Ha llegado un punto en mi vida en el que he echado cuentas y he visto que tengo por delante menos años de los que llevo vividos, también me he dado cuenta de que los que ya he vivido los viví con mucha más energía de la que tengo al levantarme cada amanecer, es por eso que tengo que reconocer que la vida me ha dado varias lecciones, algunas más duras que otras, y una lección tan dura que no quiero que me la repita, he aprendido que  no debo  definirme por mi pasado, fueron elecciones de una persona que ya no soy y que por mi propia decisión no volveré a ser.

Victimizarse por una situación del pasado únicamente me hace débil frente a quien me exponga, y ese no es mi estilo, no lo fue jamás, yo siempre fui una luchadora, una persona fuerte que tenía por bandera la resiliencia.

A quien me conoció en el pasado le tengo una noticia: ya no me conoce en absoluto, ya no, porque hay personas que cambiamos y gente que es incapaz de hacer cambios en su vida.

Todo el mundo tiene derecho a equivocarse una vez, o dos, e incluso tres.

Lo bueno que hice fue no equivocarme tres veces en el mismo lugar, al menos hice algo de turismo en eso de “mis equivocaciones”.

Lo malo que hice, pero lo reconozco, fue dar segundas oportunidades a quien ya sabía que no iba a cambiar, pero eso habla más de mi buen corazón que de sus oscuras o malas intenciones, que las tenían, ahora lo sé.

También  puedo decir que, gracias a mi primer error tengo a las dos personas más importantes de mi vida.

Yo sí puedo decir que estoy orgullosa del precioso legado que tengo.

Con el segundo me lo pasé como jamás había soñado. Pero pagué un precio muy alto, demasiado.

Y del tercero… bueno, del tercero sólo puedo comentar que es el mejor cero a mi izquierda que se podía tener como lección vital.

El pasado no nos define, es solamente pasado, es eso que si superamos nos ayuda a convertirnos en mejores personas, pero si no lo superamos nos ancla a sí mismo para hundirnos en sus espirales de memorias. Nos quedamos anclados al inmenso vacío del pasado y, créeme que he presenciado la caída de algunas personas en ese lugar y es algo terrible de ver.

Hay que saber que al pasado le gusta disfrazarse con olores, música, colores, le encanta regresar a nuestras mentes en las podridas bocas de los que traen rumores y mentiras, de quienes se vuelven en nuestra contra sin saber qué ha pasado realmente; al pasado le gusta enredarse en el tiempo, entreteniéndose por interminables caminos antes de enfrentarse con la realidad y mucho menos le gusta presentar batalla a la verdad.

Al pasado le encanta esconderse de amigo que en realidad no lo es, que te viene con confidencias que después descubres que son falsedades.

Al pasado le gusta un juego en el que lo principal es confundir a nuestra memoria mezclando nuestros recuerdos con la melancolía, por medio de nuestros sentimientos, a los que recubre de nostalgia.

Será entonces cuando nos vea bien predispuestos y haga que asome la rabia por no haber conseguido retener aquello que un día tuvimos y todavía anhelamos, en la mayoría de los casos la honestidad no será fácil que aflore, y echaremos la culpa a cualquiera que se cruce en nuestra vida. Incluso a quién más extrañemos. Será en ese momento cuando estemos listos para dejar de ser persona y empecemos a ser gente, de esos que van a donde va Vicente, tal como dice el dicho y es por eso que yo he roto todo lo que me unía con mi pasado, porque no quiero ser gente, quiero ser persona, no quiero que me domine la melancolía, añorar a quien no me extraña o querer a quien no me amó jamás porque no sabía ni el significado de la palabra amor, cómo iba a saber lo que era amar.

A fin de cuentas, para según qué gente, el camino más fácil siempre será el más corto, aunque no sea el correcto.

Para llegar a esta conclusión hace falta pasar un tiempo luchando con esas sensaciones que el pasado te trae, luchar con los recuerdos a brazo partido y a lágrima vertida, pasar noches enteras valorando pros y contras antes de tomar decisiones a las que probablemente el corazón no haga caso porque a veces la mente dice una cosa y él va por libre.

Es en ese tiempo en el que nos vemos, todos los que hemos pasado por este tipo de trances, sumidos y sumergidos en una especie de vorágine directamente proporcional a cuánto hemos amado al ser del que estábamos enamorados, es como si nos viéramos a nosotros mismos bajando en una espiral de agua hasta el fondo de un vórtice siendo una pequeña pelusa insignificante.

La espiral es la confusión, los sentimientos encontrados de amor y al mismo tiempo de desamor, de deseo y de ya no querer a esa persona, al final nos vemos tocando el fondo en ese mar de mierdas en el que nos han sumergido ahogándonos y nos damos cuenta de que la única salida es hacia arriba, con o sin esa persona. Mayormente sin.

Y es que la única persona que ha estado siempre en nuestra vida, siempre, es la que asoma del otro lado del espejo, aunque a veces no la reconocemos porque la maltratamos con malos pensamientos sobre su estado físico, sobre su belleza, sobre sus posibilidades, sobre su inteligencia, o peor aún, permitimos que cualquier ser inferior nos use como sparring para aplacar la ira del día porque algo le fue mal, o porque se siente orgulloso de vernos hundidos cuando nos humilla y nos veja.

Es entonces cuando nos damos cuenta de que podemos tocar un tiempo el fondo y revolcarnos bien en el lodo, pero no es el lugar en el que quedarnos a vivir, es mejor el aire, la luz del sol, y todo lo que hay arriba en la superficie, esa libertad que da no estar atrapado en el lodo del pasado, y es en ese momento cuando de nosotros brota la flor de loto.

No habrá flor de loto sin lodo, esto es algo que no todos saben.

Quizás no todos estemos destinados a ser flores.

Algunas personas les gusta o les reconforta revolcarse en el pasado, no paran de hablar de él como si fuera algo maravilloso, pero no lo es, es como una droga que te engancha.

Y yo mientras miro las olas en un devenir infinito, en este mar que tanto amo, y reflexiono sobre ese pasado que ya no es capaz de arrastrarme con sus resacas al lodo porque ahora  soy una flor de loto, ahora ya sé que sin lodo no habría habido loto, sé que ha sido un tiempo duro, pero a fin de cuentas ha sido mi tiempo.

Ahora contemplando la espuma de las olas del mar me doy cuenta de que cuando estaba hundida creía que algunos años de mi vida fueron años perdidos, sin embargo, ahora sé que no es así, nunca el tiempo es perdido, cantaba Manolo García y ahora sé que es cierto, el tiempo que invertimos en los demás aunque ellos no lo valoren, es tiempo que al final hemos invertido en aprender una lección y cuando nos defraudan y pasamos por un mal lance al recuperarnos salimos más fuertes de esa vicisitud.

Al final quien pierde no somos nosotros, porque sabemos que se gana en humanidad, en experiencias, ganamos la lección, y aprendimos a ser más analíticos y a discernir antes a quiénes sí y a quiénes no vamos a elegir para ser parte de nuestras vidas.

Además, únicamente sacando lo viejo dejamos espacio para lo nuevo.

Y cuando finalmente lo nuevo llega nos ilumina como cuando a la flor de loto le da el sol al amanecer y hace que se abra con todo su esplendor, maravillando a quienes la contemplan al pasar a su lado.

 

The end of the Innocence – Don Henley