Sabía que algo iba mal, pero no podía identificar qué era.

No sabía exactamente qué pasaba, pero sí sabía que tenía algún tipo de problema, aunque le resultaba embarazoso hablar de ello en casa, con su marido, o con sus hermanos y hermanas cuando iba a casa de sus padres.

Hacía ya algún tiempo que le pasaban cosas extrañas, cada vez se sentía más abrumada porque se intensificaba más lo que le pasaba, pero como no conocía a nadie más que le pasase algo así, pues no le daba importancia.

Lo que le pasaba era que “las palabras se le escondían”, decía ella, eso que su abuelo decía cuando ella era pequeña de “lo tengo en la punta de la lengua… pero no me viene, porque se me escurre la muy…”. Pues en esas mismas se encontraba ella a sus cuarenta y tantos.

Además, tenía otras tantas situaciones para añadir a lo de las palabras.

Iba de la habitación a la cocina a buscar unas tijeras y cuando llegaba a la cocina ya no recordaba a qué iba, por ejemplo.

Y en el trabajo era mil veces peor porque había uno de los jefes que llevaba años detrás de echarla, pero Ana había entrado en un estado en el que ya le importaba más su enfermedad y ella misma que todo lo demás, miraba más por los suyos que por lo de fuera, aunque no sabía qué le pasaba.

Fue en una conversación impersonal en un curso de formación que le habían obligado a hacer en la empresa en con compañeros de trabajo de toda la provincia, que una compañera soltó que tenía días en los que no se podía ni levantar, que los calambres le recorrían el cuerpo entero y se sentía morir como si tuviera el cuerpo amoratado, que otros días se sentía como si un relámpago hubiera recorrido su cuerpo y hubiera dejado todos sus tendones encogidos y agarrotados.

Ana quiso ser discreta, no le pareció buena idea acosar a preguntas a aquella compañera a la que no conocía de nada, pero a la salida hizo lo que pudo por coincidir con ella.

Se llamaba Elva, trabaja en una sucursal de la zona norte de Madrid, Ana dijo que tenía el coche aparcado en la misma dirección que su compañera caminaba y empezó a charlar con ella, era una mujer muy amena, le resultó muy fácil entablar conversación con ella, de hecho cuando le señaló un pequeño coche azul aparcado en la siguiente esquina le dijo que el suyo estaba un poco más adelante y se despidió hasta el día siguiente, bastante iba a tener que hacer con localizar su coche.

Pero sin duda alguna le compensaba el paseo de vuelta porque en aquellos diez minutos había sacado más en claro que en todos los años que llevaba luchando contra un gigante que no sabía ni qué era, ni cómo se llamaba y al no saber nada sobre el enemigo no se podía luchar contra él, eso estaba claro. Al menos tras aquella conversación ya tenía más claro que había otras personas con los mismos síntomas que la acosaban a ella, ya no estaba sola, podría ir ante cualquiera y decir tengo esto, con un nombre, ante su marido, su médico, su familia… ¡poniéndole un nombre podría luchar contra aquello!

Al día siguiente Ana apartó a Elva en el descanso del café, su intención era contarle que tenía los mismos síntomas que ella, pero Jesús se presentó en la sala que había elegido para pasar aquellos minutos justo antes de que abriera la boca, su sorpresa fue mayúscula cuando Elva se colgó del cuello del que Ana tenía por un jefe exigente y despreciable, un tipo que se reía de ella por sus olvidos y esa forma suya de ser inherente a lo que ahora sí podía identificar.

