan, se descarta a la persona que te ha sido infiel en cuanto pillas la infidelidad porque en ese momento tienes la sartén, el mango y los huevos, cogidos por los pelos y el escroto.

Siempre repite que sería más selectiva con los tíos que se iba a follar, y que iba a follar mucho más de los mil que se ha follado, pero que aún no ha probado el teleférico, el ascensor, la Torre de Madrid, y tantos sitios que se había prometido… y sin embargo que iba a hacer lo imposible para terminar por conocer al que siempre fue el amor de su vida años después.

Y seguiría haciendo deporte como antes, como siempre, el cuerpo de las mujeres es como una ensalada entra por los ojos, no importa la calidad del plato si no está bien presentado.

Y se volvería más egoísta una vez que llegase a su pasado no dejaría de estudiar aquello que ahora sabía que era buena haciendo

La autosuficiencia era la clave de todo.

Enma  sabía que no había ninguna máquina del tiempo que le devolviese al pasado y que le diera la oportunidad de enmendar aquello que ha perdido, pero confiaba en que la ley del Karma devolviera cada mala acción a aquellos que le habían robado la fe en las personas, sus años, su amor, sus hijos, su honor, su familia, y tantas otras cosas a base de enfermizas mentiras y artimañas, lo que le habían hecho y sino qué más le daba, estaba todo perdido.

Lo daba ya todo por perdido.

En cualquier caso ella tenía algo mucho más importante que hacer, VIVIR.

Simplemente quería vivir en paz lejos de tanta política familiar, de tanta falsedad, de tantas mentiras entre unos y otros que se sonreían en navidad para criticarse el resto del tiempo, prefería vivir en paz trescientos sesenta y cinco días sin usar el cinismo y no pagar el tributo de sentirse encarcelada por las personas que la decían un día quererla cuando eran una recua de falsos.

Prefería vivir tranquila a su falsa paz, a transigir.

Enma como bruja les deseaba lo mismo que le hicieron, el mismo dolor, la misma deferencia, las mentiras, las infidelidades, pero el Karma les daría lo que se merecían, el triple de lo que le habían hecho pasar y tampoco tendrían la oportunidad de viajar al pasado para enmendar sus cagadas.

QUEEN – Who wants to live for ever

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©VictoriadelaFuente2018

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