Cloe no sabía dónde estaba exactamente la casa de Beatriz, era la primera vez que iba a su casa, había seguido las indicaciones del GPS en su teléfono hasta llegar a una casa con un portón de color verde. 

Había oído hablar mucho de ella y de sus capacidades, estaba atravesando un mal momento y  tenía mucha curiosidad por saber si había algo más allá de la vida que estaba viviendo.

Recientemente había perdido a su hermano mellizo y eso le estaba afectando.

Hacía tres años en el trabajo la habían cambiado de departamento y su nuevo jefe era un capullo que estaba obsesionado con ella, para librarse de él lo único que se le ocurrió fue solicitar un traslado.

Quizás fue peor el remedio que la enfermedad porque al cambiar de oficina también le tocó irse de su ciudad natal.

Acomodarse en la nueva ciudad y al nuevo puesto le había costado más de lo que pudiera imaginar, y encima su novio se había empeñado en irse con ella, por desconfianza, era un chico celoso con el que no tenía pensado seguir mucho más, el cambio de ciudad iba a ser una buena oportunidad para dejarlo con él, pero se empeñó en mudarse con ella.

Habían pasado dos años desde entonces  y lejos de mejorar, la situación no había hecho más que enrarecerse entre ellos, el hombre que debía ser su pilar se estaba convirtiendo en la persona que más hacía tambalear su mundo.

Solía hacer comentarios sobre su aspecto físico, su forma de vestir, su manera de hablar o de comportarse cuando había alguien delante, socavando su autoestima, lo que Sergio no sabía era que Cloe había presenciado aquella forma de conducirse en su padre durante años y no caería en aquella trampa jamás.

Por esas y otras razones se había decidido a conseguir el número de teléfono de la tal Beatriz, cuando oyó a unas compañeras hablando de sus artes en la cafetería, quería ver qué podía decirle sobre su delicada situación y así ver qué decisión era la más adecuada, aunque todo aquel al que le había comentado algo le dijera que la decisión estaba clara: tenía que dejar la relación con aquel hombre, debía dejar su trabajo, debía dejar el apartamento en el que compartía una vida vacía con un hombre que la demostraba a diario que no la quería.

Pero por experiencia previa ya sabía que huir no era la respuesta, por más que huyas de una situación tus problemas son mas rápidos y llegan allá dónde vayas antes que tú. 

Cloe no era una mujer que contase sus cosas a muchas personas, era reservada, eficiente, podría pasar por tímida, sabía cómo mantener la mirada a un jefe, compañero o amistad le dijera lo que le dijera, era una mujer difícil de interpretar, por eso el jefe acosador no vio venir su traslado hasta que se despidió de él con cierta sonrisa de saberse ganadora escapando de sus garras.

Aparcó en una calle que le pareció solitaria, poco transitada, y siguió las instrucciones del GPS del móvil, cambiándolo de modo coche a modo peatón, fue caminando mientras la cabeza le daba mil vueltas preguntándose si era una traición hacia ciertas personas aquella visita, pero ya estaba casi en la puerta verde que le había indicado Beatriz en sus conversaciones.

Beatriz era una mujer de aspecto frágil que se asomó por la cancela de un chalet de tamaño medio  justo cuando la duda también se dibujó en la mente de Cloe. 

Al llegar a la puerta y saludó a la mujer estrechando la mano de Beatriz, una extraña sensación de paz inundó a Cloe y, todas aquellas dudas que habían hecho en aquellos kilómetros  de viaje con ella se disiparon.

Beatriz la guio por una escalera exterior que daba paso a una habitación acristalada que estaba en la última planta del edificio, entraron juntas a una casa de estilo XVIII que le impresionó gratamente.

Era una estancia ovalada, con estanterías en las que vio libros de todo tipo de cosas relacionadas con la brujería, la sanación, el oscurantismo, pensó que debía usar aquel lugar tan bonito para más cosas a parte de las visitas como la suya. 

En el centro de la habitación colgaba una preciosa lámpara de cristales de colores y debajo de ella había una mesa circular con un mantel de un intenso color violeta.

Rodeando la mesa había dos sillas que parecían muy cómodas, Beatriz le pidió que se sentara y mientras Cloe lo hacía, Beatriz dándole la espalda se dirigió a un pequeño ordenador en el que ella no había reparado, puso música que le pareció muy relajante.

Sobre el mantel puso una copa de agua preciosa, se mojó el dedo índice y rodeó el canto, en ese momento la copa empezó a cantar una melodía y con la mano que le quedaba libre Beatriz metió un pedacito de asta de ciervo en el agua.

Cloe no conocía de nada a Beatriz, tampoco sabía si creía en esas cosas o era una absoluta escéptica antes de entrar, pero su confusión al salir era aún mayor que cuando entró.

Beatriz le había dicho todo lo que había pasado con su hermano, pero lo que Cloe no sabía era que según decía la bruja, él estaba allí con ella cada día, como un ángel de la guarda.

Le dijo que, de no haber huido aquel hombre, su jefe, habría pasado a mayores en su acoso.

Le preguntó por una amiga del instituto pelirroja, alguien a quien se sentía muy unida, inmediatamente Cloe sonrió, pero viendo cómo Beatriz denegaba cerró la boca.

Cloe era muy buena interpretando los gestos de los demás, o eso creía.

Por lo que le dijo su amiga y su novio llevaban años engañándola, debía prestar más atención a las señales, pero si se le ocurría montar un follón sería su perdición, tenía que dar los pasos adecuados de forma inteligente.

Aquella noche cuando Sergio llegó a casa del trabajo y le dijo que quería volver a su ciudad natal por el próximo puente le dijo que le parecía una idea genial, mientras se duchaba miró su móvil y halló lo que la bruja le dijo que veía en una simple copa de agua.

Su novio, el que le decía todos los días que la amaba, el que la decía que quería casarse con ella llevaba todos aquellos años jugándosela con otra mujer, aunque se hubiera ido hasta allí con ella, todo había sido una pérdida de tiempo, un cuento que él le había contado.

Y no entendía el por qué cuando simplemente podría estar con la otra y dejarla libre sin engañarla.