  • Vaya, ¿ya conoces a mi esposa? 
  • ¿Tu esposa? – Los ojos de Ana se abrieron tanto como los de un búho real a media noche, jamás hubiera podido ver a aquel hombre que siempre había tipificado de sabandija, pudiera estar casado, aquella mujer le pareció el día anterior maja, educada, formada, ¿Qué coño la habría llevado a casarse con aquel ser?, los pensamientos corrían en la mente de Ana, como el agua en la cascada de un río, se quedó congelada y eso provocó las carcajadas de Jesús y Elva.
  • Jesús y yo nos conocimos hace dieciséis años en una de las sucursales del banco, empezamos a salir y como bien sabes no se permiten las relaciones entre los trabajadores de la empresa, así que lo notificamos en cuanto vimos que era una relación seria y que queríamos casarnos, pese a que no llevábamos ni seis meses. Poco después nos casamos y a mí me trasladaron a otra sucursal. Como también sabes la política de todos los bancos es cambiar a los trabajadores cada cuatro años, así que pocas veces nos encontramos en ninguna oficina, lo cual es una suerte porque tengo entendido que tiene mala fama como jefe.

Ana asentía mientras pensaba que tenía que dar la impresión de que era por la historia que estaba escuchando y no por que él fuera un verdadero capullo en el trabajo.

  • Queríamos tener al menos dos niños, a mí me hacía mucha ilusión – decía Elva, miraba al suelo cuando lo decía, daba la sensación de estar segura que había decepcionado a su marido al que amaba con toda su alma, lo destilaban sus ojos, con aquella mirada tierna y embelesada. – pero entonces me diagnosticaron fibromialgia, fue todo muy raro después de aquel verano…
  • Cariño, no te machaques, yo te amo sin niños lo mismo que te habría amado con ellos, o quizás más que con un par de cabroncetes – dijo Jesús lanzando una carcajada al aire con su mentón anguloso hacia atrás para arrimar a su mujer, su esposa, hacia sí como una declaración de posesión.

Todo aquello le daba ganas de vomitar.

¡Era tan de plástico! 

Se excusó y dijo que iba al baño, total el descanso estaba a punto de terminar.

Allí se quedaron los amantes de Teruel.

Con toda aquella información Ana se hizo un seguro de salud que cubría cualquier tipo de enfermedad y accidentes, porque ya más o menos intuía que era lo que tenía, intuir no, estaba absolutamente segura de que ella también tenía fibromialgia.

A la semana siguiente Ana fue a ver a su médico y le explicó su situación, le pidió una serie de datos suyos y sobre la historia familiar:

<Cuando me levanto el dolor de espalda y de cadera hacen que no me pueda levantar como solía hacer hace unos años, lo primero que hago es ir al baño a asearme, hace ya un tiempo que he notado que se me cae el pelo, pero intento tirar del humor para que nadie note que esto me estresa, así que cuando noto que hay mucho pelo en mis sábanas, en la ropa que lavo, en mi baño… suelo hacer bromas a este respecto. 

Aunque en realidad me dan ganas de llorar, eso es algo que también he notado que me pasa mucho últimamente, viendo una película o una serie, y también las noticias tengo ganas de llorar.

Mi piel tiene grandes problemas desde hace algunos años, esto no era así cuando era joven, así que después de la ducha cuando me visto tengo que elegir muy bien la ropa que me voy a poner, porque me doy cuenta que algunas prendas me perjudican tremendamente, a veces llego a rascarme por la zona de los calcetines llegando a hacerme heridas o moratones, el sujetador, las mangas apretadas, la cinturilla de algunos pantalones si me aprieta mucho puede ser un punto de martirio porque me rasco hasta llegar a hacerme heridas.

Me he dado cuenta de que sin venir a cuento me late el corazón de forma irregular, como si alguien me hubiera dado un susto, por ejemplo, o si hubiera corrido a coger el autobús, pero me pasa estando sentada en la oficina.

También me he percatado de que transpiro más, pero lo he achacado a que he engordado unos kilos últimamente, aunque cuando lo he hablado con algunas amigas, o con mi hermana y mi madre me dijeron que eran los sofocos típicos de la menopausia, pero a mí no me lo parecen.

Tener sexo me aburre, me duele, hacer pis durante un tiempo se convirtió  en un infierno que se repetía demasiado a menudo y eso antes no pasaba, pero últimamente ya no voy al baño y he engordado muchísimo.

