Luis y Marisa llevan casi cinco años juntos sumando el tiempo que estuvieron saliendo, el que convivieron compartieron un apartamento y el que ya llevan casados en un piso que se han comprado pese a la crisis económica y social que asola el país.

Luis es, pese a su mediana edad, un tipo retrogrado en lo tocante a sus ideas y creencias, es homófobo, criticón, es un hombre que se mete con todo y con todos y, pese a ser peón en una fábrica sus ideas políticas son de carácter opuesto a su situación social, lo cual se refleja en cómo trata a su mujer y lo pobre que es su mente.

Cuando Luis sale de trabajar le gusta ir a tomar algo con los compañeros y cuando la guasa termina a veces le gusta  perderse en alguna de esas casas que tiene bonitos luminosos que ofrecen los servicios de “señoritas de moral distraída” que le gusta decir, porque le quedan de camino hasta su propia casa.

Eso sí, que su Marisa no vaya a fiscalizarle el tiempo cuando le pregunta porqué llega tarde tantas horas, pero él sí puede preguntar por qué se retrasa  diez minutos al volver  de cualquier sitio.

En general el humor de Luis es muy variable y Marisa ya no sabe a qué atenerse, no entiende qué le pasa al que antes era un chico maravilloso y ahora es un hombre de doble filo, unos días es el de siempre y otros días se transforma en el hombre verde de aquella película y le da terror.

Al final Marisa deja que el amor que siente por su marido, Luis, se vaya diluyendo, lo que cuando se casaron era pura devoción por él va dejando paso a la triste verdad, su marido tiene algún tipo de problema.

Marisa empieza a poner más atención a los detalles y no tarda más de unas semanas en darse cuenta de cuál es la situación de Luis.

El día que por fin corrobora que el problema es el que ella sospecha toma la decisión de abandonar a su marido, pero sabe bien que él no se lo va a poner fácil.

Luis no es ningún idiota y percibe los cambios en su mujer, la conoce, pero no sabe que sus tejemanejes han quedado al descubierto, pero a medida Marisa se va distanciando él se vuelve más arisco con ella.

Ella a fin de cuentas no es ninguna actriz, y por otro lado piensa ¿qué actriz podría mantener su papel todo el día, todos los días y delante de todas las personas que tienen alrededor sin que trasluciera su el problema y la intención de salir de él hasta que se empezase todo a desvelar en una última función?

Él empieza a ser déspota porque va notando cómo la pierde, también empieza a convertirse un monstruo que le presentaba únicamente afrentas, a humillarla, a despreciarla, a insultarla, aunque sea de tapadillo al principio y a criticarla abiertamente después en su cara.

Marisa destrozada empieza a apuntar todas aquellas frases molestas y terribles que él le dedica, las recorta en delicadas tiras de papel que mete en una pecera que ha sacado del desván y le compró su padre en una tienda hace ya muchos años, precisamente en la misma calle donde unos días antes Luis le había montado una escena.

La bronca fue tan sonora que se cogió el coche y se fue a casa y le preparó sus cosas, pero después él se mostró conciliador y ella quiso darle una oportunidad.

A esa bronca le siguieron algunas más y cada vez que ella quiso poner fin a la relación  él encontraba una forma de hacer ella le perdonase, hasta que la amenazó con algo de su pasado y eso fue su detonante.

El miedo para ella era lo peor, de hecho, venía del país del miedo, su alma estaba encogida del miedo.

El miedo para ella suponía el abandono de toda lógica que su mente pudiera tener, y es que su mente era toda lógica.

El miedo era la renuncia voluntaria al domino de la razón y, eso era algo que ya había vivido y por lo que no estaba dispuesta a pasar de nuevo.

Su forma de verlo era que o se cede ante él o lo combatimos.

Y  en esto no hay un término medio, no te puedes callar, no puedes irte a dormir y volcar tus lágrimas silenciosas contra la almohada

El miedo y la culpa son hermanos.

Hermanos de la mentira.

Hijos bastardos no natos de alguien que es infiel a sí mismo generalmente.

Ella ya no sentía miedo porque sabía que aquella situación no era culpa suya.

Pero sobretodo ella quería serse fiel a sí misma y a su esencia por encima de todo, no quería más miedo, más mentiras, más chantajes, más culpas, ni más infidelidades o deslealtades, quería acostarse con esa sensación de plenitud que tienen las personas que hacen de sus días días completos, días en los que hacen cosas que les hacen sentir personas realizadas aunque no tengan todo lo que añoran, sea inmaterial o material, un amor o una casa… todo llega…

Por eso y por muchas cosas más  iba llenando la pecera de tiras con las  frases que su esposo le iba diciendo, mientras tanto había vuelto a trabajar pese a la reticencia de Luis y cuando la pecera estuvo llena le plantó la solución a todos sus problemas, los que eran comunes y los que no.

Al principio Luis se quedó mudo, pálido, y en una fracción de segundo se puso rojo, rojo ira y quiso responder, quiso enfadarse, quiso alegar, quiso preguntar si había otros hombres y culpar a Marisa por aquel fracaso porque él nunca reconocía como suyos los fracasos de su vida y echaba balones fuera culpándola a ella, a su mujer, a su esposa, a la mujer que había elegido para compartir la vida. 

Luis era un especialista en responsabilizar a los demás de sus problemas.

Pero olvidaba un pequeño detalle.

Que cada una de aquellas frases que Marisa había ido metiendo en la pecera, y con las que él había lacerado su corazón, habían pasado de ser una nota en un papel a  una pequeña serpiente en una pecera dispuesta a mostrarle el camino de la misericordia.

Al principio Luis juró que iba a respetar los votos bajo los que se habían unido, dijo que no volvería a las andadas por amor.

Pero cuando uno no se ama a sí mismo no puede amar a los demás.

En poco tiempo volvió a sumirse en sus mismas dinámicas de siempre, ya no se acordaba de las promesas, del amor, pero sí se acordaba de su ego y de que el egoísmo  era más fuerte que nada en él.

Las serpientes crecían y se alimentaban de su egoísmo.

Engordaban sin control al cebarlas Luis con su ego y no pensar en las consecuencias de sus acciones para su familia.

Durante aquel tiempo de la segunda oportunidad Marisa tuvo que ir comprando peceras en varias ocasiones porque las frases volvieron a aparecer y las serpientes empezaron a crecer debido a la evolución del comportamiento de Luis.

Cuando la situación se volvió insostenible ella simplemente le citó en un bar, para que no hiciera lo mismo que las veces anteriores y le dijo ya no habría más oportunidades que se las había dado todas, demasiadas y que no podía seguir perdiendo años de vida por un tipo que no la valoraba y la menospreciaba, se levantó y lo dejó allí sin opción a manipularla con sus respuestas.

Cuando él intentó entrar en casa la llave ya no funcionaba.