– ¡Alex! Venga, es hora de irse a la cama, vamos.

– ¡Jo no mamá!, quiero jugar un poquito más.

– Alex, es la hora de irse a la camita, mañana madrugas para ir al colegio.

– Vale mami, me lavo los dientes y me cuentas otra vez ese cuento de aquello que llamabas “tele”.

Unos minutos más tarde Alex se arropaba con su edredón y su madre se sentaba a su lado en la cama, y como cada  noches se dispuso a contarle un cuento.

  • Érase una vez – Alex levantó la mano para indicarle a su mamá que ese no era el cuento que quería oír, era un niño que pese a sus tiernos seis años tenía muy claro lo que quería y lo que no. Su mamá asintió y respiró.
  • Quiero escuchar el que te he dicho antes mami es mi cuento favorito.
  • Hace muchos, muchísimos años había un aparato que alguien inventó, lo llamaron televisión, desde allí se contaban muchas historias, había programas de todo tipo, contaban la vida de todo tipo de personas, también había un programa al que llamaban «noticias», de esa manera podías saber lo que pasaba en otros lugares, podías saber el tiempo que iba a hacer, quién había tenido un premio por escribir un libro, los accidentes de tráfico, o ser buen equipo de deportes, y un montón de cosas más.

Había una cosa que tenía mucho éxito, las películas, podían ser de amor, de forajidos, de terror, de historia, y luego cambiaron, del futuro, y de mil temas más. 

Las familias enteras se juntaban frente  a la televisión como si fuera el oráculo, solían ver programas de entretenimiento, concursos de sabiduría, de azar, de números, de risa…

A los niños les dejaban ver dibujos animados y también había dibujos animados para mayores.

Muchos años fueron los que la televisión monopolizó la vida y las conversaciones de las familias a la hora de comer y de cenar.

Incluso Alex mi querido niño, había familias que comían con la televisión puesta y no se contaban nada de cómo les había ido el día.

Entonces la gente se volvió avariciosa y quiso coleccionar aquellas cosas que veían porque creían que eran un arte, usaban los ordenadores y la internet para robar aquel arte que tanto decían que amaban.

Dejaron de valorar el trabajo de aquellas personas que decían que admiraban y lo veían una y otra vez allí donde querían, sin darle valor alguno.

Cuando más ilimitado empezaba a ser el mundo con la televisión, con los ordenadores, con internet y con todas esas cosas llegó el Día del Crack, que era  una prohibición mundial lanzada por todos los gobiernos al mismo tiempo que limitaba ese tipo de acciones.

Quien hiciera un uso ilegal de una propiedad intelectual tendría una pena de cárcel que se cumpliría trabajando en la construcción de un nuevo asentamiento para humanos en un planeta que se había encontrado, libre de contaminación.

Fue entonces cuando alguien, no sabemos quién lanzó un EM y destruyó todo aquel aparato que fuera electromagnético y nos dejó otra vez en mitad del siglo diecinueve.

Fue entonces cuando muchas familias empezamos a leer antes de irnos a la cama y lo hacíamos juntos porque era más familiar.

La madre miró a su niño, que ya respiraba fuerte entre las sábanas hecho un ovillo, agarrado a su osito de peluche azul, era un osito que su madre había tejido cuando supo que estaba embarazada de él, los ojos se le enturbiaron recordando su propia infancia y pensando cómo le gustaría que hubiera sido la de sus hijos, en especial la del pequeño Alex, que tantísimo potencial tenía y despuntaba en matemáticas, en dibujo, en tantas y tantas cosas… 

Arropó a su hijo y sopló la vela para irse ella a dormir también.

– Buenas noches amor mío – le susurró al pequeño besándole en la mejilla antes de  desaparecer por la puerta.

THOMSON TWINS – Hold me now