Me agobia haber engordado, ya no me reconozco ante el espejo, me deprime, a fin de cuentas, no como tanto como para estar como estoy, ir a comprar ropa es un castigo, ya no me peso, pero es que no son solamente los kilos, también es el volumen; todo esto hace que me sienta cada vez más inactiva porque no me puedo mover entre el dolor y la falta de capacidad.

Algunos días el dolor de cabeza comienza despacio otros comienza como un fogonazo, algunos días empieza de mañana, otros empieza de tarde, otros días intento dormir aún con el dolor de cabeza anidado dentro de mí.

Todo esto empezó por mi incapacidad para expresarme, yo lo llamaba niebla, no podía recordar ciertos nombres de cosas cotidianas, o tenía que dejar de ver algunas series o películas porque confundía a algunos de los personajes si se parecían mucho.

Pero después esa incapacidad de reconocer caras pasó de la televisión a mi día a día, la gente que no me conoce o a la que no conozco muy bien soy incapaz de reconocerla por la calle, y con toda seguridad he perdido alguna amistad por no saludarles por la calle en las fiestas.

Otra cosa que me pasa mucho desde hace algún tiempo es que he perdido la capacidad para recordar cosas que hice hace poco, lo que comí ayer, en qué terminó un capítulo que vimos en casa anteanoche, cosas sin mayor importancia o cosas que son realmente importantes, como por ejemplo cosas del trabajo, una reunión, o un informe, una contraseña del correo electrónico, un cumpleaños o un aniversario.

Sinceramente, no sé cuánto tiempo podré pasar por tonta o por graciosa en el banco, pero ya tengo a mi jefe pensando en echarme, de hecho, su mujer es la que me ha puesto sobre la pista de esta enfermedad. Él estaría encantado de echarme, pero no sé cómo está regulada esta enfermedad.

Desde hace algún tiempo, no podría precisar cuánto porque siempre he sido un poco canina, he vuelto a tener una extraña sensibilidad por los olores, tanto como cuando estaba embarazada que vomitaba por oler ciertas cosas, pero ahora me provocan fuertes dolores de cabeza cosas como los ambientadores o la ría que hay cerca de casa.

Hay días que estoy dispersa, cuando llego a la mesa de mi trabajo puede que tenga cosas del día anterior, puede que algún compañero me pase algo de otro departamento o mi jefe me traiga algún trabajo y, yo de verdad que intento centrarme, estar concentrada, saber qué es prioritario, qué es urgente, y qué no, pero no puedo.

A veces en casa o en cualquier otro sitio tengo que fijar la vista en un punto muy concreto pero la visión parece que se quiere fugar, como si no quisiera enfocar bien.

Todo esto genera una sensación de angustia, de ansiedad que no sé muy bien cómo gestionar, he probado a ignorar todo esto, pero ¿quién puede darles la espalda a todas estas cosas?>

La doctora asentía cada vez que Ana agregaba un nuevo síntoma.

<Además, y por si fuera poco en algunas ocasiones tengo la sensación de tener vértigo, mareos, llego al punto de creer que me voy a caer, de siempre he usado las escaleras para mantener las piernas bonitas, pero hace ya unos meses que sólo uso el ascensor, no se lo he dicho a nadie en casa, simplemente he omitido el tema y les acompaño cuando suben o bajan.

Me siento confusa muchas veces al día muchos días, es como si me despertase y no recordase qué hice antes de dormirme o cómo llegué al sitio en el que despierto, pero es que no me dormí.

Es como si hubiera olvidado lo que hice la noche anterior, la tarde anterior, como cuando era joven y estaba en la universidad y me emborrachaba un sábado por la tarde y a media mañana del domingo amanecía en casa de alguien, pero yo ya no soy aquella chavala, ahora soy una mujer responsable a quien las jornadas se le escapan.

Si no fuera por la gente con la que convivo yo muchos días me quedaba en la cama porque me siento dolorida, que no perezosa y aletargada, si no fuera por lo mucho que odio la cama me quedaba a pasar el día intentando que el dolor se me pasara durmiendo, pero he observado que no es solución.

Los calambres que me han acompañado al despertar suelen acompañarme todo el día, he llegado a tener convulsiones y temblores hasta que me he tomado algún analgésico para poder ir al trabajo o para poder continuar el día.

Me siento débil la mayoría de los días, entonces cuando hay un día que me siento más fuerte me pongo a hacer cosas que otros días no soñaría con hacer, pero cuando pasa el día que me siento fuerte y he hecho el esfuerzo, me pasa factura durante varios días y me veo como un trapo.

Desde hace ya varios años tengo siempre diarrea que viene precedida de un tremendo dolor abdominal, pero ya he mirado como sabes, que no es gastroenteritis.

Dejar de dormir bien ha sido una constante desde hace unos años, y parece que “desde hace unos años” es lo que más te repito, pero al principio dejé de dormir, ahora duermo a trozos.

La calidad de las horas de sueño que duermo es mala.

Estoy percibiendo muchos cambios en mi cuerpo, antes tenía cierta tolerancia al dolor, pero ahora simplemente  soy intolerante al dolor, por ejemplo, un padrastro supone un mundo.

Cualquier esfuerzo supone que la fatiga me va a comer al día siguiente, pero no solamente los esfuerzos, también un susto, un disgusto, una sorpresa, una discusión.

Casi todas las noches al acostarme tengo un tambor en los oídos, me han explicado que se llama “tinnitus”, es muy incomodo intentar dormir si tienes un batería en el oído.

Respirar algunos días se ha convertido en una batalla en algunos momentos, me cuesta respirar hondo, y a la hora de dormir según qué posturas ponga soy incapaz de hacerlo.

Tengo que agradecer que tengo el marido más comprensivo del mundo y no ha puesto problemas cuando ha notado que mi libido ha desaparecido.

Aunque he notado que cuando tengo una crisis de dolores si me doy un baño el agua caliente mitiga el nivel de dolor que sufro.

Lo que no me quita el agua caliente es la sensación de hormigueo que unas veces me sale en las manos y otras en los pies, es como si se me durmieran, se puede dar en tres dedos de una mano mientras tecleo al ordenador en el trabajo o en una pierna mientras cocino en casa, mientras conduzco o mientras friego y es de lo más incómodo en cualquiera de esas situaciones.

Tengo estados de ánimo oscilantes porque mi mente va de la euforia de sentirme bien a la depresión de sentirme poco después mal, fatal o peor, es como si fuera una marioneta, mi cuerpo me abandona, no soy yo quien maneja mis hilos, aunque sean míos. 

Una amiga mía dice que las hormonas me están jugando una mala pasada.

A veces me entran ganas de dormir y cierto es que me quedo completamente dormida salvo que me de lo que yo llamo terapia de shock, como lavarme la cara, o si estoy en casa una ducha o un paseo, cosa que no puedo hacer en el trabajo, la verdad es que he llegado a pensar que tengo narcolepsia porque en algunas ocasiones y sin saber con qué tiene relación me ataca esa sensación de somnolencia de la que no me puedo escapar.

Hasta he pensado en llevar un diario de comidas para ver si tiene que ver con qué como.

Intento hacer lo posible por escuchar a quien me habla, pero me he percatado que si mi interlocutor se gira no entiendo la mitad de lo que me dice porque lo que hago es apoyarme en leerle los labios más que escucharle.

Los huesos y los músculos me duelen cuando cambia el tiempo, me veo hablando como hablaba mi abuelo, pero es que es verdad.

La humedad me mata.

La rigidez matutina es tan dolorosa que algunas mañanas me duele girar en la cama y me cuesta hasta media hora empezar a moverme.

Las plantas de mis pies duelen de tal manera que juraría que cuando los poso por primera vez piso sobre cristales, hasta cumplida la media hora que el dolor se  ha acomodado en mi mente y yo a ella no soy capaz de comenzar mi día.

Hace un año y unos meses tuve un tropiezo y me lesioné, fue un esguince, ¿lo recuerdas? Lo que debiera haber tardado en recuperarme 45 días a mí me costó el triple, pero, aunque ha pasado más de un año aún siento dolor en ese tobillo cuando poso el pie en la cama en según qué posiciones. Aún me resiento.

Una amiga de mi hermana viéndome así creyó que tenía depresión, pero mi marido le dijo que soy una campanilla, la alegría de la casa, que en mí se apoyan los cimientos del hogar que hemos construido entre los dos en estos años.

Tengo sueños, pesadillas, a veces son repetitivos, vívidos como no lo habían sido antes, me atormentan, puedo despertarme en mitad de la noche y ya no soy capaz de volverme a dormir, aunque esté cansada del trajín de todo el día.

También se puede dar el caso contrario, que llegue el fin de semana y quiera dormir como una marmota, cuando yo solía ser de levantarme a las ocho para tener a todos enfilados y organizados en casa, que los niños hicieran los deberes, aunque ya no son tan niños, ir a hacer la compra, aunque ya no puedo cargar con peso porque me veo incapaz

A veces me siento ante el teclado y las manos me duelen como si fueran de dibujos animados y alguien las hubiera estirado, creo que podría enumerar cada músculo, cada hueso, cada tendón aún sin saber sus nombres, podría dibujarlas como si fuera en una pantalla 3D y cada movimiento que hago me duele tanto que es como si pudiera verlos, cada tendón, cada músculo y cada hueso cambiando de color por la intensidad del dolor.>

Cuando terminó de hablar respiró hondo, miró a Amparo, su doctora, no había sido consciente de todas las cosas  que le dolían y en qué medida a lo largo de cada día, hasta que lo había dicho allí en la consulta, casi de carrerilla, ni siquiera se había hecho una lista en un papel como otras veces para otras cosas, simplemente se metió en sí misma, en un día normal y lo fue relatando como si lo viviera desde un video con la tecla de pasar rápido pulsada.

La doctora la miraba con la respiración contenida y las manos apretadas, tanto que las tenía blancas. Habían tenido suerte porque no habían sido interrumpidas en todo el rato, ninguna llamada, nadie llamando a la puerta, la enfermera no entró, Ana pudo contarle todo del tirón sin interrupciones.

Cuando Ana terminó le pidió unas analíticas y un montón de pruebas.

Unas cuantas semanas más tarde volvió a la consulta la doctora ya tenía los resultados le informó de que tenía fibromialgia como ella sospechaba, iba a derivarla a una unidad especial, la de reumatología.

Ahora venía el largo proceso de lidiar con algunos medicamentos, unos iban bien y otros no, con los que le fueran bien tendrían que encontrar la dosis justa y adecuada para que pudiera llevar una vida normal y no la dejase abotargada en casa.

Por otro lado, la doctora le recomendó que se informase de cuál era la situación que podía tener laboralmente hablando, porque tenía que ir planteándose su trabajo.

Habló entonces con Elva, que le comentó que el seguro de salud del banco le había hecho pasar un comité de médico por medio de ciertas pruebas de salud que confirmaban que las que ella había aportado eran ciertas.

Cuando la confirmación llegó, como no podía ser de otra forma porque Elva no había mentido, el comité médico se encargó de darle la baja y tras unos años la jubilación, porque ya tenía los años pertinentes cotizados.

Con toda esta información después de comer el domingo dio la noticia en casa y le dijo a la familia que tenía fibromialgia y tenía pensado retirarse del trabajo con la mejor situación posible para todos.

Que tenía pensado vivir con la mejor calidad de vida que la enfermedad le permitiera, pero que para que ella estuviera bien todos tenían que colaborar con ella, con su enfermedad, para que no se la comiera desde dentro.

Tras el susto inicial por el desconocimiento, a medida cada uno fue investigando por su cuenta, fueron poniendo su granito de arena, la empatía y el amor lograron que su familia le hiciera los días más fáciles.

THE BOOMTOWN RATS – I don’t like Mondays

https://www.youtube.com/watch?v=-Kobdb37Cwc